LA ALEGRÍA Y LA PAZ, FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO

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San Pablo en la carta a los Gálatas (Gál 5, 22-23) enumera los frutos del Espíritu Santo. Uno de esos frutos es la alegría.

Alegría. Sólo el Espíritu Santo es fuente de la verdadera alegría, a la que aspira siempre el corazón humano. El hombre es un ser hecho para la alegría y la felicidad, no para la tristeza y la desdicha.

Hay alegrías engañosas, que no llenan el corazón y producen un vacío. Son las obras de la “carne”: “fornicación, impureza, libertinaje […], borracheras, orgías y cosas semejantes” ( Gál 5, 19-21). A estas alegrías falsas podrán añadirse el afán de poseer, la ambición de poder y el deseo de placer, es decir, la pasión hacia los bienes terrenos, que producen ceguera de mente, como advierte San Pablo (cfr. Ef 4, 18-19), y que Jesús lamenta en el Evangelio (cfr. Mc 4, 19)..

El Papa Pablo VI escribió una preciosa exhortación apostólica titulada Gaudete in Domino, que es una invitación a la alegría, fruto del Espíritu Santo. Recientemente el Papa Francisco ha escrito una exhortación apostólica titulada Evangelii Gaudium, que es también un canto a la alegría del Evangelio. Recomiendo su lectura.

La alegría pertenece al corazón del Evangelio, que es Buena Noticia de salvación para todos. La alegría cristiana es paz divina en medio de la tempestad; gozo profundo en la tristeza; gozo animoso en el cansancio; mansedumbre dulce en el torbellino de las pasiones. Los que viven con alegría habitan alrededor del monte de las Bienaventuranzas.

Paz. Otro de los frutos del Espíritu enumerados pro San Pablo en el texto citado de la carta a los Gálatas es la paz. Se contrapone a las obras de la “carne”, entre las cuales -según el Apóstol San Pablo- figuran “discordias, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias…” ( Gál 5, 20). Se trata de un conjunto de obstáculos que son, ante todo, interiores, y que impiden la paz del alma y la paz social.

El cristiano debe empeñarse en secundar la acción del Espíritu Santo, alimentando en el corazón las “tendencias del Espíritu, que son vida y paz” ( Rom 8, 6). De aquí las repetidas exhortaciones de San Pablo a los fieles, para “conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz ( cfr. Ef 4, 3) y para abandonar cada vez más las “tendencias que llevan al odio a Dios” y que están en conflicto con las del Espíritu, que “son paz” (Rom 8, 6-7). Sólo si están unidos en “el vínculo de la paz”, los cristianos se muestran “unidos en el Espíritu” y son seguidores auténticos de aquel que vino al mundo para traer la paz.

Cuando el Espíritu reina en los corazones de los hombres, los estimula a hacer todos los esfuerzos por establecer la paz en las relaciones con los demás, en todos los niveles: familiar, cívico, social, político, étnico, nacional e internacional (cfr. Rom 12, 18; Heb 12, 14). En particular, estimula a los cristianos a una obra de mediación sabia en la búsqueda de la reconciliación entre las gentes en conflicto y de la adopción del diálogo como medio que hay que emplear contra las tentaciones y las amenazas de la violencia y la guerra.

+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander

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