LAS RUTAS DE LA ESCLAVITUD.

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Soy una gran admiradora de Jordi Savall, pero Rutas de la Esclavitud, tiene cosas con las que no puedo estar más en desacuerdo. La narración pesante y poco fluida, parecía por el tono empleado recriminar a los espectadores  las acciones llevadas a cabo por sus antepasados.  Está muy claro que los pueblos deben conocer y recordar su historia para no repetirla, pero no hay que avergonzarse de ella. La esclavitud ha sido, sin duda alguna, una de las mayores y más largas tragedias vividas por la humanidad. Nada puede justificarla, pero la memoria debe ser imparcial. El comercio de esclavos hacia el Nuevo Mundo no comienza como un negocio racial, es decir,  no se trata de  blancos contra negros, sino de un negocio emprendido por hombres blancos que compraban hombres negros a otros hombres también negros, jefes de tribus cuyas costumbres eran convertir los prisioneros en esclavos, tal como se hacía en la antigua Roma y, todavía hoy en día, hay zonas de África en las que existe esclavitud encubierta, sobre todo para las mujeres y los niños. Hace apenas una semana, el canal 2 de Televisión española emitió un documental sobre estos hechos, en el que se explicaba muy claramente como se había iniciado este lamentable tráfico de africanos hacia las plantaciones de azúcar y algodón del Nuevo Mundo.

Musicalmente, África es un amplio y complicado abanico de tradiciones dividido en cuatro regiones (Este, Sur, Central, Oeste) que abarcan los diferentes países y, toda esta música, tiene un sentido práctico de ceremonia (Véase JONES, Arthur Morris, 1978: Studies in African Music, London, London University Press).  En el estudio de Jones, Mali corresponde al Oeste y Madagascar al Este, pero los asistentes al concierto no entendimos  qué relación guardaban con la esclavitud los repetidos recitativos sobre obstinato, pues al no comprender la lengua,  ni aparecer escrito el recitativo en el programa, la desconexión con el tema era total.

Lo mismo ocurría con las canciones del Brasil. Las tonadas y sones en cualquiera de sus expresiones: calentano, jaliscense, son de Costa Chica y Tixtla (donde había población de origen africano), itsmeño, jarocho, huasteco, etc.,  es evidente que se trata de una música mestiza, pero no señala rutas de esclavitud sino  fusión de culturas, porque el son, sobre todo el jarocho (provincias de Veracruz, Tuxtlas y Catemaco),  se desarrolla en el siglo XIX, cuando en muchas zonas ya se había terminado la esclavitud, con una armonía occidental de tónica, dominante, subdominante y sus escalas, con introducción de algunas variantes.  El fuerte comercio entre los puertos de Veracruz y La Habana, lleva aparejada la entrada de bailes traídos desde Cuba por los afrocubanos y aunque estos sones se diferencian del tradicional son cubano, no pueden negar su influencia caribeña. El primer son registrado en los archivos de la Inquisición fue El chuhumbé, (Véase Aguirre Tinoco, Humberto, 1991: Sones de la tierra y cantares jarochos.  México. Programa de Desarrollo de la Cultura del Sotavento).

Lo folklórico gusta aunque no se comprenda,  los músicos  tocaron y cantaron bien, pero no había empaste. Narración y música parecían pertenecer a dos conciertos diferentes, a pesar de lo cual pienso seguir admirando a Jordi Savall.

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