NO SABEMOS DISTINGUIR NOTICIAS FALSAS

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A los niños suecos les enseñan desde primaria lo que es una noticia falsa. Cuando el sistema educativo de un país de referencia se mete en estas cuestiones es que hay necesidad de enseñar al respecto. Parapeto contra las fake news, que es como se conoce a las noticias falsas, no tienen ni los propios medios de comunicación, que pueden llegar a picar como el que más. Suecia es una excepción, ya que los países europeos van por libre en esto de las fake, no toman ninguna decisión inteligente, para finalmente terminar imponiéndose conceptos sagrados como la libertad de expresión y la libertad de prensa.

La frase de Jean Paul Sartre sobre que “mi libertad termina donde empieza la de los demás” recobra hoy protagonismo. Así parece verlo también el Gobierno europeo, que existe aunque no lo parezca, preocupado como está por las fake, hasta llegar a decir que está en juego la democracia misma. Exageración o no, las falsas noticias abundan especialmente cuando están sobre la mesa asuntos sensibles como la unidad de España, el crecimiento de los nacionalismos y separatismos que anhelan romper Europa, o los procesos electorales en que se ven inmersos países que han cambiado su tradicional tranquilidad por la habitual polémica.

Es tal la presión de estas noticias, que los españoles mostramos ya hartazgo de lo que leemos en los medios, escuchamos en la radio o vemos por televisión, sobre todo si tiene que ver con el proçés catalán. Pero la cuestión es si sabemos distinguir una noticia falsa. No, no sabemos. La prueba son todos aquellos, que son muchos, que se aceleran a dar opinión sobre una falsedad que aparece en Twitter y otras redes sociales; al final terminan por meter la pata hasta el fondo, y luego ofrecer disculpas se convierte en un terreno tortuoso. Incluso a los que opinamos de habitual nos sucede, y por eso recomendamos frialdad a la hora de conocer una noticia, y escribir de inmediato una valoración. Hoy en día, es la forma más habitual de quedar mal con alguien o recibir una denuncia, sin que haya necesidad. Si esto lo llevamos al terreno de los escolares, veremos que el problema se agravada y mucho.

Cuando la escuela española no es capaz ni de enseñar y transmitir valores, no hay que albergar excesivas esperanzas de que pueda contrarrestar las noticias falsas para que no circulen por los móviles de los chavales. Ni que decir que cuando este tipo de noticias afectan a la reputación personal de las personas, se cruzan todas las líneas rojas, que es lo que ya ocurre. En resumen, y aunque lo hagan los suecos, no tengo claro que sea una solución llevar a escuelas e institutos el debate de las noticias falsas, cuando en todos los sectores, empezando por la política, resulta un arma arrojadiza de resultados letales para la imagen y el honor de muchas personas.

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