¿CÓMO HABLAR DEL ESPÍRITU SANTO?

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En mis dos cartas pastorales anteriores he escrito sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y sobre los siete dones. Pero a la hora de hablar y escribir sobre el Espíritu Santo, partimos de una dificultad inicial: no tenemos propiamente una figura e imagen del Espíritu Santo; sólo tenemos símbolos.

De Jesucristo tenemos figura e imagen. Figura, pues el Verbo se hizo carne y tomó nuestra naturaleza humana. Imagen, porque cada uno tiene de Jesucristo distintas representaciones. San Juan de la Cruz, por ejemplo, escribe: “¡Oh cristalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados, / que tengo en mis entrañas dibujados!” ( Cántico 11).

Del Padre no tenemos figura, pero sí tenemos imagen, a través de la experiencia del Padre de la tierra y desde ahí por vía de eminencia hablamos de Dios Padre.
Del Espíritu Santo no tenemos ni figura ni imagen. Es inmaterial. Tenemos que recurrir a símbolos. La Sagrada Escritura no nos presenta en ninguna parte un “retrato”, no tiene rostro humano, ni siquiera un nombre que evoque una figura humana. La Biblia y la Tradición viva de la Iglesia recurren a símbolos: viento, fuego, lenguas, paloma, aceite…Son símbolos que nos remiten de manera inefable a su Persona, aunque no agotan su rico misterio.

Me voy a fijar solamente y de manera breve en el símbolo del aceite. El simbolismo de la unción con el aceite (óleo) y el crisma (aceite perfumado con bálsamo) es también significativo del Espíritu. En la iniciación cristiana es el signo sacramental especial de la Confirmación. El Obispo unge con el santo crisma la frente del confirmando. Por eso en las iglesias cristianas de Oriente el sacramento de la Confirmación es llamado “crismación”.

El aceite no es sólo alimento como el vino y el trigo, sino también ungüento, que perfuma el cuerpo ( Am 6, 6), fortifica los miembros ( Ez 16, 19), suaviza las llagas ( Is 1, 6), alimenta continuamente la llama que ilumina ( Ex 27, 20; Mt 25, 3-8). A diferencia del agua que corre y se evapora, el aceite empapa e impregna. Así sucede con el Espíritu Santo es como el aceite-crisma, para que el cristiano sea buen “olor” de Cristo ( 2 Cor 2, 15-16).

Para hablar y escribir del Espíritu Santo, la Sagrada Escritura recurre siempre a la acción, lo representa actuando en nuestros corazones y en nuestras vidas. “Lo conocéis porque vive en vosotros y está en vosotros” (Jn 14, 17). Conocer al Espíritu es experimentar su acción, dejarse invadir por su luz y su fuerza bienhechoras, dejarse guiar por sus impulsos. Para conocer al Espíritu Santo hay que “sorprenderle” en el bien que nos hace cuando nos mueve a un buen pensamiento, a santos deseos, a acciones virtuosas. Hablar y escribir del Espíritu Santo nos hace bien en la Iglesia, ya que el Espíritu Santo es también para nuestra época el agente principal de la nueva evangelización.

+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander

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