HABLAMOS DE MALOS TIEMPOS, ¿Y YA ESTÁ?

Oímos y repetimos que son malos tiempos para esto y aquello, y responsabilizamos de todo a los gobernantes. Como para no, con los modos y maneras de algunos de ellos, caso de Donald Trump. Aunque me temo que no somos conscientes de lo que nos jugamos en libertades y prosperidad de los pueblos. Para garantizarlo, ¿qué hacemos los demás?

En todo el abanico posible de discursos que se pueden pronunciar al cabo de un solo día, la coincidencia entre los oradores es total: vivimos malos tiempos. En esa línea, hace unos días leo una entrevista realizada al filósofo italiano Gianni Vattino, y el periodista recoge como titular esto que le dice el autor de la teoría del pensamiento débil: “Espero morir antes de que reviente todo”.

Contra lo que augura Vattino, yo creo que la peor enfermedad de nuestro tiempo se llama conformismo. Un ser que se acostumbra a todo, tal parece la mejor definición que puedo hacer del hombre, y lo planteó así Dostoyevski con gran acierto. Creo también que lo mejor que le pueden decir de uno a lo largo de la vida es que nunca se haya apartado de la rebeldía, y de tener ideas propias sobre tan variadas cuestiones como conocemos. Ahora nos limitamos a poner las cosas mal, que lo están ciertamente, pero nadie parece dar un paso adelante para provocar un giro a los problemas, especialmente pensando los unos en los otros.

Nos perdemos en debates absurdos, estúpidos, sin sentido, gracias en parte a una televisión que atonta y que no había manipulado ni adoctrinado nunca antes tanto como lo hace ahora. Pero vamos a ver… ¿Qué hacemos con el Cambio Climático?; ¿qué solución le damos a la emigración?; ¿vamos a permitir que Trump levante muros por toda América?; ¿qué pasa con el futuro unido o desunido de Europa?; ¿cómo frenamos los nacionalismos y los discursos fascistas que contienen? Continuo: ¿seguiremos consintiendo que nuestros jóvenes en edad laboral sean explotados y mal pagados?; ¿nadie va a parar la tremenda brecha que se está creando entre ricos y pobres, más, mucho más, tras la crisis económica?; ¿los países poderosos, para qué se reúnen, para solucionar o para crear más injusticias económicas y sociales?

Nuestra historia está plagada de grandes declaraciones universales que han contribuido a crear un mundo libre, de derechos, justo, igualitario, responsable y pacífico. Quizás sea el momento de reflexionar sobre todo lo que hemos conseguido, para seguir avanzando sobre nuevos pilares que fortalezcan las democracias, con políticas adecuadas a todo lo que ocurre hoy, en estos tiempos tan convulsos.

En ese empeño, lo que sucede en Europa es preocupante. Preocupa por su crisis de convicción, y el efecto contagio que propaga. Porque parece que, junto a sus ciudadanos, estamos olvidando lo que deben ser siempre, por encima de cualquier otra cuestión, los valores esenciales. Hablo del respeto a la dignidad humana; subrayo de nuevo la libertad; insisto también en que sin democracia no hay nada; y que la igualdad y los derechos humanos deben ser sagrados. También hoy la paz y el bienestar de los pueblos, algo que hemos conocido para mal y para bien en Europa, están comprometidos.

Los líderes actuales tienen que decir mucho al respecto de todo lo anterior. Pero los ciudadanos debemos demandarles que las cosas se hagan como es debido. Es necesario para ello que los medios de comunicación recuperen su independencia, mucha de ella perdida tras la crisis económica. Solo hay que ver a lo que están ahora y de las cosas insulsas que informan (abducidos por las redes sociales), para sentirse preocupados por la falta de debate y exigencias ante los grandes y graves problemas que nos atenazan. También los medios se hacen eco de manera continuada de que no atravesamos por buenos tiempos. ¿Y ya está? Solo lo leemos, lo vemos, lo decimos, repetimos, ¿sin hacer nada?