Comprar Twitter en nombre de la libertad. Prefiero el periodismo

Estamos acostumbrados a que los multimillonarios acumulen riqueza. Incluso a creer que lo hacen en muchos casos por un claro servicio a la sociedad. Solemos leer estas noticias en medios de su propiedad, olvidando que dinero llama a dinero y, si está envuelto en poder, mejor. Llegamos así a la última protagonizada por el hombre más rico del mundo, el dueño de Tesla. Compra, por 44.000 millones de dólares, la red social Twitter. Dice que lo hace para salvaguardar la libertad de expresión y la democracia. Para preservar semejantes pilares, yo prefiero primero las leyes y después el periodismo de investigación.  

Barack Obama logró su primera presidencia en Estados Unidos, tras hacer el mayor y mejor uso de las redes sociales (“Yes, We Can”. Sí se puede). Donald Trump demostraría años más tarde, también sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, el mucho daño que podía hacer con sus tuits, generadores de enfrentamientos derivados de afirmaciones sobre la emigración, el racismo, la xenofobia o las relaciones diplomáticas internacionales. Su fuerza y carisma dentro de esta red se pondría de manifiesto durante el asalto al Capitolio de los Estados Unidos, en aquel fatídico 6 de enero de 2021. Y todo porque había perdido las elecciones.

Para lo que sirve Twitter no parece generar demasiadas dudas. Pero si se utiliza como arma ideológica, como cuando Trump movilizó a tantos norteamericanos para que tomaran Washington, esta es ya otra cuestión a la que dedicar horas y análisis, máxime con lo mal que va ahora el mundo. Al hilo de lo anterior, no dejan de sorprenderme la cadena de acontecimientos que se están produciendo en este periodo concreto de la historia, llegando incluso a descolocar al periodismo. El Covid, provocado; el superpoder desmedido, adquirido por las farmacéuticas; las energías, todas, con precios imposibles de pagar; la Guerra de Ucrania y las auténticas intenciones de Vladimir Putin; o el repentino protagonismo que ha cobrado para todos los países el rearme que supone gastar más dinero en defensa. ¿Y ahora se vende Twitter, nada más y nada menos, que por 44.000 millones de dólares?

Elon Musk, el hombre más rico del mundo es quien ha comprado esta red social, convertida en todopoderosa autopista de la comunicación, desde la política a la económica, pasando por la difamatoria. Su gigantesca fortuna sale de la propiedad de empresas como Space X (controlar el espacio y la tierra mediante la puesta en órbita de multitud de satélites, con los que también ganar más terreno en Internet y en el ámbito militar) o Tesla, a la vanguardia de los coches eléctricos y de los pasos que se den en el transporte futuro. ¿Para qué quiere Musk Twitter?

Desde luego, la primera explicación que ha dado tras cerrar la compra, parece muy pueril. “Creo en la libertad de expresión como un imperativo social para una democracia funcional”, han sido sus palabras. Frase vacía, en todo caso, que parece salida de la mala sesera de un mediocre asesor de comunicación. Si por algo se viene definiendo el nuevo propietario de la red social del pajarillo (piar), es porque no encaja nada bien la crítica, y va por libre en muchas cuestiones relevantes para el mundo, lo que hace disparar las alarmas sobre la auténtica razón de esta adquisición desmedida, 44.000 millones de dólares. Volvamos pues a repetir la pregunta: ¿Para qué quiere Elon Musk Twitter? Pues para amasar más poder y apuntalarlo. Que en un momento dado nadie le rechiste ante nuevos proyectos, por más disparatados que sean, que pueda plantear. El mundo está ya demasiado loco, pero, al respecto, no está todo dicho aún, ni mucho menos. Musk guarda algunos de estos ases en la nueva manga de influencia que va a suponer para él Twitter.

Planteo otra cuestión. Ante semejante cifra pagada, hasta para la primera fortuna del mundo, ¿hay alguien más detrás? Twitter gusta y disgusta por igual, pero imaginemos por un momento lo que supondría para el mundo que esta red cayera en las manos equivocadas. En personajes que pretendieran dirigirlo todo desde la calumnia, la mentira, la falsedad, la manipulación y las campañas de desprestigio. Y que todo esto que digo lo llevemos al terreno de lo político y lo económico. Aquello que no le guste a Musk y a quienes supuestamente le apoyasen (países, corporaciones industriales, etcétera) puede ser susceptible de ocultación. Por lo pronto, y en una primera y rápida valoración, el  multimillonario encuentra más halagos en las páginas de los periódicos que críticas a semejante concentración de poder en una sola persona. Habrá que ver sus pasos iniciales, que serán rápidos, ya que es persona que le gusta hacer y deshacer a su antojo. Con todas las que ha organizado, Donald Trump tiene suspendida su peligrosa cuenta de Twitter. ¿Va a permitir Musk que el expresidente norteamericano regrese y vuelva a sembrar la discordia? Si es así, habrá que pensar que le apoya. Y si le apoya es también razonable concluir que al magnate de Tesla lee gusta la política trumpista. Esa misma política que levanta muros, no piensa dos veces en atacar a otro país, o que invita a marcharse de Estados Unidos a todo aquel que no piense y opine como el ex presidente. Elon Musk, merecidamente, está ya bajo la lupa. Y también va a ser rehén de sus peregrinas explicaciones sobre la libertad de expresión y la democracia. Porque él no es salvador de nada ni de nadie. ¡Por favor, que regrese el periodismo serio, que tanto necesitamos!