Homilía – Viernes Santo

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Querido Cabildo, sacerdotes, diáconos, seminaristas, miembros de vida
consagrada, Orfeón Cántabro, fieles laicos presentes en esta S. I. Catedral
Basílica de Santander y los que seguís la retransmisión de la Pasión del Señor, a
través de los Medios de Comunicación Social, especialmente por la Cadena
COPE para toda España, por Popular TV de Cantabria y Telecosta.

“Tu Cruz adoramos, Señor”

El Viernes Santo es la Pascua de la cruz.

En este día, en que “ha sido inmolada nuestra Víctima Pascual: Cristo (1
Cor 5, 7), lo que por largo tiempo había sido prometido en misteriosa
prefiguración se ha cumplido con plena eficacia: el cordero verdadero sustituye a
la oveja que lo anunciaba, y con el único sacrificio se termina la diversidad de las
víctimas antiguas” (cfr. San León Magno).

En efecto, “esta obra de la Redención humana y de la perfecta
glorificación de Dios, preparada antes por las maravillas que Dios obró en el
pueblo de la Antigua Alianza, Cristo, el Señor, la realizó principalmente por el
Misterio Pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los muertos
y gloriosa Ascensión. Por este misterio, muriendo, destruyó nuestra muerte, y
resucitando, restauró la vida. Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació
el sacramento admirable de la Iglesia entera” (SC, 5).

La celebración del Viernes Santo tiene momentos de tensión contenida
como la procesión silenciosa y la postración iniciales; la proclamación de la
pasión según San Juan; la adoración de la Santa Cruz. Y momentos de intensa
oración como la solemne oración universal y la Comunión con el Cuerpo de
Cristo consagrado ayer. Todos ellos rodeados por la austeridad y la gravedad que
exige el misterio que recordamos y vivimos.

Hoy, además, hacemos cercana nuestra caridad, a través de la colecta
especial, con los cristianos que viven y sufren en ocasiones persecución en Tierra
Santa, lugares santificados por la presencia del Señor y testigos de los
acontecimientos de nuestra salvación.

Pasión según San Juan

Hemos escuchado el relato a tres voces de la Pasión de Nuestro Señor
Jesucristo según San Juan.

Juan, teólogo y cronista-notario de la Pasión, nos lleva a contemplar el
misterio de la cruz de Cristo como una solemne liturgia. Todo es digno,
simbólico en su narración: cada palabra, cada gesto. La profundidad de su
evangelio se hace ahora más elocuente. Y los títulos de Jesús componen una
hermosa Cristología: Jesús es Rey: lo dice el título de la cruz, y el patíbulo es el
trono desde donde reina.

Es Sacerdote y Templo, a la vez. Es el nuevo Adán junto a la Madre, nueva
Eva. Hijo de María y Esposo de la Iglesia. El Dador del Espíritu. Es el Cordero
inmaculado e inmolado, al que no le rompen los huesos. Es el Exaltado en la
cruz, que todo lo atrae hacia sí, por amor, cuando los hombres volvemos hacia Él
la mirada.

Ante la pasión del Señor, nos preguntamos como los primeros cristianos:
¿Por qué ha padecido Cristo?. Y la respuesta es: Por nuestro amor, “¡Por
nuestros pecados!”. Nace así la fe pascual expresada en la célebre frase de San
Pablo: “Cristo murió por nuestros pecados; fue resucitado para nuestra
justificación” (Rom 4, 25). Hoy, Viernes Santo, es día de repetirnos a nosotros
que “Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5, 2), que “Cristo me amó y
se entregó a la muerte por mí” (Gál 2, 20), que “Cristo amó a su Iglesia y se
entregó a sí mismo por ella” (Ef 5, 25), que “nadie tiene amor más grande que el
que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 3 ss).

La Virgen María, la Madre, estaba allí de pie junto a la cruz de su Hijo.
María siguió paso a paso, con corazón de Madre, el camino de su Hijo. “María,
no sin designio divino -afirma el Concilio Vaticano II- se mantuvo erguida,
sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre
a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que
Ella misma había engendrado” (LG 58).

Hermanos: la cruz está ya transfigurada. Es también Pascua. “Cuando sea
levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Al alba del tercer
día, la cruz reventó en vida y en resurrección. El amor no podía quedar estéril. El
amor nunca es infecundo. El amor siempre es vida. La cruz es luz. Y la cruz
floreció hasta la eternidad en triunfo de victoria. ¡Victoria, tú reinarás/ Oh Cruz,
tú nos salvarás”. Amén.

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