Los anticapis y la fuente de la eterna juventud

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Dentro de la fauna de todo pelaje que nos ha mostrado la política catalana en estos días de tanta fatiga, para mi los especímenes más fascinantes son los autodenominados Anticapitalistas o -con mayor cercanía-, los anticapis.

No son fáciles de clasificar porque aparentemente son de izquierdas, pero riñen con Podemos; se precian de su talante revolucionario, pero no tienen aspecto de mujiks presoviéticos y, aunque odian a la burguesía catalana, se aferran a una parte de ella para proclamar juntos la ilusoria república.

Cuando eres niño, la inocencia es un excelente sistema de autodefensa para avanzar en tu crecimiento, a salvo de la crueldad de la vida; pero según pasan los años, es inevitable sufrir el dolor que traen las decepciones; las arrugas que te confieren las traiciones y la desilusión interior que conlleva la llegada de la madurez. No hay nada de malo en ello, es un proceso vital que desarrolla la humanidad desde que la primera chispa de inteligencia brotó en el cerebro de un primate.

De hecho, lo preocupante es no ser capaz de quemar cada etapa, no ascender al siguiente nivel que constituye cada etapa de la vida. Los simpáticos, aunque revoltosos, anticapis se han quedado anclados en un mundo que ya no existe o quizá es que se niegan a aceptar que los sueños que han asumido, hace mucho tiempo que se quebraron.

Parece como si hubieran bebido un ansioso trago de la fuente de la eterna juventud para mantenerse permanentemente en una revolución apolillada en la momia de Lenin, en un treinta y seis que no vivieron y en una república que pretenden demoler mucho antes de erigirla.

Que el capitalismo es un sistema injusto, nadie que haya hecho un par de lecturas muy básicas lo niega. Pero comparado con sus alternativas, sale casi encumbrado. Anticapitalistas eran los soviets, que se precipitaron por el desagüe de la historia; anticapitalistas eran los chinos, que hoy compiten por los mercados comerciales más despiadados y anticapitalistas son los cubanos, que han pagado con el precio de su alegría solo para conseguir una sociedad todavía más injusta.

Así que cuando veo a estos niñatos anticapis clamar por un mundo nuevo, primero me despiertan ternura, pero enseguida me doy cuenta de que chiflados como estos arrastraron a mucha gente hacia regímenes que hicieron de la represión, la dictadura y la injusticia, las banderas de su tenebrosa revolución

 

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