Neoterrorismo y estrategias de comunicación

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El atentado perpetrado en Estocolmo convierte ya en infausta trilogía los anteriores sucesos de Londres y Niza como escenarios de incidentes similares en los que se han utilizado vehículos  para perpetrar el mal. La sencillez de la idea raya lo diabólico desde la perspectiva de inseguridad que causa en el ciudadano de a pie, porque lo cierto es que atentados de este tipo son prácticamente imposibles de prevenir.

Es cierto que algunas grandes ciudades toman una serie de medidas casi desesperadas para combatirlos, como prohibir la circulación de camiones en determinadas localizaciones donde se prevén aglomeraciones de público, pero es imposible salvaguardar todas las calles, de todas las ciudades, todo el tiempo, porque para causar daño hay espacio de sobra.

No obstante me gustaría llamarles la atención sobre tres aspectos en torno a este fenómeno del neoterrorismo, desde la amplia experiencia que, para nuestra desgracia,  hemos acumulado ya los españoles. El primero de ellos es el hecho, muchas veces obviado, de que el número de víctimas del terrorismo islámico es sensiblemente superior entre los musulmanes que entre los cristianos. Las masacres de Kenia, Turquía, Irak, Afganistán o Pakistán se han llevado por delante muchas más vidas que los ataques de Nueva York, Madrid, París, Bruselas o San Petersburgo. No se trata de competir en torno a quién sufre más, sino de tener claro el hecho de que no se trata de una auténtica guerra religiosa, porque visto desde ese punto de vista qué sentido tendría reducir el número de potenciales combatientes propios.

Atentar contra cristianos persigue precisamente crispar nuestras relaciones con los musulmanes, exactamente igual que cuando se atentaba en nuestro país para intentar radicalizar a los vascos y el resto de españoles entre sí. Uno, inevitablemente, busca la protección en el grupo, entre los que identifica como suyos, aunque solo sea para contraponerse al resto, que son enemigos. La identidad proporciona cierta sensación de seguridad, que es más psicológica que real, pero al menos constituye un refugio temporal mientras pasa la tormenta.

El segundo aspecto -no menos lamentable-, es la constatación de que el terrorismo es simple y llanamente publicidad. Incluso el terrorista más fanático sabe que jamás podrá asesinar a todos a los que considera enemigos y tampoco ignora que jamás podrá convencerles de sus motivos, así que utiliza la muerte como mercancía informativa con la que llenar las cabeceras de los medios de comunicación. Este asunto lleva mucho tiempo causándonos una verdadera incomodidad ética a los periodistas. Sabemos muy bien que los terroristas siempre nos han utilizado como agentes publicitarios de sus atrocidades, pero al mismo tiempo somos prisioneros de nuestra propia profesión, que nos obliga a contar aquello que ocurre.

Para terminar quisiera incidir en un último extremo que me hace sospechar. Lo lamento, a los periodistas que llevamos ya ciertos años en los ruedos de la información, rara es la cosa que no nos despierta sospechas. Se trata de la sorprendente capacidad estratégica en materia de comunicación que han demostrado los terroristas. Una buena parte de mi labor profesional la he llevado a cabo en el campo del periodismo institucional y puedo asegurarles que es una disciplina compleja que nunca se llega a dominar por completo. Pues bien, esta nueva hornada terrorista que, aparentemente, reniega de lo occidental, de la modernidad y de la tecnología, resulta que maneja las redes sociales como si fueran expertos en autovías digitales. Su manejo de la información sugiere toda una estrategia de comunicación, construida desde parámetros mucho más occidentales que otra cosa. A veces compruebo con estupor que dejan la ideología al servicio de su estrategia de comunicación y no al revés.  No me lo creo; hay algo que no hemos conseguido identificar detrás de la sangre y el horror. Nos han puesto una venda en los ojos y todavía no hemos sido capaces de quitárnosla.

Sean quienes sean y vengan desde donde vengan sus recursos de financiación sí tienen razón en una cosa: pueden arrollarnos en una cuneta, masacrarnos en un centro comercial o volarnos por los aires en el interior de un vagón de metro, pero jamás podrán convencernos.

 

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