Una patada en la espinilla del Brexit

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Que las negociaciones para la salida del Reino Unido de la Unión Europea no iban a ser nada fáciles era algo que ya intuíamos. Si los británicos tuvieron la enorme habilidad diplomática, en su día, de imponer una serie de sorprendentes condiciones para ingresar en el club europeo, no iba a ser menos controvertido el momento de la salida.

Pero claro la altura política de la (ahora) denostada Margaret Thatcher no es la misma que la de una recién llegada Theresa May, quien intenta dar una poco convincente sensación de seguridad mientras bracea torpemente entre los restos del naufragio del brexit.

Si Thatcher consiguió cosas increíbles, como mantener la libra esterlina frente a la moneda única o limitaciones fronterizas al espacio Shengen de las que ningún otro país continental disponía, May se enfrenta a la presión de una Unión Europea harta ya de amenazas y tonterías. La primera de todas vino de los labios de la premier británica quien pretendió asustar a Bruselas con el argumento de que el Reino Unido no se sumaría al esfuerzo común de la lucha antiterrorista si no se firmaba un buen acuerdo comercial entre las dos partes.

Algunos medios británicos corearon esta desfachatez, calificando a su país como el mejor del mundo en esta materia, lo cual hubiera sonado pretencioso si no fuera porque el reciente atentado londinense -casi a las puertas del Parlamento-, confieren a esa balandronada tintes verdaderamente patéticos.

Como respuesta a la sorprendente amenaza, la Unión Europea ha reaccionado con firmeza, propinando a Londres una buena patada en la espinilla de Gibraltar. Bueno, en la espinilla por no decir en otro sitio. Y es que, al otorgar a España el derecho de veto en materia de negociación sobre la roca, lo que Bruselas le está diciendo a los ingleses es una frase que en inglés empieza por efe y les manda a donde ustedes están pensando.

He estado un par de veces en Gibraltar, un lugar extraño y anacrónico, en el que corren ríos caudalosos de libras esterlinas por las venas de sus más de cuarenta mil empresas registradas. Asombra ver a los bobbys patrullando las calles y a los conductores de autobús escuchando embelesados a La Pantoja, pero sobre todo es un avispero pirata que le va a causar unos cuantos dolores de cabeza a su Graciosa Majestad una vez consumado el brexit. Me alegro mucho; por una vez, y aunque sea casi de rebote, España está en el bando adecuado.

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