Camioneros, campo, pesca, fábricas paradas, precios: ¡España!

Que todo está revuelto es una evidencia no reconocida en las televisiones. La calle opina sobre lo que padece. La gente está desorientada; siente inseguridad; y barrunta un apretarse el cinturón con lo tremendamente caro que se ha puesto vivir. Unos insultan a otros por dejar vacías las estanterías de los supermercados. Pero no podemos arremeter contra el miedo ciudadano, y hay que pasar a la acción de reclamar soluciones a tantos reveses como se nos plantean. ¿Por qué? Porque el mundo va mal, Rusia y Ucrania van mal, y España va mal.

 Un país en crisis es aquel que pone parches en su economía, y al poco surge un nuevo poro por el que se escapa el aire y la fuerza de sectores productivos y, por ende, se resta poder adquisitivo a trabajadores y familias. Si del tirón  enumeras diez grandes embolados en los que anda metida ahora España, no hay que pensarlo mucho: fábricas que paran por no poder pagar la factura eléctrica, gasolina por las nubes, igual que el gas, lo de los transportistas (problema que regresará), el malestar ya afianzado de ganaderos y agricultores, la situación alarmante de los autónomos, el aumento incesante de los precios (de todo), el declive del pequeño comercio, y que en las calles de muchas ciudades hay más locales vacíos que negocios abiertos. Ante semejante escenario, hay que tener flema para vender recuperación, prosperidad o, directamente, asegurar que vamos bien como país, algo de lo que pueden dar fe los sectores cada vez más empobrecidos, que van en aumento, al igual que sus quejas y protestas. A la lista, rápidamente enumerada antes, añadamos a los pescadores, a quienes no les renta salir a faenar, porque son más los gastos en combustible que la venta posterior de las capturas.

La excusa de que el mundo está cambiando es también antigua, como los malos años que llevamos discurridos dentro de este mierdoso siglo. Empezamos en 2002 con la implantación del euro que encareció la vida de manera vertiginosa. Continuamos con la guerra, por control del petróleo, de Irak. Luego llegó la crisis de 2009 a 2015, que cambió los hábitos de ocio y fue el inicio de las pérdidas de la hostelería, un ir para abajo que ya no para. Unos pocos años de tranquilidad en los que casi no dio tiempo a hablar de recuperación, y en 2020 llega el Covid, con más de 6 millones de muertos en el mundo, a día de hoy, que alumbró una crisis económica brutal, y en esto llegamos a 2022, con el inicio por parte de Rusia de la Guerra de Ucrania, cuyas consecuencias son aún impredecibles, porque hay medios de comunicación que están muy pesados con el comienzo de una Tercera Guerra Mundial.

Aunque las consecuencias de la guerra ya han llegado y se llaman desabastecimiento, elevación de precios en la mayoría de alimentos, y una subida de las energías, en general, que hace cerrar fábricas por no poder pagar la electricidad con la que trabajan, deja los coches aparcados en casa, y en las casas trae más cuenta ponerte una manta por encima sentado en el sofá que encender las calefacciones. Si esto no es retroceso, no quiero pensar cómo lo llamarán algunos cuando el paro se dispare hasta cifras insoportables, algo en lo que está empeñada también la digitalización impulsada por los Estados. En esto último, España es también de los peores países, al dejar de ofrecer servicios directamente a sus ciudadanos, para venir a decirles que usen el móvil y las App (banca, relaciones con la Administración o la manera en que las multinacionales nos atienden por teléfono; te habla una maquina en vez de una persona).

Hoy, aquí, en España, las televisiones nacionales cuentan una película diaria en sus informativos, mientras la realidad de la calle es otra muy distinta. Lo he venido anunciando, pero ahora es una realidad. El desapego ciudadano hacia cómo se cuentan las noticias diarias hace caer las audiencias, aunque, como otras tantas cosas, no se reconozca. Estamos inmersos en la sociedad de la manipulación. La gran mayoría de las cosas que asegura Rusia sobre la guerra y consiguientes daños colaterales son mentira. Y la gran mayoría de cosas que asegura Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN, sobre Rusia y Ucrania, son igualmente trolas.

El caso es que el mundo va mal, Rusia y Ucrania van mal, y España va mal, aunque aquí los mensajes son siempre de ser los mejores en todo, cuando no lo somos en nada. Insisto en ello a través de algo que dijo Gandhi: “Más vale ser vencido diciendo la verdad, que triunfar por la mentira”. Cuando la cuestión es muy delicada, como la situación general que nos toca vivir, las huidas hacia adelante (algo que se hace mucho en política), terminan pinchando y vuelve a aparecer el poro de marras por el que se escapa el poco aire que nos queda. Si el mundo va mal, lo que toca es reunirlo. Hablar de ello, plantear soluciones, aportar ideas, y especialmente generosidad y compromiso de que las viejas cuestiones que han tenido subyugados a muchos países y ciudadanos van a cambiar. ¿Están en esto los amos, Biden, Putin o Xi Jinping? Evidentemente no, y por eso estamos como estamos. Me gustaría decir que hay horizonte, pero en las sociedades actuales en las que la ética, la moral y los principios han quedado aparcados, no quiero pronosticar nada. Si digo una cosa, la solución actual a todos los problemas que tenemos, los básicos en España con la electricidad, la gasolina y el precio de la comida, ya no está en manos de los Gobiernos. ¿Qué podemos esperar, pues? La falta crónica de unidad no permite respuesta. Por eso muchos ciudadanos han decidido acopiar alimentos como si no hubiera un mañana. Así está el presente. ¡A saber lo que ocurrirá en adelante!