El racismo que mutó del siglo XX al XXI

Si Estados Unidos retrocede en derechos entre ciudadanos blancos y negros, el resto del mundo ya puede asistir preocupado a lo que, realmente, toca vivir en este siglo. Antes del Covid-19, coincidente con los disturbios raciales por la violenta muerte del ciudadano afroamericano George Floyd, las alertas habían avisado suficientemente sobre el aumento del racismo. Pero determinada política, representada por nombres muy concretos (el principal hace sus proclamas por Twitter), se basa en tensar la cuerda de la convivencia, hasta romperla.

En teoría, cada generación nueva disfruta de avances políticos, sociales y económicos, dejando atrás momentos en que se vivieron rancios episodios,  acordes a siglos y años en los que el desarrollo a través de los avances estaba por llegar. Repito: en teoría. De consultar hoy a la población adolescente de 2020, si recuerdan que hubo un tiempo, no tan lejano, en que blancos y negros estaban segregrados, de tal manera que no podían relacionarse, ir juntos en autobús o bañarse en mismas playas, es seguro que muchos jóvenes tacharían de flipado a quien les preguntara por esta circunstancia. Esa historia la dan por superada y, con ello, no recordada. Pero el Apartheid, o los blancos imponiendo su ley a los negros, duró en ciertas partes del mundo, como Sudáfrica, hasta el año 1992. Solo han pasado 28 años.

Tampoco me apuesto nada, por eso de que leer hace cultura y desconocimiento no hacerlo, con qué respuesta nos toparíamos si preguntamos por Martin Luther King. Este líder negro fue asesinado por sus ideas (la igualdad de derechos entre blancos y negros en Estados Unidos) en 1968. Hubo grandes disturbios en aquel entonces, al igual que los que acechan hoy hasta la propia Casa Blanca, en respuesta a la brutalidad policial que segó la vida, el 25 de mayo del año en curso, del ciudadano afroamericano, ya mártir, George Floyd.

La superación de todo lo malo acontecido durante el pasado siglo XX, con un colonialismo en la base del racismo al que condujo y dos guerras mundiales impulsadas en gran parte por los fascismos, parecía que desde la ONU y sus postulados el mundo se conducía por la regla de universalizar los derechos junto a la erradicación de las desigualdades. Y de repente, bajo la presidencia más surrealista que ha tenido Estados Unidos, ostentada por el magnate tuitero Donald Trump, las protestas raciales se expanden a lo largo y ancho de la primera potencia mundial, incluso tachada así por su avanzada democracia, sin certeza política de lo que puede ocurrir en lo sucesivo, porque el gigante norteamericano sigue manteniendo una deuda con su propia historia de esclavitud, segregación y racismo, que llega hasta un siglo XXI que fue tachado de periodo marcado por el progreso y la innovación. Espero que los que así lo predijeron no ostenten cargos de auténtica responsabilidad para el futuro de todos, marcado ahora por el Covid-19, una crisis económica y social galopante, y un retroceso bien visible en los derechos como puede ser la perfecta convivencia entre distintas razas.

Cada país tiene lo suyo con el coronavirus; hemos asistido a ocurrencias políticas para frenar la pandemia que no tienen un pase (Trump y Jhonson), pero lo sucedido en Estados Unidos con el caso de George Floyd abre una auténtica grieta que apunta a que el racismo cobra una fuerza inusitada. Lo mismo cabe señalar de aquellos países ricos, principalmente por el petróleo y las energías, pero anclados en unas sociedades que discriminan a sectores de población, a la cabeza de los cuales está la mujer.

No me gusta el papel que juega Europa y lo que se supone que son nuestros  valores esenciales dentro de estas lacras sociales. Se debe a que en todo imperan los intereses. Siempre ha sido así, y con el cambio de siglo nada ha cambiado. Pero además está que la UE ha construido su propio blindaje contra la migración, que considera letal para sus intereses de ser y seguir como siempre, lo que la aleja de todo objetivo del milenio, caso de la Agenda 30 en España, que va de conseguir un mundo más justo desde el decidido apoyo a los países subdesarrollados. Con los graves problemas económicos y sociales que hay en las naciones que pueden impulsar cambios, no es posible albergar optimismos creíbles.

La auténtica agenda que hay que abordar es la que llama a las puertas en este momento. La reconstrucción tras el coronavirus implica también legislar con total convencimiento, contra el racismo, la desigualdad, el maltrato al papel de la mujer en determinadas sociedades, más la seguridad migratoria que se apoya en pagar miles de millones a países (Turquía) que hacen de freno a las personas que huyen o emigran, en busca de una mejor vida. En muchos de estos aspectos no podemos decir que estemos peor a lo conseguido en la última parte del siglo XX, pero si afirmar que no se ha avanzado tanto como pensábamos. Sin ir más lejos, es lo que está demostrando la Administración Trump. A los avisos anteriores, a un lado y otro del Atlántico, sobre que el racismo crecía y la intolerancia aumentaba, nadie contestó debidamente. Vivir al tiempo una epidemia mundial con disturbios en las calles norteamericanas al grito de libertad, igualdad y fuera segregación, nos sitúa en el auténtico pronóstico de por dónde va realmente este maldito, este condenado, siglo XXI.