Llamar ciudades saludables a ir en bici, andar, y fuera coches

Para no venir a aportar demasiado al problemón que es el Cambio Climático, las ciudades se quieren llamar ahora saludables, y con caminar o desplazarse en bici, ya está todo hecho. Pues no. Nos jugamos el planeta entero, y no solo el aspecto que adquieran las grandes capitales, ante todo sin coches que no dejan de venderse por millones. Lo que de verdad debemos empezar con urgencia a decidir es a todo lo que estamos dispuestos a renunciar de nuestro confort, para seguir viviendo en la tierra, con garantías de futuro.

La Organización Mundial de la Salud, la OMS, que tantos negativos tiene en la gestión de la pandemia, y en la que llevamos camino de dos años, divulgaba recientemente un Manifiesto a favor de una recuperación saludable de la Covid-19. Cuenta con seis apartados, pero me llamó poderosamente la atención el punto 5, que titula “Construir ciudades sanas y saludables”.

No es que esperase mucho de la OMS dada su mala gestión, pero me sorprende que la consiguiente explicación se conforme con decir que más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, las cuales concentran más del 60% de la actividad económica y, por supuesto, las mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Como medida a aplicar, de ahí que nos planteemos este artículo sobre las urbes que vienen, la OMS propone realizar los desplazamientos en transporte público, a pie o en bicicleta. De esta manera, se beneficiaría directamente la salud y, de paso, se hace frente a la mortalidad debida a la falta de actividad física, que según este manifiesto alcanza los tres millones de muertos anuales. Del Cambio Climático, y la posibilidad de que nos lleve por delante a todos, nada se deduce.

Lo que voy a decir ahora no es aún posicionamiento alguno. No deja de ser tremendamente chocante que, a gasolina o eléctrico, la compra de coches sea el patrón que marca el crecimiento de un país y buena salud económica de su sociedad, y se nos está diciendo que adquiramos automóviles, paguemos los suculentos impuestos, y seguidamente nos metamos el vehículo por donde nos quepa, porque las ciudades ya no los quieren. ¿Necesita el mundo este cambio? Sin duda. ¿Estamos preparados para llevarlo a cabo? Para nada. Al final, Gobiernos, y multinacionales energéticas y de automoción nos marcarán el paso según las conveniencias del momento, y no de la subida de temperaturas.

En realidad, el Covid no viene a marcar futuro urbanístico alguno para nuestras ciudades, al estar inmersas desde hace tiempo en los carriles-bici, amplias aceras, estrechas carreteras, la peatonalización, sin aparcamientos, y también, porque todo hay que decirlo, la agonía o desaparición de los negocios tradicionales. La imagen de miles de locales vacíos, que antes tenían mucha actividad y público, demuestra la gran mutación que estamos viviendo, donde, claro está, no todo es bueno ni de color de rosas.

El que sí es muy colorido es el lenguaje peliculero que se utiliza para ver algún día estas nuevas ciudades que se preconizan, donde además todo o casi todo sea teletrabajo, y te muevas de casa lo imprescindible, porque para hacer tus cosas ya tienes el móvil y el ordenador. Por ser malo, lo es hasta el comercio electrónico, ya que los envíos de todo lo que pedimos por las plataformas digitales hay que mandarlo en furgoneta, y eso contamina. Hablaba del lenguaje cursi, como ciudades para las personas, inteligentes, sostenibles, habitables, equitativas, basadas en la naturaleza y que tengan una economía circular, que no sé lo que es, aunque así, con todo esto, se favorece la movilidad física y los espacios verdes. Pero hay algo muy gordo que no cuadra: ¿de qué vamos a vivir, si las ciudades no proporcionan trabajo? Como suele ocurrir en este loco mundo, mucho de lo que se acomete empieza por el tejado, en vez de por los cimientos de la casa a construir. El fondo de todo esto está realmente bien, pero falta tomar drásticas decisiones, de manera consensuada, por parte de todos los países, y no por libre como se actúa en los casos de ciudades que acometen proyectos que dejan una increíble estela de paro y desolación de trabajadores autónomos.

Realmente, de lo que deberíamos hablar sin cortinas de humo es de lo que pasa con el Cambio Climático o calentamiento global o gases de efecto invernadero. Absolutamente todo, gira en torno a esto. Y lo que hay que tomar son medidas de verdadero calado, bajo la siguiente premisa: ¿A qué estamos dispuestos a renunciar de nuestro confort, por el bien del planeta? ¿A los coches?, ¿a los camiones?, ¿a la calefacción?, ¿a dejar de fabricar todos aquellos productos contaminantes?, ¿sin plásticos?, ¿fuera envases?, ¿se acabaron las pinturas industriales? Pero hay mucho más. ¿Nos vamos a responsabilizar algún día de generar unos determinados residuos al día, a la semana, al mes, y por ley? Porque con hacer los recados andando por las calles de las ciudades o montar en bicicleta, no creo yo que se arregle mucho del gravísimo problema, mientras los aviones que nos transportan sigan dejando gigantescas estelas de contaminación, o los barcos mercantes contribuyan a generar auténticos océanos estercoleros, que algún día serán imposibles de recuperar, al igual que sus especies marinas. Y al hablar de los mares, ¿qué pasa con las ballenas?, y qué ocurre con todos esos países cuya alimentación y cultura se basa en las aletas de tiburones, o los cuernos de rinoceronte y elefante. Sería interminable detallar todo lo que aniquilamos a la hora, y lo venimos haciendo así desde siempre, porque somos una civilización destructora, que al final se conforma con crear subterfugios como el de las ciudades inteligentes y saludables, sin mayor contenido. Pensemos pues en si queremos cambiar verdaderamente, dejemos de lado los paños calientes, y afrontemos con cabeza lo mucho por hacer en una nueva era que empieza, sí, esta, que muy bien podemos denominar era post-Covid, renaciendo de nuestros ancestrales errores.