Becarios

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Estos días ha estado de actualidad el asunto de la situación laboral de los becarios, sobre todo a raíz de lo mencionado en torno a un popular cocinero televisivo. No es un asunto fácil de manejar, de modo que me limitaré a repasar mi propia experiencia .

Cuando era un joven estudiante de Periodismo, trabajaba, a lo largo del curso, en calidad de becario, en una emisora de radio de Portugalete, mientras que durante las vacaciones de verano lo hacía en El Diario Montañés. Ni en uno ni en otro sitio cobraba un duro, pero probablemente fue la escuela de aprendizaje profesional más adecuada para conseguir convertirme en un periodista de verdad.

En la radio aprendí a soltarme, a mantener la calma, a aguantar la presión, pero además comencé cubriendo los partidos del Sestao y terminé comentando una final de Copa del Rey en el Bernabéu entre el Athletic de Bilbao y el Atlético de Madrid. Puesto que ni siquiera había terminado la carrera, aquella oportunidad fue extraordinaria, jamás hubiera tenido la más mínima opción si no hubiera sido becario. Incluso Luis Aragonés me echó una bronca en la rueda de prensa porque consideró inadecuada una de mis preguntas. ¡Y eso que acababa de ganar la Copa del Rey! Cuando los veteranos periodistas del Marca o de la Cadena SER salieron en mi defensa (¡eh Luis, hombre, deja al chaval!) sentí que la Hermandad ya me consideraba uno de los suyos.

Pero donde aprendí de verdad fue con la vieja tripulación corsaria de El Diario Montañés. De Jimeno, que entraba y salía de la comisaría como pedro por su casa; de Serrera, que allí sigue, al pie del cañón; de Chemi, que era un jovencísimo y prodigioso redactor-jefe. De Chuchi Teja, de Juan Carlos de la Fuente, de Flores, de Diego, e incluso de Mariángeles, que gobernaba la sección de Economía con puño de acero con guante… de acero. Al salir de la redacción te tomabas unas cañas con Sandoval y aprendías más periodismo que en los cinco años de carrera. Estaban Manolo Bustamante, Miguel Ángel, San Juan y Donata e Iñigo Ben, mi viejo y querido compañero de clase. Y Marcelino, al que idolatraban en todas las boleras de Cantabria. Y, por supuesto Castañeda, el director, el capitán de aquellos bucaneros que producían un producto informativo excelente sin internet, ni fotos digitales; hoy me enorgullezco de trabajar a su lado enseñando la profesión a los futuros periodistas.

De ellos aprendí todo lo que se y solo pensar, ahora mismo, en algunos de los que he mencionado pero ya no están, me pone la carne de gallina. Hoy en día tengo algunos becarios trabajando conmigo en la Universidad Europea del Atlántico y, aunque solo sea en memoria de mis viejos maestros, les doy la oportunidad de dar sus primeros pasos en la profesión y les enseño todo lo que yo aprendí.

Y en pocos años, esos discípulos míos me darán mil vueltas y dejarán atrás a su profesor, porque pobre sería de este mundo si los alumnos no mejorasen a sus maestros

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