MI AMIGO INMIGRANTE

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Mi amigo inmigrante.

Lo que les cuento, me sucedió en primera persona, hace pocos días en la puerta de un supermercado.

Resulta, que cada vez que veo a mi amigo inmigrante, le suelo dar una pequeña, muy pequeña, para lo que se merece ayuda.

Mi amigo inmigrante nunca la pide y siempre está sonriente  y la agradece como si le solucionara la vida.

El otro día fui con mi esposa al supermercado y le di mi pequeñísima ayuda y como siempre, me saludo y me dio las gracias, sin embargo, después salió del establecimiento  mi mujer, mientras, yo esperaba en el coche, ella le dio otra pequeña ayuda, sin embargo, mi amigo inmigrante no quería recogerla porque decía que su marido se la había ya dado.

Qué ejemplo me dio, que honradez, que pastoral más autentica la de mi amigo inmigrante, que me hizo sentir muy pequeño al lado de su inmensa bondad.

Creo necesario contar la anécdota, para enviar un mensaje a la sociedad de que entre los inmigrantes hay personas extraordinarias, que sin abandonar su sonrisa son felices casi con nada; mientras, nosotros vivimos en el egoísmo y en la soberbia de la abundancia y rodeados de sepulcros blanqueados.