Vivir … a pesar de las posibilidades

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Por la calle nos vemos, sin vernos y sin mirarnos. No hay distinciones. Podemos llevar cadenas como esclavos pero como no se ven ni se oyen no sufrimos por ellas, sean propias o ajenas. Las ajenas por aquello de que ojos que no ven, corazón que no siente. Las propias por no hundirnos en la miseria de la cruda realidad. Así es menos difícil. La esclavitud que se estudia no es la que se lee en los libros ni se ve en las películas. No ha acabado. Es una falta de libertad. Que no haya argollas a la vista no significa que no haya derechos pisoteados. Llevamos a cabo, sin saberlo, una máxima pasiega “de lo que no se habla, no pasa”, aunque pasa, ya lo creo que sí.

Es una encrucijada de caminos. La vida es una oportunidad, la supervivencia una condena. Ahora vivimos lo desconocido. El pasado es una leyenda. El futuro es inimaginable. No podemos vivir del pasado porque ya no existe. El presente es inestable, tiende a desvanecerse.

Salario deriva de pago en sal. Conservamos la palabra, nadie repara en su etimología ni en su historia. El valor es relativo. La vida es más cara. El tiempo es oro pero de diferentes kilates. Hay trabajos que no están pagados, y otros que no se deberían pagar como se pagan. Las reglas del juego son tan desiguales como injustas.

Las veinticuatro horas de un día se viven de distinta forma. Hay quien no coincide ni en las de sueño. Descansar es más difícil. Conciliar el sueño, en singular, cuesta sobretodo porque te lo han robado. Hablar de sueños, en plural, es una quimera gratuita disfrazada de lujo inalcanzable.

Personas que trabajan pero no cotizan, ni en uno, ni en dos trabajos o los que se encuentren y simultaneen para llegar a fin de mes. Horas trabajadas pero no pagadas. Turnos dobles, y hasta triples. Jornadas interminables. Los términos “extra” y “extras” se encuentran en convenios que no llegan a materializarse: ni horas, ni pagas, ni periodos de lactancia, ni vacaciones, ni días libres, ni descansos reglamentados. Ni están ni se les espera. Lo tomas o lo dejas. No son condiciones, son abusos.

Entonces se te cruza el loable pensamiento de la reivindicación, de plantarte y plantarle cara al sistema cual David contra Goliat. Nada se le puede reprochar por el contrario a quien se tope con el “pero” de esa idea. Verse las manos vacías inclina la balanza, máxime cuando de uno dependen otras personas. Ellos son el motor que impulsan los días. Su esfuerzo va acompañado del sacrificio de tus derechos por trabajo y del tiempo de no poder estar con ellos. Su tiempo también vale dinero pero esta sociedad lo ha puesto de oferta sin pedir permiso. Cuando hay tiempo, puede faltar dinero, y al revés. Esta vida es una máquina de hacer y pasar facturas que no se pagan solas.

La impotencia se concentra en un puño. Hierve la sangre. No está bien pero las alternativas se reducen, cuando no desaparecen. En el ruedo tenían que estar los que dirigen y mandan, sin distinción de colores, pisando la arena del albero mirando a la bestia de frente, y no viendo cómodamente los toros desde la barrera de los despachos, con discursos de palabras baratas y huecas, carentes de sentido y exentas de realidad. Estas faenas no duran unas horas, sino meses con sus semanas, días y horas que hay que trabajar y sudar. Para hablar de trabajos y sueldos hay que vivir con los reales, que no legales, y no con los diferidos.

Hay héroes que viven entre nosotros. No tienen capa pero si super poderes. Una fuerza descomunal para levantarse cada día y estar al pie del cañón. Viven a pesar de las posibilidades. Por encima de sus posibilidades sólo está la esperanza de un futuro y un equilibrio. Mientras unos trabajan, otros se reúnen para arreglar el país, cuando no el mundo. Algo debe pasar cuando el tiempo pasa, los experimentos se suceden y la solución no acaba de llegar. Ante este panorama muchos pensarán: cada día amanece que no es poco.

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