VICTORIAS, DESFILES Y CRISIS

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El Imperio Romano conmemoraba por igual sus victorias y sus crisis: con grandes desfiles militares, en un afán de transmitir al pueblo que, tanto en la paz como en la guerra, César y el Senado nunca se quedaban quietos. Es evidente que la fisonomía de las urbes y campos de batalla de aquellos tiempos y los actuales nada tienen que ver, salvo por este viejo mensaje de que la paz es más segura tanto en cuanto no dejes de contar con el mayor ejército y poder armamentístico. De ahí que los viejos imperios echan mano de los grandes desfiles militares, enfatizando el orgullo de nación poderosa, pese a sus graves problemas internos, provenientes de la economía, el paro y la emigración.

 

Lo que hoy se va conociendo cada vez más como vieja política, en realidad, es esto que cuento. El recuento de armas y arsenales no libera necesidades pero refuerza la nacionalidad: “somos americanos”, “británicos”, “españoles”, “rusos”, “franceses”, “alemanes” o “italianos”. A los griegos, pese a tener en su haber la creación de la democracia, ni si quiera les dejan ser griegos, y lo mismo sucede con otros tantos pueblos que conforman nuestro Mapamundi.

 

Todo desfile se lleva a cabo marchando hacia adelante, pero no puede ocultar la realidad de que estamos estancados a la hora de evolucionar. Si realmente queremos avanzar, tenemos que reconstruir la solidaridad universal. Debemos tornar el hambre en comida abundante; dar oportunidades a los países estériles del todo; y generar un nuevo respeto entre pueblos que nos saque del atolladero de librar guerras santas que, como antaño, nunca nadie ganará. Las batallas que hay que librar son la crisis, el desempleo, el ébola, las sequías, la falta de alimentos, la mortandad infantil por falta de agua, pan, leche o medicinas, y la inmigración obligatoria para no morir sin nada donde naciste.

 

Estos son los campos de concentración actuales del exterminio. Conmemoramos, y hacemos bien, aquellos con los que acabó el final de la II Guerra Mundial: Auswitch, Treblinka, Mauthausen… Y lo hacemos realmente bien para decir alto y claro: ¡Nunca más! Pero nuestra propia naturaleza humana nos demanda mucho más que conmemorar victorias y hacer desfiles militares. La exigencia número uno es hacer un mundo mejor para todos.