22º Jornada: Pedrouzo – Santiago de Compostela (20 km, 4 h.)

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Última jornada. Después de tres semanas -veinte días caminando y un día de descanso- llegamos a Santiago. En esa mañana verdaderamente el destino lo era todo. Después de detenernos en un bar para desayunar, ya no paramos hasta llegar al Monte do Gozo. Se supone que desde sus alturas se ve a unos cinco kilómetros la Catedral compostelana. No sé si fue porque miramos mal, pero nosotros no la vimos por ninguna parte. No la vimos hasta bien entrados en la calles de Santiago. El camino a la Plaza del Obradoiro se hace largo y anodino yendo por calles y cruzando carreteras de ciudad cualquiera. Santiago era una urbe cualquiera. Lo único que nos recordaba que seguíamos en el Camino eran las conchas de bronce incrustadas en las baldosas de las aceras. Desde una callejuela pudimos al fin ver una de las torres de la Catedral. Era la Torre del Reloj, que al momento volvió a desaparecer tapada por edificios y casas.

Algo nervioso y sin saber muy bien cómo iría a reaccionar al llegar a la plaza, bajamos el último tramo del camino. Esperaba, eso sí, detenerme, alzar la mirada, inspirar hondo y sonreír.

De pie en esa explanada agorafóbica que te empuja a buscar refugio entre las paredes del recinto eclesiástico hice todo eso, pero aturdido y confundió por el horror estético de ver que unos andamios de restauración cubrían las torres y la entrada de la Catedral. Aturdido y confundido por los grupos de peregrinos que también habían llegado hoy a Santiago y lo celebraban con risas, voces, gritos y cantos.

Llegamos justo para la misa de peregrinos de las doce. Después fuimos a abrazar a la figura del Apóstol, la cual preside el altar mayor, y bajamos a la cripta donde yace el sepulcro. En el templo -y más tarde por la ciudad- tuvimos la suerte y la alegría de ver antiguos peregrinos que como nosotros habían llegado a su destino. La emoción era evidente. Ya al anochecer la Catedral y la Plaza ofrecieron su silencio y parado pude reposar tras el camino.

Llegando a Santiago una peregrina -amiga y fisioterapeuta- me preguntó si había logrado mi objetivo, el propósito de mi peregrinación. Mi respuesta fue rápida y afirmativa. El objetivo de mi camino era bien sencillo. Era andarlo con mi padre y allí estábamos los dos a un par de kilómetros de Santiago. Con esfuerzo, pero sin grandes dificultades -mi padre aún menos que yo- habíamos llegado a nuestro destino. No habíamos discutido. No habíamos reñido. En una ocasión -de camino a Villadangos del Páramo- sí que me cabreé con él, pero en silencio -se empeñó en ir por el camino triste que bordeaba la carretera nacional. Así que nada grave. Nos echamos nuestras risas. Mi padre pudo contar sus historias de la mili y sus recuerdos de infancia. Hablar para aliviar su enojo e irritación. El objetivo era pues compartir juntos unos lugares y unos momentos. El objetivo era la experiencia común y única. Era la cercanía.

A parte de la pregunta sobre el objetivo de la peregrinación, la otra pregunta que se hacen los peregrinos es qué es lo que se ha aprendido en el Camino. Yo, después de las tres semanas de marcha y de formar parte de una comunidad de peregrinos, he aprendido varias cosas. He aprendido, por ejemplo, a ser paciente (tarde o temprano llegas a tu destino), a esforzarme (sin sacrificio no llegas a ninguna parte), a disfrutar de la naturaleza (en los detalles del paisaje hay un placer sublime), a ser disciplinado (cada día hay que hacer las tareas que hay que hacer para que la convivencia funcione), a ser humilde (siempre hay un peregrino que viene de más lejos y trae más carga), a no juzgar (en el encuentro con los otros había un profundo respeto), a escuchar (en ese encuentro había un interés sincero) y a ser parco (caminar no requiere más de diez kilos de mochila y si hay que comer macarrones con tomate cinco días seguidos pues se comen).

Esto, y supongo que más cosas, he aprendido en el camino. No ha resultado difícil porque el Camino es un buen maestro y la comunidad de peregrinos una buena escuela. Lo difícil viene ahora que regresamos a otros caminos y nos encontramos con otros peregrinos.

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