Deconstrucción de Historia

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“Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte. Puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión, de ingenio y hasta de género, y serán como relámpagos que acrecentará más y más la lobreguez de la noche.” Esta cita de Marcelino Menéndez Pelayo concentra una sabiduría infinita. Lástima que sólo haya pasado a la historia su redacción sin que haya calado tanto el significado que encierran sus palabras.

Hace nada veía en la Vega de Pas a un pasiego transportar la hierba en belorta. Algo habitual para la gente del lugar, y para los cántabros, que conocen a base de bien porque así es como se faenaba hace no mucho, aunque mirar hacia atrás provoque el vértigo del color al blanco y negro. El trabajo más rudimentario y antiguo también es el más desconocido para muchos.

Smartphones en mano, y pese a la omnipresencia de internet y todo su poder de alcance y de dominio de información, nos olvidamos que somos una generación de hijos, nietos, bisnietos, y así un largo etcétera hasta llegar a nuestros orígenes. Nos hemos olvidado de dónde venimos y como hemos llegado a donde estamos. Se olvidan trabajos de los que se reniegan por su dureza como el campo con la agricultura y la ganadería, pese a la modernidad de los tiempos y los avances tecnológicos que también han llegado a esas labores, que son pilares básicos de una subsistencia injustamente valorada. Ahora, la belorta, que ha inspirado estas palabras, se resume en un reducto del pasado convertido casi en “espectáculo” debido a su poca visibilidad. Al tiempo que yo le veía trabajar, quienes estaban a mi alrededor se hacían preguntas extrañados mientras observaban ensimismados lo que hacía aquel hombre al levantar y transportar la hierba de esa manera. Los jóvenes no sabían lo que era, y a los mayores les sorprendía ver que siguiese trabajándose así.

Desconocemos nuestros orígenes. Existe la asignatura de Historia pero no el conocimiento de su función: conocer todo lo que ha pasado para no olvidar los comienzos y al poder ser aprender de los errores. La evaluación es continua y va más allá de las aulas y de los cursos académicos. Cada día se escribe un nuevo capítulo en la Historia, con la facilidad que se olvida otro anterior.
La novedad está borrando el pasado, y sin éste se pierde la perspectiva del punto de partida. Si no sabemos de dónde venimos, como podemos saber a dónde vamos.

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