LOS NIÑOS DE LA CUEVA DE TAILANDIA

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Así se les recordará en adelante, como los niños de la cueva de Tailandia. Suele ser frase exagerada dependiendo quien la pronuncie, pero esta vez sí podemos decir que el mundo ha vivido con el corazón en un puño, a la espera de que doce niños de una academia de fútbol infantil, denominada Mu Pa (jabalíes salvajes), fueran rescatados del interior de una cueva turística completamente anegada por las fuertes lluvias que azotan en estos meses aquellos lares. Más de mil personas, que se dice pronto, han trabajado contrarreloj para llevar a cabo uno de los rescates más difíciles y peligrosos conocidos.

En esta ocasión, el resultado ha sido maravilloso. Y es que estamos acostumbrados a que el dolor dirija su mirada a los mismos lugares, y también a que se produzcan casos que se ceban especialmente con los niños. Un buzo del equipo de rescate se ha dejado la vida para que estos chavales mantuvieran la suya. Descanse en paz Saman Kunan, que así se llamaba. He escuchado algún testimonio de estos hombres y mujeres valerosos, que en la mayoría de las ocasiones se limitan a restar protagonismo a su gesta, llevando las preguntas de los periodistas al terreno de que han hecho lo que tenían que hacer, y no hay que darle mayor importancia. Pero la tiene y mucha.

Siempre habrá esperanza sobre cualquier cuestión, mientras sea patente que la solidaridad entre los pueblos y las personas que los habitan está viva. En el rescate de los niños de la cueva de Tailandia había que utilizar tecnología punta y grandes medios humanos para combatir las fuertes lluvias que periódicamente asolan todo aquello, como ha sido el caso de la cueva de Tham Luang, situada bajo la montaña tailandesa de Doi Nang Non. La historia de las calamidades es de sobra conocida. Las mayores se suceden en Centro América, Sudamérica, África y Asia. Los sucesos son cubiertos inicialmente, de forma masiva, por todas las cadenas de televisión planetarias, hasta que prontamente se pasa a la fase del olvido. Vivir en países pobres que no importan es uno de los grandes deberes pendientes de la humanidad.

Lo de Tailandia ha terminado bien, y nos congratulamos por ello. No sé si es mucho pedir que nunca se apague la llama de la movilización. Una movilización que lleva, en un momento dado, a que un montón de personas lo deje todo para acudir al lugar de una gran tragedia. Simplemente, para ayudar a los demás. No tengo más que añadir.

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