Los papeles de JFK

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La decisión de Donald Trump de desclasificar más de tres mil documentos relativos al asesinato de John Fitzgerald Kennedy parece haberse quedado en una pequeña decepción porque no arrojan demasiada luz sobre la autoría del magnicidio e incluso complican un poco más la trama.

Yo tenía apenas un año cuando asesinaron al trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos y el caso ha atraído mi curiosidad a lo largo de toda mi vida. He visto cientos de veces la película Zapruder, tomada por un testigo presencial en Dallas, e incluso la he estudiado con mis alumnos de Historia del Periodismo. A quien la ve, pocas dudas le quedan de que al menos uno de los disparos viene de frente a la dirección del coche, por tanto no pudo ser efectuado desde la posición de Harvey Lee Oswald.

Las nuevas evidencias -al menos las que ha tenido tiempo de analizar la Universidad de Oxford- no tocan los detalles del asesinato, sino lo que hicieron la CIA y el FBI en los días previos y posteriores. Las notas sobre las visitas de Oswald a las oficinas consulares soviéticas y cubanas en la Ciudad de México son sospechosas, pero no prueban nada. Y el aviso del FBI a la policía de Dallas sobre la seguridad del presunto asesino, una vez detenido, tampoco dicen mucho porque el país entero estaba rabioso y conmocionado.

No estoy seguro de que jamás conozcamos la verdad sobre lo que ocurrió, quizá porque nadie a estas alturas lo sabe realmente. Lo único cierto es que los americanos recibieron la presidencia de Kennedy bajo el signo de la esperanza, pero JFK tenía amistades demasiado peligrosas. Desde su desordenada vida personal hasta sus relaciones con la mafia; desde los exiliados cubanos, decepcionados con su política hasta los soviéticos, al otro lado de la trinchera de la guerra fría; todos estos ingredientes combinan una formula explosiva, mucho más secreta aún que la de la Coca-Cola.