La luz roja del router

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Los serios problemas que acaba de sufrir Telefónica en sus propias carnes, después de un cyberataque contra su red interna han dejado a su paso, numerosas bromas relacionadas -la mayoría- con las tribulaciones del propio usuario cuando intenta contactar con la compañía.

Se ha bromeado con la luz roja del router, con las causas del fallo en la red interna, con páginas web poco adecuadas e incluso con la procedencia del ataque,…  Y todo ello ha dibujado más de una sonrisa en la cara de algunos clientes -unos cuantos-, que muchas veces han tenido que lidiar con un contestador automático de Telefónica o con la voz lejana de un supuesto ingeniero que iba repasando con ellos todos los posibles errores, con bastante más voluntad que acierto.

Pero por mucha broma que celebremos en torno a este asunto, lo que en realidad ha quedado de manifiesto es la profunda fragilidad de las estructuras digitales, y por ende, de las estructuras humanas. Todo está interconectado y controlado por ordenadores. Desde el ordeño de las vacas en una granja hasta el tráfico aéreo de un aeropuerto. Desde los semáforos de cualquier ciudad hasta el campus virtual de una universidad. Los bancos, la red eléctrica, los satélites, las comandas de un restaurante, la radio, la televisión, los centros comerciales, incluso el artículo de opinión que está usted leyendo en este momento.

Y todas las indudables ventajas y comodidades que nos ofrece esta interconexión constituyen, al mismo tiempo, nuestro punto más débil. Vivimos en un mundo tecnológicamente desarrollado, pero al mismo tiempo frágil por su dependencia; si algo o alguien pusiera en práctica un ataque a una escala no mucho mayor que la sufrida por Telefónica, las consecuencias serían imprevisibles. El mundo quedaría paralizado, indefenso, aturdido y quizá no sería capaz de recuperar el ritmo. La comodidad siempre produce debilidad.

Mientras leía ayer el análisis que hacía Telefónica del problema y las medidas que tomaba la compañía, me venía a la mente que está muy próximo el estreno de Blade Runner 2049, treinta y cinco años después de la producción de Ridley Scott. Aquel mundo futurista que nos contaba la película no parece ya tan lejano. Mientras atisbamos los riesgos del colapso tecnológico y se enciende la luz roja del router, el replicante moribundo se despide bajo el aguacero interminable: “Yo he visto rayos C brillando en la oscuridad junto a la Puerta de Tannhäuser”.

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