El sello de Paloma Gómez Borrero

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El fallecimiento de Paloma Gómez Borrero me cogió desprevenido; para empezar porque no era consciente de la edad que tenía. Aunque ya hacía mucho tiempo que había dejado la corresponsalía de Italia y el Vaticano, de vez en cuando se la veía en alguna tertulia televisiva y, francamente, parecía que el tiempo no pasaba por ella.

Nunca tuve el gusto de conocerla pero era una de las profesionales que más admiraba del mundillo periodístico, especialmente por haber conseguido hacer muy amena una información que estaba necesitada de cierto estilo personal para llegar mejor al corazón de los telespectadores. No es nada fácil dotar de un sello personal a cualquier actividad y Paloma lo consiguió con su simpatía, su capacidad de comunicación y su profundo conocimiento de la curia.

Siempre me impresionó aquella manera suya  de transformar su labor profesional hasta el punto de convencernos de que teníamos una amiga en el Vaticano que nos llamaba de vez en cuando para ponernos al corriente de lo que pasaba por allí.

A menudo les cuento a mis alumnos de Periodismo que, cuando era un joven estudiante, como ellos, hacía prácticas en una emisora de radio local, en Vizcaya. Un día, el director de la emisor me llamó para proponerme dirigir un programa propio, de media hora. Cuando escuché aquella propuesta casi toco el cielo porque pensé que ya se reconocía mi valía sin haber terminado la carrera. Cuando el director me dijo cuál sería el contenido del programa casi me caigo de espaldas del disgusto: tenía que hablar sobre carreras de caballos, ya que el programa sería patrocinado por la quiniela hípica.

Salí de allí completamente indignado, aunque primero balbuceé un decepcionado sí. Pero ya según bajaba las escaleras, me dije: Alejandro, si quieres ser periodista tienes que ser tú quien haga interesantes las cosas, debes ser tú quien marque un estilo. Aquello terminó bien, no es que ganase el Pulitzer, pero terminé presentando un programa digno en una provincia en la que no se celebraban carreras de caballos, en una época en la que no había internet para obtener información.

Paloma Gómez Borrero hizo eso mismo pero a un nivel infinitamente más grande. Estoy seguro de que su popularidad no venía motivada por un gran conocimiento del Vaticano ni por su estrecha amistad con Juan Pablo II, sino por desarrollar un estilo único que marcó una época entre los corresponsales en el extranjero.

Como miembro de esa inestable hermandad que formamos los periodistas solo puedo recoger aquí, humildemente, mi admiración por su trabajo, mi dolor por la pérdida y mi compromiso de intentar dignificar mi profesión como lo hizo ella.

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