Pandemia: contaminamos a trisca y pasamos de la catástrofe climática

Cuánta razón tenía Einstein cuando apuntó que lo más incomprensible del universo es que sea comprensible. Nunca hemos entendido la maravilla de mundo en que vivimos, que tanto y tan abundante nos ofrece, empezando por el aire, el agua y los alimentos. A cambio, lo tratamos a patadas, inundándolo de basura, contaminación y productos químicos, nucleares y militares, que son los que crean catástrofes como la de Chernóbil. En esto llegó el Covid y su mareante factura ecológica. Y también los científicos que vuelven a alertar de que el tiempo corre en contra del planeta y de nosotros. ¿Haremos algo de verdad? Intereses de todo tipo no lo permiten.

A día de hoy, resulta incalculable (y tampoco se quiere calcular) las toneladas y toneladas de basuras, desperdicios y mierdas contaminantes de todo tipo, utilizadas y después tiradas, al albor de la pandemia por Covid-19, declarada en 2020.

Estamos de ola en ola inventada por el pésimo marketing político-económico-mediático, que trata así de contrarrestar los daños visibles del Coronavirus. Y ahora los científicos, desaparecidos durante gran parte de la pandemia, salvo casos concretos de autobombo televisivo, nos salen con el alarmante mensaje de que se aceleran los daños del cambio climático, y sus drásticas consecuencias hacia el ecosistema que nos proporciona todo para vivir lo bien que lo hacemos, aunque dependiendo del continente en que se nazca.

Voy a recordar, porque la gente ni sabe de la crisis climática ni lo quiere saber, ni tampoco lo asume como problema personal que le afecte o atemorice, cuáles son los principales problemas derivados del cambio climático, provocado directamente por el calentamiento global. 1. El uso incontrolado de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), compuestos halogenados, el ozono troposférico o el óxido de nitrógeno. 2. El aumento incontrolado de la población mundial. 3. La destrucción de los ecosistemas terrestres y deforestación. Y 4. La destrucción de los ecosistemas marinos. Como vemos, aparece siempre un mismo culpable: la mano humana.

Fijémonos hasta que punto no interesa (de intereses) abordar de raíz el cambio climático, que los destructivos gases de efecto invernadero que atacan tanto a las futuras temperaturas del planeta, provienen de la producción de electricidad, el transporte con todo lo que se mueve a motor, la calefacción, la industria, la edificación, la ganadería y la agricultura (esencialmente cultivo de arroz), el tratamiento de aguas residuales y los cuantiosísimos vertederos con la basura que producimos, a trisca desde que se declaró el Covid.

Los seres humanos reaccionamos, y no del todo, ante grandes catástrofes y calamidades que, es durísimo decirlo, nos merecemos por lo destructivos que somos hacia todo lo que nos rodea, principalmente la fauna y la flora. Las reacciones y reuniones mundiales que se mantienen para abordar este gravísimo panorama, no voy a decir que no sirvan para nada, pero sí que están bajo la influencia de una división tremenda entre las grandes potencias y su particular visión del cambio climático (Estados Unidos, Rusia, China, India…), y tremendamente vigiladas por los poderosos lobbies que funcionan en defensa de los sectores industriales y productivos más importantes (energía, transportes, automóviles, construcción, etcétera).

Nuestra civilización está inmersa en el propósito de hacerlo todo rematadamente mal. Autodestruirnos es la palabra. Solo nos salvará del desastre un cambio radical de mentalidad, hacia la naturaleza y todo lo que conlleva la vida en la tierra. Pero para eso habremos de renunciar a muchas de las excéntricas comodidades que nos hemos dado, y también producir y envasar de manera equilibrada, declarando sagrados a territorios donde campan a sus anchas excavadoras y furtivos (Amazonas), lo mismo que proteger de verdad a especies y por supuesto a los mares, ¡ahí los mares!, tan sumamente contaminados en la actualidad, sin que nadie con el poder necesario diga ¡basta, hasta aquí hemos llegado!

Cuando la conciencia ecológica se coge tarde ya no hay remedio. A donde pretendo llegar es que la educación es básica, fundamental, a la hora de crear nuevas generaciones que verdaderamente amen y respeten a la Madre Tierra. Empezando y acabando en ensuciar menos, en todos los sentidos. Me viene a la memoria aquella carta que el jefe indio Noah Sealth escribió en 1854 al presidente norteamericano, Franklin D. Roosevelt. Decía cosas fantásticas. Como esta: “Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas”. O esta otra: “Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia”. Y para acabar esta que representa lo que no hemos sabido enseñar, y así estamos de mal: “Inculquen a sus hijos que la tierra esta enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen así mismos”. Algún día, tanta necedad dará paso a la inevitable gran catástrofe climática.