MICRORRELATO TUDANCO

“Adela mayeaba, pero era grande su majencia. Oteaba yo desde el sotámboro cómo rabeaba camentosa, mientras la viejuca raspagaña cutionaba el moruguero. La mandé agutar y alear, porque avilaba a las búcaras y a los chuvines. Corujía y añozaba, mas me había engaitado y cumpliría, aunque la esbarujandona se escaramuzase. Podría aluparme con las andoscas, pero soy un gullurito calamejo y esmalandranado, hábil sólo en el espirriado y el regotro, o eso decía Adela, paquiteando con el maco tras el tresno” (*).

Escribo este microrrelato parcial a partir del “lenguaje aldeano no registrado en los vocablos regionales” y recogido en Tudanca por José María de Cossío, el señor de la Casona, quien hizo una notabilísima contribución al conocimiento del léxico montañés, hoy desperdigado, y que debiera reunirse en una única y gran obra. El habla de Cantabria es un tesoro poco valorado.

 

(*) “Adela cojeaba ligeramente, pero era de gran belleza. Miraba yo desde la pendiente cómo daba la vuelta recelosa, mientras la vieja raquítica golpeaba fuerte el hormiguero. La mandé callar y moverse, porque esperaba con impaciencia a las tudancas ojnegras y a los bueyes cornicorvos. Tiritaba de frío y me encogía junto al fuego, mas me había comprometido y cumpliría, aunque la derrochadora mujer se pasmase. Podría escaparme con las ovejas, pero soy un zascandil terco y desarreglado, hábil sólo en el escupir y el eructar, o eso decía Adela, andando menuda con el hato de ropa tras el aseo”.