LA FIESTA DE NUESTRA PATRONA LA BIEN APARECIDA

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Dios te salve, Virgen Bien Aparecida. Con fe te veneramos, con amor te honramos, con esperanza acudimos a ti.

La fiesta de nuestra Madre y Patrona es un día para: 1) recordar la historia de su devoción; 2) un motivo para contemplarla como modelo de tres actitudes: alegría, esperanza, servicio; 3) y una ocasión propicia para sentirla como Madre y Abogada en nuestras necesidades espirituales y materiales.

1 Evocación histórica. La devoción del pueblo fiel a Ntra. Sra. La Bien Aparecida comienza con una historia teñida de ternura y prodigio. Se remonta al año 1605, cuando unos niños pastores encontraron en la colina de Somahoz una imagen pequeñita de la Virgen con un hermoso Niño en la mano derecha, que estaba guardada en la ventana de la Ermita de San Marcos. La Virgen había escogido este lugar de Cantabria para reinar sobre los corazones nobles y generosos de esta hidalga tierra. Era el lugar donde hacer crecer su jardín y construir su casa.

2. María nos invita a la alegría, a la esperanza y al servicio.

a) Alegría. Nuestro corazón está hecho para la alegría. Hoy hace falta la alegría en la sociedad y en la Iglesia. Vivimos radicalmente preocupados, inquietos, nerviosos, pesimistas y tristes. Cristo no quiere esto y nos dice: “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (cfr. Mt 6, 25-34; Jn 14, 1-27). La alegría a la que me estoy refiriendo no se confunde con el entusiasmo ni con la jovialidad, que son caracteres temperamentales. Una persona alegre es aquella que se siente bien dentro de su propia piel; descubre espontáneamente los aspectos positivos de la realidad; mantiene su tono vital en las contrariedades de la vida, no se desalienta e infunde ganas de vivir. Cuando los problemas y los sufrimientos son grandes, adopta la forma más humilde de un consuelo que suaviza las penas y nos da la alegría del corazón. La alegría verdadera tiene su fuente en Dios y es fruto del amor de Dios, “que ha sido derramado en nuestros corazones por le espíritu que se nos ha dado” (Rom 5, 5). La Virgen Bien Aparecida nos pide hoy que seamos testigos de la verdadera alegría. No vivamos la fe con rostro cansado y aburrido, seamos los primeros en vivir el rostro alegre y feliz de la fe.

b) Esperanza. La esperanza y la alegría caminan juntas. Son buenas hermanas. Cuando en una sociedad muere la esperanza, la vida de la persona se deteriora. Nuestra primera tarea para recuperar la esperanza es “enraizar” nuestra vida en Dios. El Papa Francisco constantemente está hablando de la esperanza. Se ha hecho proverbial su frase: “Que no os roben la esperanza”. En la Jornada Mundial de Río de Janeiro, en la Basílica del Santuario de Ntra. Sra. de Aparecida decía: “Cuántas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja que nos hundamos. Ante el desaliento que podría haber en la vida, en quien trabaja en la evangelización o en aquellos que se esfuerzan por vivir la fe como padres y madres de familia, quisiera decirles con fuerza: Tengan siempre en el corazón esta certeza: Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona. Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón”. María es Madre de la esperanza y del consuelo.

c) Servicio. El Evangelio de la Visitación de la Virgen María a su prima Santa Isabel nos habla de servicio. Después del anuncio del Ángel y de producirse en sus entrañas el misterio de la Encarnación del verbo de Dios, María corre presurosa por la montaña a llevar la Buena Noticia de Jesús a su prima Isabel; comparte el amor que Dios le ha comunicado; está durante tres meses al servicio de su prima en las tareas del hogar; hace exultar a Juan Bautista por la cercanía de la salvación y prorrumpe en el canto del Magníficat. María nos enseña que la vida es servicio a los hermanos; que nuestra misión es servir el Evangelio de Jesús; es superar nuestros egoísmos, es servir inclinándose a lavar los pies de nuestros hermanos como hizo Jesús. El mismo Papa Francisco, en la homilía de la Misa de clausura en Río de Janeiro decía: “Id, sin miedo, para servir”. Siguiendo estas tres palabras experimentarán que quien evangeliza es evangelizado, quien transmite la alegría de la fe, recibe más alegría”.

3. Madre y Abogada en nuestras necesidades espirituales y materiales. Nuestra Madre La Bien Aparecida ha estado siempre presente en la historia de nuestra tierra y de nuestro pueblo. Nuestros mayores han acudido siempre a Ella y no les ha fallado.

La Bien Aparecida ayuda a sus hijos de Cantabria en todas las vicisitudes de sus vidas: en tiempos de bonanza y en momentos de aprieto, como en la actual crisis económica y social. Ella le dice hoy a su Divino Hijo Jesús, ante las necesidades de muchas familias, como en Caná de Galiea: “No les queda vino”: bastantes empresas está realizando expedientes de regulación de empleo o cierre, y se pierden puestos de trabajo; muchos jóvenes no encuentran el primer empleo y algunos tienen que emigrar de nuestra tierra para encontrar un porvenir mejor en otros países. Sin trabajo la persona no encuentra plenamente realizada su dignidad humana y ve frustradas sus mejores aspiraciones.

Hoy, Madre Bien Aparecida, venimos ante Ti, confiados en las palabras de tu Hijo Jesús y nuestro hermano: “pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Lc 11, 9) Animados por esta confianza acudimos a Ti y ponemos en tus manos y en tu corazón de Madre nuestros proyectos y necesidades.

En nombre de tu Hijo, queremos echar las redes y remar mar adentro, poniendo en marcha la Programación Pastoral Diocesana del curso 2013-2014, que es el fruto de nuestra Asamblea Diocesana de Laicos, gran acontecimiento de gracia que hemos vivido con gozo en nuestra Diócesis. Os invito a todos a que leáis las propuestas aprobadas sobre la identidad, comunión y misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad. Servirán para renovar nuestra Iglesia Diocesana.

Protege, Madre, a nuestro Gobierno de Cantabria y a todas las Instituciones y personas que están al servicio del bien común de las gentes que viven en nuestra tierra. Cuida de los sacerdotes, protege a los religiosos y religiosas y a todos los laicos que colaboran en las tareas de la Iglesia. Suscita en nuestra Diócesis vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y cuida de nuestros seminaristas. Bendice a los enfermos, consuela a los tristes, dales esperanza a los desesperados, nuevo entusiasmo a los desanimados. No abandones a los que están solos y desasistidos. Cuida de tus hijos privados de libertad en la cárcel. Acompaña a los matrimonios y a las familias y haz que acojan la vida desde su concepción en el vientre materno hasta el ocaso natural. Haz que nuestros niños, adolescentes y jóvenes, que ahora comienzan el curso escolar, desarrollen todas sus capacidades y crezcan sanos en el cuerpo y en el alma.

+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander

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