El virus de los ERTE con trabajadores sin cobrar

En paralelo, el Covid ha generado otro virus que se resume en aumento de pobreza social. Se representa especialmente mediante la pérdida de empleos y negocios. También en la falta de respuestas urgentes, caso de los miles de trabajadores que hay en espera de percibir prestaciones por los ERTE. Para estar preparados, sería deseable explicar cristalinamente a los españoles la economía en forma de precipicio que viene.

Creo que es en Bachillerato cuando nuestros estudiantes han de aprenderse  la lección de lo que es un ERE o un ERTE dentro de la economía nacional y la suya propia, si por desgracia llega a sucederles  durante el desarrollo de sus profesiones. Ha pasado así con muchos trabajadores, con demasiadas familias que, ahora, por el maldito coronavirus, están viviendo en sus  carnes situaciones de regulación de empleo    que les mantiene alejados de poder trabajar sin contratiempos. En muchos de estos casos, aún están pendientes de cobrar las prestaciones correspondientes, con la angustia total que genera verte, repentinamente, sin recursos económicos con los que tirar y pagar las facturas.

España y sus diferentes regiones van pasando de una fase a otra de la desescalada, y las declaraciones oficiales siguen en ese tono iniciado en la cuarentena de que todo va a ir bien y saldremos adelante. De lo que nos viene en materia económica, de recesión, paro, ayudas sociales, y el futuro en áreas  fundamentales del bienestar como son la sanidad (cada vez que cite la palabra os daré las gracias) y la educación, no hay concreciones. Da la sensación de que caminamos lentamente hacia un precipicio, por el que terminaremos cayendo de manera irremediable, pero no se quiere adelantar ni reconocer el hecho como tal.

Muchas familias, con todos sus integrantes en paro forzoso por el Covid-19, ya viven la caída por este acantilado que es una nueva depresión económica, mucho peor que la de 2008, que ha llegado súbitamente sin que nadie lo esperara. Parece que aún seguimos en ese shock, de ahí que no se reconozca abiertamente la extrema situación económico-social que tiene España por delante. Las primeras alarmas llegan por los miles de trabajadores que reclaman el dinero de los ERTE, que es lo que les permite comer y hacer frente a los compromisos de gastos que las familias tienen mensualmente, como es el caso de la hipoteca o el alquiler de la vivienda. Pero el dinero no termina de llegar, y las explicaciones de que son pocos casos y se debe a errores administrativos no son de recibo cuando hay de por medio dramas personales (acabaré con una gran cita al respecto).

Los miles y miles de trabajadores enviados a casa durante la cuarentena tienen todo el derecho a recuperar su futuro, arrebatado en un pispás por una pandemia que ha puesto patas arriba al mundo entero. En la crisis del 2008, España compartió penalidades con Irlanda, Portugal, Italia o Grecia. Pero ahora hay que explicar a los españoles que todos estos países, salvo los italianos, están mejor situados que nosotros para afrontar la reconstrucción. Empezando porque se van a quedar con un buen pedazo de la tarta del turismo que antes llegaba aquí, y al que de repente parece no se le reconoce la importancia trascendental que  tiene, porque es el sector más recaudador de cuantiosos millones que dejan anualmente todos los turistas que nos visitan. ¿Y ahora qué?

Pues ahora nos queda la Unión Europea, como también sucedió en la anterior crisis, en que nos dejó bien tirados. Más en concreto, el FMI o Fondo Monetario Internacional. Por aquel entonces, a los españoles se nos quedó bien grabada una imposición: recortes. Bruselas debería definir, mejor hoy que mañana,  en qué van a consistir las ayudas, cuánto dinero se va a destinar, y el precio que van a tener que pagar los países, ya que es muy diferente que sea dinero prestado o solidario, algo que fue siempre, la solidaridad, santo y seña de Europa, aunque ahora parece herida de muerte por ser demasiado patente que cada nación va a lo suyo.

De esta nueva crisis, no solo es importante reconocer el alcance de gravedad, sino que los compromisos de unos y otros, Gobierno de España y de Europa, sean efectivos y no meros mensajes para ocupar los espacios informativos de turno. El dinero de los ERTE, y los trabajadores que aún no lo han cobrado, forma parte de esta seriedad. No basta contar que se hacen más largas las colas ciudadanas en busca de ayuda alimentaria, y que el compromiso solidario es cada día más fuerte ante la mala situación que viven miles de familias en absoluto desamparo. Es muy difícil pedir en este país unidad de acción para cualquier cuestión, pero el avance vertiginoso y terrible de la brecha económica y social debería ser motivo suficiente para no permitir pobreza alguna. Anunciaba antes que concluiría con una cita. Considerada como ideóloga de la Generación del 27, ahora que han fallecido por coronavirus miles de ancianos, recupero algo esencial que recoge el pensamiento de la filósofa española María Zambrano: “Si hubiera que definir la democracia, podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no solo es permitido, sino exigido, el ser persona”. No permitamos que el coronavirus varíe lo más mínimo tan necesario pensamiento para el bienestar de todos, que en gran medida nos legaron los mayores a los que se ha llevado esta repúgnate pandemia. Una pandemia aún por investigar y lo paguen el quién, el cómo y el porqué. Es lo mínimo que debemos a los más de los 28.000 muertos que llevamos contabilizados.