CAMPANADAS PARA SIEMPRE

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El dossier para vivir en un mundo donde hubiera de habitual campanadas de felicidad está ya escrito. Tiene por titulo Objetivos de Desarrollo del Milenio que, de manera resumida, supone que todo el mundo coma, haya justicia, abolición del sexismo, sin olvidar la trascendencia de la educación y la sanidad universales. Puede que propósitos tan sencillos de expresar tengan más de deseo que de realidad, pero si el mundo está necesitando ya un cambio de paso, el camino a mejor va por aquí.

Pedir un deseo al soplar velas cumpleañeras, festejar un aniversario familiar o dar la bienvenida a un nuevo año mientras cruzas los dedos, son tradiciones muy serias. Cuando la orientación es hacia la suerte, damos la campanada, mientras que las desgracias las asumimos como sinsabores. Hasta los más grandes han reflexionado sobre la frontera entre la suerte y la mala suerte. Dos escritores tan dispares como Isaac Asimov y Umberto Eco lo ponían de manifiesto en sus teorías. El ruso decía que la suerte solo favorece a la mente preparada y el italiano que la superstición trae mala suerte. Menos mal que se dedicaron a lo más conveniente para todos, deleitarnos con sus libros, y no tomaron el camino de leer el futuro con el tarot.

Al final, hablar de campanadas motiva de verdad y entre las más famosas están las de un final de año, a la hora convenida históricamente, para dar la bienvenida al siguiente. Se tomen las uvas, se haga con brindis, beso, abrazo o apretón de manos, entre medio de todo no falta el deseo o los deseos. Desde que despertamos a diario formulamos ya un deseo concreto: Que haga sol, que llueva, tener un buen día o aprobar el examen que espera al estudiante en cuanto toma asiento en el pupitre de su colegio, instituto o universidad. Lo hacemos con tanta naturalidad y abundancia que ni siquiera sabemos la explicación o significado del deseo. Aunque van a ver porque no hace falta: “Es el interés o la apetencia que una persona tiene por conseguir la posesión o realización de algo”.

Lo obvio da paso a varios tipos de personas, según sean sus deseos. Ya no se oye tanto, o al menos a mi me lo parece, que haya paz en el mundo. Percibo mucho lo de la salud y, por supuesto, lo del trabajo. Reunir a los tres deseos clásicos, los de salud, dinero y amor, ha perdido fuerza tras sufrir la última crisis económica. Hoy, sabedores de lo que hacen los hombres de negro que mandaba Bruselas y el Fondo Monetario Internacional a países como Grecia o España, somos un tanto más conformistas. Es como si nos hubiéramos vuelto más realistas con la abundancia de ensoñaciones. Cierto es que pensar-soñar es un acto individual, discreto y no traspasable si así se quiere, pero la convivencia te puede llegar a quitar incluso las ganas de desear mucho más allá de lo imprescindible para vivir. Hay algo con lo que no dio Asimov ni Eco, pero sí el Dalay Lama. Dice el tibetano: “Cuanto mayor sea el nivel de calma de nuestra mente, tanto mayor será nuestra capacidad para disfrutar de una vida feliz”. Nunca mejor dicho, está muy bien pensado, si tenemos en cuenta que no cejar en el propósito de tener y poseer culmina con comerse el coco tan en exceso que se hace necesario el ibuprofeno.

Voy a pasar de la teoría a la acción, y mi deseo para el 2018 es que el mundo y los países con más dinero retomen de verdad, en serio, los Objetivos del Desarrollo del Mileno. No son tantos (8 para la ONU), pero sí problemas arrastrados, que nos avergüenzan como seres humanos. Está erradicar la pobreza extrema y el hambre. Conseguir que los niños de todo el mundo tengan escuelas y reciban una educación, pero antes está garantizarles que coman para no morir en los puntos del planeta desfavorecidos desde la misma creación. Nunca podemos perder de vista la igualdad total, y exterminar el grave problema de la Violencia de Género, que atenta sistemáticamente contra los derechos de la mujer. Habrá que seguir luchando para lograr la desaparición de injusticias sociales y de enfermedades que discriminan y no reciben suficiente dotación para investigación de los presupuestos públicos. Siendo todo ello muy, muy importante, nada alcanzaremos si seguimos destruyendo y contaminando el medio ambiente a la velocidad que lo hacemos, y es hora de alcanzar una unidad de criterio en torno al Cambio Climático, aunque para ello otros estadistas tengan que viajar hasta la mismísima Casa Blanca para convencer al tozudo Trump, un presidente que solo cree en el viejo desarrollo de fábricas y chimeneas. Dejo aquí escritos estos deseos, y lo hablamos de nuevo al final del 2018, para hacer balance de lo logrado.

 

 

 

 

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