Hambre y pobreza, pandemias eclipsadas por nuestra miseria

El Covid-19, como la pandemia que es, copa ahora los titulares y el interés general. Antes han sido otras cuestiones las que han restado protagonismo e importancia a pandemias jamás declaradas, como son el hambre y la pobreza en el mundo. No hay manera de explicar que, como seres inteligentes que somos, nos mostremos tan destructivos y miserables hacia nuestros semejantes más necesitados, aunque sean niños. Y nos escudemos en programas, alianzas o compromisos que no van a ninguna parte, porque nunca se cumplen, como se ha venido demostrando a lo largo de la historia de nuestra civilización. 

Todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio promovidos por la ONU, esencialmente los de erradicar el hambre, la pobreza y tener acceso a servicios sanitarios básicos, se convierten en papel mojado, cuando el mundo entra en el shock de una pandemia, esta sí declarada, que ya todos conocemos como Covid-19. En realidad, aunque no hubiera aparecido el Coronavirus, esos tres objetivos no se hubieran tampoco cumplido de manera alguna. A través de nuestra hemeroteca de hechos, venimos cargando con una losa premonitoria del mismísimo Séneca, que vivió la Roma del bestia de Nerón: “Todo lo vence el hombre, menos el hambre”. Pero la necesidad nunca ha sido de derechas ni de izquierdas. El hambre es hambre, y explicó en su día el por qué Salvador Allende, al referirse a la avaricia, el egoísmo, y en lo que está la humanidad y malgastan el dinero los Gobiernos, en vez de hacer lo que tienen que hacer,

mejorar de verdad la vida de las gentes: “El hombre de los países industriales ha llegado a la luna dominando la naturaleza. ¿Es justo que el hombre ponga un pie sobre la luna? ¿O no sería más justo que los grandes países pongan los pies sobre la tierra y se den cuenta que hay millones de personas que no tienen trabajo y que sufren de hambre? Así es. Esto es.

La humanidad y las instituciones por las que se rige siempre han buscado excusas para no erradicar las penalidades de los seres humanos que pueblan las geografías más desoladas del planeta. Lo llaman crisis económicas. En este nuevo siglo, perdido el anterior para la causa, lo denominan también Agenda a cumplir en tal periodo. Siempre digo que no hay que señalar solo a los Gobiernos como culpables de todo, si la sociedad civil, como es el caso, no impulsa a través de la lucha y las reivindicaciones pacíficas el cambio de actitud de los poderosos. Nos mostramos más dormidos y pasotas que nunca.

También está la total indiferencia. Si hiciéramos ahora mismo una encuesta a pie de calle, preguntando a la gente que cite algunos de los países más pobres, seguramente no daban con ninguno. Indicarles lo que pasa en el Cuerno de África, por poner un ejemplo, es como hablarles en chino. Sencillamente, no nos interesa; sí, nos da igual, en la creencia de que es un asunto que debe arreglarse en las altas instancias, porque la ciudadanía ya tiene bastante con sus cosas, el trabajo y quehacer diario, tener dinero, el mejor coche, los temas del hogar, el colegio de los niños, buena sanidad, y la prosperidad, en fin, de la familia. Pregunta: “¿Qué hay personas en el mundo que se mueren de hambre?” Respuesta: “No es mi problema”.

Insensible es el duro de corazón y miserable quien vive en un estado de pobreza extrema, pero también puede significar provocar el mal y tener gran indiferencia hacia los problemas ajenos. De ser así (que lo es), somos una sociedad cada vez más miserable. Unos por sufrir y otros por permitir. A partir de aquí, se podría hablar de esperanzas en estos tiempos que corren, dentro de este maldito siglo XXI, pero no deseo caer en hipocresías, ya que esto es lo mismo a cuando en la cuarentena surgió la cuestión de si íbamos a cambiar en algo (generosidad, solidaridad, compromiso, tolerancia, ayudar a los más necesitados…). No solamente no hemos cambiado, sino que vamos a peor.

Ningún año, salvo el momento de la noticia o cuando llega la Navidad, siquiera nos conmueven los 2,8 millones de niños que anualmente mueren esqueléticos, abandonados a su suerte, en esos puntos que no recordaríamos de ser cuestionados. Lo resumiré diciendo que el hambre se localiza principalmente en Centroamérica, África y Asia. Habría que poner rostro a quienes sufren tantísimas penalidades, en vez de querer colonizar Marte, gastando millones a destajo, que serían suficientes para cortar de raíz esta masacre permitida y consolidada, como parte de la historia pasada y presente vaticinada por Séneca. Verdaderamente, ¡damos pena! El Covid tampoco interesa cuando no se ha padecido ni vivido de cerca. Pasa igual con la falta de investigación sobre las enfermedades raras, porque son otros quienes las padecen y mueren. Cuando vemos por televisión los anuncios de ongs solidarias pidiendo ayudas urgentes, cambiamos de canal, dejando claro que el hambre y la miseria son pandemias eclipsadas y, por lo tanto, invisibles. Y sí, habría que haberlas declarado como tal hace mucho tiempo. Con todo, la peor pandemia es la que albergamos en nuestro interior. ¿Síntomas? Desinterés, insensibilidad y apatía total hacia el sufrimiento en el mundo. A lo que se ve, no tiene cura. Numerosas veces al año, los medios de comunicación nos trasladan las noticias de lo que sucede en algunos puntos críticos del mapamundi. Ni nos inmutamos. No hay mayor miseria que no sentirse culpables de lo que nosotros mismos creamos, consentimos y prolongamos. Lo dicho, penosos y miserables es lo que somos.