17ª Jornada: Triacastela – Sarria (25 km, 7 h.)

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El día antes habíamos entrado en Galicia. Nos lo indicó un mojón y nos lo confirmó una palloza. Ese mismo día salimos de la Montaña. Sus nubes nos vieron bajar y empequeñecer. De caminar al lomo de su cordillera y disfrutar de las vistas, de mirar a las nubes a los ojos, llegamos a la vaguada menguados y humildes. Las rampas y los repechos nos acompañaron, sin embargo, hasta el final – aferrados a nuestras piernas. Las piedras y los cantos rodados llegaron también a Triacastela – engastados en las plantas de nuestros pies.

Hoy caminamos por un túnel de ramas y follaje; protegidos de un sol tímido y esquivo. Caminamos por trincheras con muros de hierba, tierra, raíces y piedra. Pasamos junto a árboles agarrados a esos muros y suspendidos en el tiempo. Desafiando al peregrino y esperando para poder caer en el camino y morir. A la derecha, en la ladera inclinada hacia el cielo, árboles amenazantes de brazos desnudos y codos deformes que seguían su marcha secular e imperceptible hacia la orilla de la pendiente, el muro y el camino. A ambos lados de la senda árboles mitológicos cubiertos de hojas verdes y venas leñosas. Árboles huecos y cansados. A la izquierda, en la ladera inclinada hacia el abismo, bosques diseñados por el inconsciente de Dios.

Tardamos bastante en llegar a Sarria. Elegimos el camino largo que pasa por la Abadía de Samos. Paramos para poder visitar éste que es uno de los monasterios más antiguos de Europa, para comprar chocolate hecho por los monjes y para desayunar un sabroso bizcocho gallego.

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