UN LÍO

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En unas elecciones, el votante es el único que nunca se equivoca y todo demócrata debe aceptar cualquier resultado, aunque no le guste, si es consecuencia de la voluntad popular. Los españoles no nos hemos decidido por un estado ingobernable, como pudiera deducirse del reparto de escaños, sino por el final del rodillo y el inicio de la política, del diálogo y de los pactos. Gana el PP, y pese al gran resultado de Podemos, fracasa en su intento de desbancar al PSOE –se queda con veintiún diputados menos– y Ciudadanos tampoco cumple las elevadas expectativas. Así están las cosas, liadas de tal forma que sólo una impensable coalición PP-PSOE garantizaría la mayoría absoluta. En otro orden, el retroceso del independentismo y el naufragio del partido de Mas –cuarta fuerza en Cataluña– le deja sin argumentos para ser investido presidente de la Generalitat. Vienen unos días apasionantes.