Triste llegada de nuevo año sin la necesaria lección aprendida

Estamos ya inmersos en una cascada incesante de noticias sobre las vacunas contra el Covid. Que el hecho sea de máxima actualidad no quiere decir que sepamos o estemos informados adecuadamente sobre la necesaria confianza en el antídoto. Durante las dos primeras olas del coronavirus, parecía imposible crearla a tiempo, y repentinamente sobran marcas que las fabrican en Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Rusia y China. Hasta aquí hemos llegado pues, y cada uno decide. En mi caso, quiero escudarme en eso que dijo Unamuno sobre la ciencia, en el sentido de que la verdadera enseña, sobre todo, a dudar y ser ignorante.

Es un miércoles de 9 de diciembre de 2020. Ángela Merkel, tan seria como es siempre ella, se dirige a los alemanes con un discurso con tintes dramáticos, en el que les llega a espetar que si estas terminan siendo las últimas Navidades con nuestros abuelos, habremos hecho algo mal. Diez días después, en un viernes frio de 19 de diciembre, el rey de Suecia, Carlos Gustavo, habla abiertamente de fracaso ante la pandemia, y de que su país ha fallado frente a un gran número de suecos que han muerto por el virus.

En la gestión del Covid, y a nivel mundial, los silencios han sustituido a los hechos, la falsedad o maquillaje de las noticias a lo realmente sucedido, y las aproximaciones o directamente la presunta ocultación de cifras a los números reales de muertos, contagiados y curados.

La primera, segunda y tercera ola de Covid, así lo llaman oficial y sanitariamente, se mezcla ahora con la presentación de la vacuna, que resuelva uno de los mayores entuertos en la historia de la humanidad, porque esta vez nos hemos arriesgado hasta el extremo de la autodestrucción, jugando como hacen las grandes potencias a los experimentos bacteriológicos que, tarde o temprano, iban a provocar un caos como el que vivimos. Nosotros y solo nosotros somos la auténtica amenaza para nuestra existencia. Unos por hacer, otros por dejar y los terceros, la ciudadanía, por callar. Volviendo a las vacunas, la hay americana y alemana, inglesa, china y rusa. De estas dos últimas poco o nada se sabe. Hay un mutismo total, parecido al que se pretende con el origen del Covid, su propagación por parte de un laboratorio chino, y el por qué real de lo ocurrido, más las auténticas pretensiones de cometer semejante aberración.

Si los ciudadanos no hemos sido nada reivindicativos frente a la información y soluciones para atajar el Covid-19, ahora con la vacuna ocurre que la desconfianza está demasiado extendida. No es un caso solo español, donde la mitad de la población contesta con un no rotundo a las encuestas que se llevan a cabo para conocer si se la pondrían. La negativa o directamente el rechazo más frontal crece también por el resto del mundo. En Brasil es el propio Gobierno el que hace campaña en contra, lo que ha provocado el pronunciamiento del más alto tribunal del país sudamericano. Pero es que los argentinos asisten estupefactos a la intención de su presidente para que se pongan la vacuna rusa, que aún no ha llegado, pero de la que no saben absolutamente nada, porque el país que la produce no quiere dar ningún tipo de explicación sobre lo que hace o provoca el llamado antídoto Sputnik V. Diré a los más jóvenes lectores que el nombre recuerda al primer satélite artificial que la extinta Unión Soviética lanzó al espacio en el año 1957. Yo aún no había nacido.

Pero los entresijos de las vacunas son el secreto mejor guardado. Al parecer, no se trata solo de que un país decida comprarlas a una de las grandes farmaceúticas que las ha creado y fabrica. En el caso de Argentina, hay una ruptura de acuerdo entre su Gobierno y Pfizer, porque la segunda exige cuestiones que van más allá de adquirir un producto y pagarlo. Se ha sabido que pretenden que el gobierno argentino apruebe una ley de inmunidad jurídica ante denuncias y litigios que puedan venir, algo que a todas luces sobrepasa lo que debe ser la labor de una industria o multinacional de medicamentos. Total, que te vacunas y, si algo sale mal, ¡a reclamar al maestro armero!

Sabido lo de Argentina, me gustaría conocer la letra pequeña de lo que han firmado otros para tener la vacuna, caso de España que, como otros países europeos, va a tener la de Pfizer. Luego nos saldrán con la confidencialidad, con la protección de datos, y con las cláusulas de los contratos internacionales, que exigen ley de silencio por ambas partes. Como consecuencia, desconfianza y más desconfianza. No tenía por qué haber ocurrido, pero esta pandemia está desgastando gigantescamente la poca transparencia que habían ganado los países democráticos en la gestión abierta de sus políticas. Si bien es cierto que con el tiempo se termina sabiendo todo (que no lo olviden, porque para eso está el debilitado periodismo actual, que revivirá), la tragedia de semejantes magnitudes que atraviesa el mundo y sus naciones debería de haber contado desde el primer momento con claridad, concisión y determinaciones conjuntas, en vez de darse la cantidad de palos de ciego que ha habido. Tristemente, no hemos aprendido nada del coronavirus, pero es que tampoco se ha permitido este aprendizaje, que debe ser individual, de cada uno, como cuidarse ante el virus con la mascarilla, el gel y la distancia. Cambiar no será en mucho tiempo elección y sí obligación, si queremos eludir una nueva desolación en el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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