NEBRASKA

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NEBRASKA.         CALIFICACIÓN: 8

 * * * *

La mejor película de lo que va de año, que muestra el arte de hacer visible lo invisible.

 

Hay películas que entre sus imágenes logran atrapar la vida; detalles y cosas que no decimos, miradas fugaces o heridas vitales que no transmitimos, y la maravillosa Nebraska es una de ellas. El director Alexander Payne lo hace sin subrayar y en voz baja creando una obra crepuscular, serena y muy humana que emociona profundamente mientras reconstruye la amarga vida de un padre casi senil a través de la mirada de su hijo. Una película pequeña y sencilla que habla de cosas grandes y complejas.

Estamos ante una obra preciosa y conmovedora de gran melancolía, narrada de forma reposada a través de una transparente puesta en escena y apoyada en una muy creíble y emotiva interpretación de Bruce Dern junto a un grupo de secundarios portentosos. Una película que lleva dentro mucho más de lo que puede parecer.

Resulta emocionante asistir, por un lado, a como se va recomponiendo la vida de una persona, de un padre ya anciano; lo que fue, lo que pudo haber sido y lo que es. Pero no a través de él, ya que es un hombre parco en palabras, testarudo, desorientado y alcohólico que está casi senil, sino a través de lo que dicen los que le rodean; su mujer, sus hijos, sus hermanos y sus amigos. Y, por otro lado, también resulta conmovedor asistir a cómo va creciendo la mirada de su triste hijo, que se reconoce en ese padre con el que quiere conectar y al que ira comprendiendo.

Cuanta vida se esconde detrás de los rostros ancianos y de las depuradas imágenes en blanco y negro de esta hermosa, emocionante y magistral película. Una vez más Alexander Payne obra el milagro de atrapar los pequeños detalles y los desgarros existenciales de una vida llena de renuncias y frustraciones mostrándolo de forma tan transparente como sutil, con un estilo nada aparente y que no se hace notar.

Nebraska viene a demostrar la grandeza del cine, que está en hacer visibles las pequeñas cosas de la vida,  aquello que normalmente suele pasar desapercibido en el día a día o nuestras desilusiones y heridas emocionales más profundos que no revelamos a los demás y con las que cargamos.

Cuanto cine y cuanta vida hay en la visita a una vieja casa de la infancia en la que sin  necesidad de flashbacks podemos imaginar lo que se vivió allí.

Cuanta amargura y dolor hay en una visita a un cementerio.

Cuanta renuncia y cuanta historia de lo que pudo haber sido hay en la insinuada relación que tuvo el protagonista con una antigua novia que rivalizo con la que es ahora su mujer.

Cuanta tristeza y comprensión hay en las miradas que el hijo ofrece a su padre y que solo al final, en un momento furtivo, el progenitor devolverá.

Y cuanta dignidad, sensibilidad y emoción hay en el paseo final en coche del alcohólico y anciano padre por la calle del pueblo donde se crió.

Y eso es lo que nos cuenta Nebraska, nada más y nada menos que la vida; un trozo de vida y un puñado de personajes de carne y hueso.

Entre medio surgen temas habituales en el cine de su director como la familia y el legado, las relaciones paternofiliales, la relación entre la tierra y el hombre, la transmisión generacional, la vejez y el paso del tiempo.

Y todo en un doble viaje en paralelo hacia atrás y hacia adelante sobre la dignidad y reconciliación con el pasado y el redescubrimiento, mientras un padre y su hijo recorren el camino en coche que les lleva a recoger un supuesto premio de un millón de dólares, con parada en el típico pueblo del medio oeste de Estado Unidos donde nació y se crió el progenitor.

Así, Nebraska es también una radiografía devastadora de la América profunda envuelta por un acertadísima uso de la fotografía en blanco y negro y del cinemascope para acercarnos y retratar un tiempo en descomposición, la crisis y depresión de unas gentes y de unos pueblos situados en medio de la nada entre carreteras y espacios abiertos y en los que ya solo hay ancianos.

La grandeza está en cómo cuenta todo esto Alexander Payne, en su estilo. En unos tiempos exhibicionista, en los que todo se subraya, se exagera y se explica, su estilo es sutil, sugerente y callado, habla y retrata cosas imperceptibles y de lo más hondo del ser humano con ligereza, de forma nada aparente y sin darse importancia, por eso el film lleva dentro mucho más de lo que sus reposadas imágenes pueden hacer creer.

Hay que destacar los primeros planos, las miradas del hijo hacia su padre, las panorámicas que asocian el viejo paisaje que permanece con lo efímero del hombre  o esos planos fijos que encuadran al joven hijo entre los rostros ancianos de sus familiares quietos y mirando la televisión cruzando secas y mínimas palabras como si el tiempo se hubiera detenido.     

Nebraska tiene claras reminiscencias del film de David Lynch Una historia verdadera y del cine de John Ford y Frank Capra, pero su director, Alexander Payne, sigue revelándose como un cineasta humanista, inteligente, con una gran capacidad de observación y con una mirada y estilo sensibles, certeros y depurados que entre la comedia y el drama habla de nosotros mismos y del mundo que habitamos.

Con Nebraska, Alexander Payne nos regala una grandísima y emocionantísima película que alcanza serenos y sobrios momentos de enorme profundidad humana, una obra tan sencilla y reposada como hermosa y realista que atrapa la transparente complejidad de la vida.

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