EPIFANÍA DEL SEÑOR – Fiesta de la luz

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El nombre litúrgico de la solemnidad del seis de enero, llamada por el pueblo fiesta de los Reyes Magos con su cortejo de regalos, es Epifanía del Señor. Epifanía es una palabra griega que significa manifestación. Para la Iglesia es una fiesta grande, en la que el Señor, luz de los pueblos, se da a conocer a todas las gentes de cualquier raza y color, representadas en aquellos tres Reyes Magos venidos de Oriente y guiados por una estrella.

La Epifanía es misterio de luz, simbólicamente indicada por la estrella que guió a los Magos de oriente en su viaje. Pero el verdadero manantial luminoso, el “sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78), es Cristo.

En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo se irradia sobre la tierra, difundiéndose como en círculos concéntricos. El primer círculo es la Sagrada Familia de Nazaret: la Virgen María y San José son iluminados por la presencia divina del Niño Jesús. El segundo círculo son los pastores: la luz del Redentor se manifiesta a los pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden enseguida a la cueva y encuentran allí la “señal” que se les había anunciado. Un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cfr. Lc 2, 12). El tercer círculo alcanza a los Magos, que constituyen las primicias de los pueblos paganos.

Testigos de la luz

En el contexto litúrgico de la Epifanía se manifiesta también el misterio de la Iglesia y la dimensión evangelizadora de los creyentes.

Los cristianos desde nuestro bautismo estamos llamados a ser luz de Cristo y testigos de la luz del Evangelio. La pena es que en ocasiones no lo somos. Por eso, J. Maritain decía: “El mayor obstáculo para el cristianismo son los mismos cristianos”. Mahatma Gandi en su viaje por Europa decía también: “Los pueblos occidentales no han entendido ni testimoniado el evangelio del amor que Jesús predicó” y añadía: “Me gusta Cristo, pero no me gustan los cristianos”. Estas acusaciones nos deben interpelar. El propio Concilio Vaticano II afirmó que a veces los creyentes con nuestras actitudes y conducta velamos, más que revelamos el genuino rostro de Dios (cfr. GS 19).

Todo en nosotros debe ser epifanía, manifestación de Dios, cuya visibilidad para el mundo pasa hoy por el testimonio evangelizador de los discípulos de Jesús, puesto que él, la imagen visible de Dios, no está ya en persona entre los hombres sino que ha confiado su evangelio a sus discípulos.

Si se desvirtúa nuestra sal, si se apaga nuestra luz, si no somos levadura que transforma la sociedad, ¿cómo serán visibles el rostro y los rasgos de Dios? El hombre que busca a Dios no va a encontrarlo hoy en las estrellas del cielo, sino a través de los cristianos, que dicen haberlo encontrado y visto. El mundo moderno necesita del testimonio de los cristianos y de la coherencia de sus vidas. No hay otro medio de cumplir hoy nuestro cometido cristiano: ser testigos de lo invisible y de la luz de Cristo, haciendo presente a Dios entre los hombres.

+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander

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