Vicente Jiménez: “Francisco es el párroco del mundo, en la línea de Juan XXIII”

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Estamos en Santander, en casa del señor Obispo don Vicente Jiménez Zamora, que nos ha recibido amablemente. Presidente de la Comisión Episcopal de la Vida Religiosa, Monseñor Jiménez Zamora compara la vida consagrada con las fases de la luna: “Hay congregaciones que están en cuarto creciente y otras en cuarto menguante, pero la fuerza de los religiosos no está tanto en el número y en las estadísticas, sino en la pasión que tengan por seguir a Jesucristo”, afirma.

Describe al Papa Francisco como “el párroco del mundo, en la línea en la que lo fue también el Papa bueno Juan XXIII”, y asegura que “necesitamos pasión por el Evangelio, y el Papa Francisco la contagia”.

Opina que “el Evangelio de Jesús es agua clara, y su mensaje tan directo puede responder a las necesidades más hondas del corazón de los jóvenes“, y concluye con otro mensaje de esperanza para la sociedad española: “De la crisis no sólo se sale con los números, las grandes decisiones que puedan venir desde Europa o con la macroeconomía, sino con lo que podemos hacer el vecino con el vecino y el hermano con el hermano”.

¿Ya lleva en Santander unos 6 años?

Sí, hará seis el 9 de septiembre exactamente. La ciudad de Santander es una de las más bellas de España, con una hermosa y encantadora bahía. Es una ciudad de servicios, turística y cosmopolita, y a partir de la primavera y de cara al verano es una ciudad internacional. Y eso acerca más a Dios, porque no sólo tiene Dios los trascendentales de la Verdad y la Bondad, sino también la belleza, y hoy creo que el camino de la belleza es uno de los caminos más seguros para llegar a Dios. La belleza en sentido pleno nos remite siempre a Dios.

Algo así dijo Benedicto XVI en su visita a España ante la Sagrada Familia.

Sí. El arte es obra del hombre, pero el hombre expresa a través de la belleza lo más hondo que lleva de la huella de Dios.

¿Un castellano como usted se siente bien en Santander?

Me siento bien. Antiguamente Santander era el puerto del “mar de Castilla”. Y castilla la Viaje la componían Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila. Así lo estudiábamos en la escuela de mi pueblo. Yo estudié dos cursos en Comillas (1º y 2º de Teología), de los años 1964 a 1966. Luego ya cuando Comillas se trasladó desde Cantabria a Madrid un servidor fue enviado a culminar los estudios en Roma, pero me es familiar el rostro de Cantabria desde aquellos años de estudiante. Sobre todo los alrededores de la encantadora Villa de Comillas.

¿Un obispo tiene tiempo de disfrutar un poco el entorno, o es todo trabajo pastoral?

No tengo mucho tiempo, porque Santander es una de las diócesis medias-altas dentro de las diócesis españolas, y lleva bastante tarea. Ahora estoy muy metido en la visita pastoral, porque Santander tiene muchas parroquias: 613, y algunas dispersas en valles, a pesar de que la mayoría de la población está en las costas. Es una ciudad que requiere mucha presencia del obispo.
Cuando tengo tiempo sí paseo por la bahía, entre la gente. Suelo ir a los lugares que no necesitan desplazamiento en coche, a mezclarme con la gente y a saborear el paisaje de lugares cercanos. Lo que he notado aquí, a diferencia de la Soria fría y pura, es que llueve mucho, y hay que utilizar siempre en paraguas. Pero en primavera tenemos días deliciosos, con un sol radiante y este verde tan claro.

¿Va al fútbol? Me dijeron que jugaba usted, en su época, de extremo izquierdo.

Sí, desde niño he sido jugador de fútbol, siempre me ha gustado. Era bastante rápido y jugué en mi equipo del seminario de Burgo de Osma, también en el de la Universidad Pontificia de Comillas y en el del Colegio Español de San José de Roma, y jugaba por la banda izquierda. Y ahora me gusta seguir de cerca la liga profesional, la Primera División y los equipos nacionales.

¿Será usted del Numancia?

Ahora tengo que compartir también con el Rácing de Santander. Sí suelo ir al fútbol, aunque ahora menos porque tengo menos tiempo. Los domingos por la tarde, que es cuando se suelen jugar los partidos, yo suelo tener salidas a parroquias o confirmaciones… No es fácil compaginar la agenda del obispo con los eventos deportivos.

¿Cree que su diócesis está en primera o en segunda división?

Tratamos de estar en sintonía con la Iglesia. Estamos en un momento de esperanza, con el pontificado inaugurado del Papa Francisco, y estamos embarcados en una renovación que queremos que hagan los laicos (por eso hay convocada una Asamblea Diocesana de laicos), que es un evento muy importante que celebraremos dos sábados (los días 22 y 29 de junio en el Seminario Diocesano), con la presencia de 160 laicos que son representantes de otros 160 grupos que han estado trabajando un largo año sobre unos materiales que se han elaborado a partir de una encuesta muy larga que se hizo a toda la sociedad cántabra en torno a tres grandes capítulos: La identidad del laico hoy en la Iglesia y en el mundo, la comunión eclesial, y la misión del laico en la sociedad (en el campo económico, político, social, de la familia, etc.). Por tanto, tenemos fundadas esperanzas de que esta Asamblea dará un impulso fuerte al laicado de nuestra diócesis.

La Asamblea se llama “Cristianos enraizados en la sociedad”. ¿Es algo así como un Sínodo pero centrado en los laicos?

Eso es, como un Sínodo pero en el sector del laicado. Quiero hacer otra cosa parecida: una Asamblea Sacerdotal Diocesana, para la cual en el Consejo Presbiteral y en loa arciprestados estamos estudiando la situación del clero, de los aspectos humanos, pastorales, espirituales y también de formación doctrinal. Cuando tengamos todos esos trabajos recogidos, quiero hacer también una Asamblea Diocesana del Clero, para ver cuál es la salud del clero en nuestra diócesis.

¿De cuánto clero estamos hablando?

Hay 309 sacerdotes, de los cuales con menos de 75 años son 197, y un centenar, por tanto, que superan los 75 años.

¿Habrá relevo?

El relevo cuesta, porque hay más fallecimientos, más jubilaciones por edad o enfermedad… y no se corresponden las bajas con las altas. Este año voy a ordenar a tres presbíteros, y en los cinco años y medio que llevo en la diócesis he ordenado a seis, o sea que serían nueve ordenaciones en el tiempo que llevo aquí.

Si la tendencia continúa así, ¿qué prevé usted?

Preveo que habrá que estar presentes de otra manera. Ya no podrá haber un sacerdote en cada una de las parroquias como antaño, ni siquiera en las de cierta entidad, porque no tenemos el número suficiente de sacerdotes. Entonces, el sacerdote tendrá que ser animador de la vida comunitaria en colaboración con los laicos y con religiosos que quieran participar también. Será una presencia más misionera, más evangelizadora. No tanto del sacerdote que reside en una parroquia y que lleva toda su acción pastoral.

¿Habrá que organizar una especie de unidades pastorales?

Sí, con equipos pastorales y grupos apostólicos. Ya estamos en ello, porque la diócesis está dividida en cuatro grandes vicarías, que llevan nombres de apóstoles; a su vez las vicarías están divididas en unos 16 arciprestazgos o zonas, y en unas 55 unidades pastorales. O sea que esas 613 parroquias de las que hablábamos antes quedarían prácticamente agrupadas en torno a 50 o 60 realidades eclesiales pastorales.

Por lo tanto, ¿el papel de los laicos es imprescindible?

Es estrictamente necesario, sí, además de que brota de su propia vocación bautismal. Participar del sacerdocio común no es un regalo que se les hace, ni una concesión, sino la realización de un derecho que tienen dentro de la Iglesia.

Llevamos muchos años hablando de la corresponsabilidad de los laicos, pero da la sensación de que cuesta, de que no se sabe realmente cómo incorporar al laicado a las tareas de la Iglesia

Sí, hay un problema de concepción de la eclesiología. Si se entiende la eclesiología como Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo (que son las grandes categorías del Concilio Vaticano II), entonces es mucho más fácil insertar al laicado en la acción común de la Iglesia. El presbítero también está al servicio de ese sacerdocio común y bautismal de los laicos. En ese sentido, yo espero que de nuestra Asamblea Diocesana salga una idea mucho más clara de lo que es ser laico hoy en la Iglesia, y de sus tareas y de sus misiones. Y eso nos vendrá muy bien a los sacerdotes y al obispo, para ver cómo podemos armonizar la acción de todos. Porque la Iglesia es una comunión orgánica, es un cuerpo vertebrado con las distintas funciones.

¿El problema es el protagonismo que se le da al laicado? Porque el laicado siempre ha estado ahí

Sí. Hoy en día hay un gran déficit de formación en el laicado, hace falta dar esa formación para que el laicado pueda tener el protagonismo que tiene que tener. Que no sea un ayudante de segunda fila respecto al sacerdote, sino que tenga su mayoría sabiendo estar en la comunión orgánica de la Iglesia.

¿Tienen cursos de preparación o algo similar?

Sí, tenemos cursos. Ya llevamos, por ejemplo, once ediciones de unas jornadas de pastoral, que este año van a girar precisamente en torno al tema “El cristiano laico ante los retos de la Nueva Evangelización”. Son cuatro días con ponencias y unos diez o doce talleres que tratan diferentes campos de la acción pastoral de la Iglesia. A esas jornadas acuden entre 250 y 300 agentes de pastoral (diríamos los laicos más responsabilizados ante la acción pastoral de nuestra diócesis). Son unas jornadas muy fructíferas.
Por otro lado tenemos también los grupos de lectura creyente de la Palabra de Dios, que las inició mi antecesor Don José Vila Plana para preparar el jubileo del año 2000. Llevan ya 17 años caminando, y son unos 250 grupos de todas las parroquias que tratan textos de la Palabra de Dios. Empezaron con los textos del ciclo litúrgico (Mateo, Marcos, Lucas, Juan), viendo cómo se sitúa un laico ante el Evangelio de cada año, ante la realidad de la Palabra de Dios. Qué interpelaciones le hace ese texto bíblico y cómo proyecta todo eso luego en su compromiso diario, personal y comunitario. Eso tiene ya también un recorrido bastante fructífero, y hay otras diócesis que nos están pidiendo que les traslademos esta experiencia.

Tuvieron ustedes un obispo que se apellidaba Trecu, al que llamaban “el obispo bueno”

Sí, José Eguino y Trecu. Fue el obispo al que le tocó vivir y pastorear en esta diócesis desde el año 1929 a 1961, en esa larga etapa previa al Concilio de la persecución religiosa, la renovación después de la Guerra Civil… Era un hombre bueno, muy cercano al pueblo, mezclado entre las gentes; que supo sembrar la concordia, la reconciliación y la paz entre los fieles y la sociedad. Por eso ha quedado como imagen y como icono de bondad ante el pueblo fiel.

¿En esa línea se inscribe usted? ¿Querría ser un obispo bueno?

Quiero ser un obispo pastor, sencillo. Mi lema de obispo, que tomé de una frase de San Agustín, es “que sea un oficio de amor”. Creo que los pastores tenemos que ejercitar el amor, ése es nuestro oficio. A Pedro no le preguntaron por los títulos, por la carrera, ni por los talentos que tenía o a qué aspiraba, sino que le preguntaron si amaba al rebaño y si amaba a Cristo.

¿Tienen los obispos que oler a oveja, como dice Francisco?

Sí, es una imagen muy potente, como cuando nos dice que no seamos funcionarios, que nos mezclemos entre la gente y que gocemos de sus esperanzas.

¿Le está llamando la atención esta nueva forma de ejercer el Papado que muestra Francisco?

Sí, tanto sus gestos, que son muy significativos, como sus mensajes, que por ser sencillos son profundos. Va muy en la línea de San Ignacio de Loyola: siempre da dos o tres ideas para que calen en la mente y en el corazón, y de hecho con mensajes que la gente retiene fácilmente. Tanto por los gestos como por la doctrina está causando una gran expectación y una gran esperanza, y el mundo se siente reconfortado por la presencia del nuevo sucesor de Pedro.

¿Usted ve ilusión en la gente?

Creo que sí. Por lo que yo percibo, lo que me dicen y lo que comunican a un servidor, veo que ha caído muy bien este Papa. Creo que va a sembrar esperanza, aliento y estímulo, que es quizá lo que necesitamos todos, ante los retos difíciles de la sociedad. Necesitamos pasión por el Evangelio, y el Papa Francisco la contagia.

¿Cree que la gente joven piensa que este Papa “mola”?

Pues sí, porque él utiliza un lenguaje muy cercano, no está encorsetado en las fórmulas magisteriales. Quiere transmitir desde la mente y desde el corazón la fe de la Iglesia, el amor a Jesucristo, la construcción de la convivencia, la esperanza y la alegría… Y eso lo hace con su presencia, con sus gestos y sus palabras.

¿Es un Papa párroco?

Sí, es el párroco del mundo, en la línea en la que lo fue también “el Papa bueno” Juan XXIII, del que se cumplen ahora, precisamente, 50 años de su muerte.

¿Ha estado usted con él?

Desde que es Papa no, pero tuve la dicha de practicar los ejercicios con él, de tal manera que cuando salió elegido, yo enseguida tiré de mi cajón, donde conservaba los papeles y los textos que nos dio.

¿En el año 2006?

Sí, en enero, en Pozuelo de Alarcón. A mí me impresionó de él la profundidad en la mirada y los mensajes tan directos que nos decía a los obispos; y también la forma de celebrar la eucaristía. Él se metía en el misterio que celebraba, y eso me impresionó. Luego, en julio de ese año, en el Encuentro Mundial de las Familias en Valencia, había un día que teníamos que ir a las distintas parroquias por áreas lingüísticas (área española, área francesa, alemana, etc.). Un servidor coincidió con él en la parroquia del Ángel Custodio. Nadie le conocía porque iba como un sacerdote sencillo, pero un servidor le conocía porque había practicado ejercicios con él. Entonces le saludé, me respondió muy amable, y al vestirnos para salir a celebrar la eucaristía me dijo que presidiera yo. Yo le porfié: “No, no, señor cardenal, usted tiene que presidir y dirigirnos la Palabra”. Hubo un forcejeo y al fin aceptó. Yo creía que no había constancia histórica de ese acontecimiento, pero se ve que una religiosa desde el fondo de la Iglesia nos sacó una fotografía, y nos la mandó hace poco. Estuvo circulando en los medios de Valencia, que titularon “El discreto paso del Papa Bergoglio por Valencia”.
Ése es el recuerdo que yo tengo de él. Entonces estaba mucho más delgado en cuanto a su fisonomía. Era un hombre dulce, humilde…

¿Y más serio que ahora?

Sí, es verdad que ahora la mirada la tiene más alegre. Pero entonces, dentro de su humildad también transmitía paz. No tenía un rostro seco, sino amable y cercano, y sobre todo yo noté que transmitía paz.

¿Será capaz de hacer que parece que le pidieron en el cónclave?

Bueno, un Papa no está solo, siempre cuenta con la asistencia del Espíritu, que es el que guía la Iglesia. También me imagino que tendrá grandes colaboradores, y por otro lado el ánimo de la Iglesia (de los pastores, los obispos y los cardenales) está por colaborar y por renovarnos. Por ver qué nos pide ahora el Espíritu.
Creo que sí podrá hacer la reforma necesaria. Siempre en la Iglesia el avance no procede con mucha rapidez, pero sí que hay continuidad en la renovación, en la línea que quería el Papa Benedicto XVI. Creo que el sujeto de la Iglesia seguirá avanzando según el querer de Dios y según de nuestra respuesta ante los signos de los tiempos. En ese sentido el Concilio Vaticano II marcó una embocadura a la Iglesia, y creo que se caminará a un ritmo más o menos rápido, pero la marcha de renovación hacia lo que el Espíritu le pide a la Iglesia de hoy es imparable.

¿Le molesta cuando la gente le pregunta si al Papa le dejarán emprender esa reforma?

Bueno, siempre está la debilidad y la fragilidad de los hombres, pero la fuerza de la gracia es mayor, como la de la misión que él ha recibido (que es la misión que el Señor, a través de los cardenales, le pide a la Iglesia). Según las grandes líneas del Concilio Vaticano II, de los Sínodos posteriores y de lo que es el momento actual de la Iglesia, esa misión es la fidelidad con la renovación. Dios habla por los signos de los tiempos, y el Papa sabe leer esos signos de los tiempos. Creo que también los pastores, en general, estamos atentos para poder leerlos. Lo que tenemos que pedirle al Señor es que nos dé pureza de corazón y apertura de los ojos para mirar la realidad humana con los ojos de Cristo. Es una realidad dura y difícil, con la crisis económica, social y cultural, pero creo que ante eso está la presencia sanadora del Señor, la fuerza de su Evangelio, y la Iglesia como buena samaritana.

Su llegada ha sido una sacudida pero, ¿ahora viene la revolución tranquila?

Sí, pero más que una revolución, yo diría una renovación en profundidad mirando hacia delante. No es una ruptura ni una discontinuidad, sino una renovación con un nuevo impulso. Eso sí que lo va a dar este Papa, y se percibe en los fieles, en la gente, e incluso en personas que no están dentro de la Iglesia. Y ese clima favorable también va a ayudar a aceptar mejor los cambios y las reformas que el Papa va a impulsar en la Iglesia.

¿De qué manera se va a notar eso en la Iglesia española: cambio de actitudes, cambio de personas…?

Pienso que un cambio de estilo, porque aunque la doctrina del Evangelio sea la misma y los mensajes que tenga que transmitir la Iglesia también sean los mismos, sin embargo el estilo de cada Papa imprime también un estilo en los pastores y en los obispos. Y eso ya se está notando. Yo percibo que hay otro talante en el ejercicio del pastoreo de los obispos y de los sacerdotes.

¿Eso les exige más a ustedes?

Sí, y es bueno que nos exija, para que nosotros seamos fieles a la misión que hemos recibido. Quizá el Señor no nos pide éxitos ni triunfos, pero sí fidelidad a la misión que se nos ha confiado.

Usted es especialista en Vida Religiosa, presidente de la Comisión Episcopal de la Vida Religiosa, y desde Madrid se reconoce la labor que usted ha realizado en estos dos años

Bueno, especialista en Vida Consagrada no soy. Me eligieron los obispos, no sé por qué, porque ni lo esperaba ni lo deseaba. Sin embargo, en estos dos años que llevo desde marzo de 2011, he tratado de establecer un cauce de comunión, de relación, de coordinación con los religiosos. Me he sentido bien acogido en general, y creo que las relaciones mutuas están bastante normalizadas, y eso es bueno para todos, para obispos y para religiosos.

Acaban de aprobar incluso un documento sobre la Vida Religiosa a causa del que me consta que le aplaudieron a usted en la Plenaria

Bueno, es un documento que saldrá ya pronto, porque creo que la Comisión ha entregado ya el documento a la Conferencia Episcopal, puesto que efectivamente fue aprobado por el Plenario. Es un documento sobre la Iglesia particular diocesana y la vida consagrada, en el que se establecen unos cauces mutuos para mantener estas relaciones, después de una introducción teológica y eclesiológica creo que muy rica. El documento habla de la cercanía y conocimiento mutuo que tenemos que tener, de la implicación y participación de los religiosos (según su carisma) en la vida de la diócesis, en los órganos de consulta y en los órganos de gobierno, para que haya mayor implicación y participación. Y finalmente una coordinación del obispo, que por su ministerio jerárquico tiene que velar por la vida apostólica y apostólica de todos, también de los religiosos. Por eso el documento incluye una serie de disposiciones operativas para facilitar estas mutuas relaciones.
Creo que va a ser un documento muy rico, muy importante, y muy bien acogido y recibido por todos.

¿Saldrá este curso?

Creo que sí, porque se aprobó el día 18 de abril, nosotros desde la Comisión lo entregamos inmediatamente en la Secretaría, y ya sé que está listo para ser publicado.

¿Vendrá usted a Madrid a presentarlo en rueda de prensa?

No sé si será en rueda de prensa, porque ahora ya depende directamente de la Conferencia. No es ya un documento de la Comisión para el que yo podría arbitrar la forma, sino que ya es un documento de la Conferencia Episcopal, y se verá la forma de darlo a conocer y hacerlo público.

¿Va a cobrar nuevos bríos la vida religiosa, o está muerta como algunos dicen?

No, la vida religiosa está suscitada por el Espíritu y nunca fallará. Es verdad que es muy amplia y muy compleja, y yo la comparo con las fases de la luna: hay congregaciones que están en cuarto creciente, otros en cuarto menguante, otros en luna llena y otros en luna nueva, pero la fuerza de los religiosos no está tanto en el número y en las estadísticas, sino en la pasión que tengan por seguir a Jesucristo y por estar presentes donde Cristo quiere estar, que es con los más pobres y necesitados. En las fronteras y en las periferias existenciales (no sólo geográficas), de las que habla el Papa Francisco.

¿Le duele a usted la situación de la gente en esta crisis que estamos viviendo?

Sí, porque a medida que la crisis se alarga hay más gente que sufre más. Hasta que la crisis no se hizo aguda, la gente vivía de rentas, a la sombra de las familias y de la Iglesia, de algunas subvenciones, de personas que les ayudaban… Pero cuando todo esto se fue agotando, la crisis se fue haciendo más aguda, y hay personas que están ya al borde de la subsistencia, al límite de sus posibilidades.

¿La ayuda de la Iglesia está siendo crucial?

Sí, es muy importante, y hay gestos muy significativos. Una de nuestras parroquias de Santander se quedó sin existencias de alimentos básicos, y en diez horas recaudó más de mil quinientos kilos. O sea que la gente es solidaria, y esto lo notamos en Cáritas y en las parroquias. El pobre ayuda al pobre, y eso es bueno.
Nosotros hemos querido establecer un signo pedagógico, educativo, de que el salario de un día sea destinado a un fondo para los parados, y la gente está respondiendo. Hay indicios e indicadores de que la gente quiere estar cerca de los que sufren, y eso creará una atmósfera de esperanza para poder salir de la crisis. Porque no sólo se sale con los números, con las grandes decisiones que puedan venir desde Europa o con la macroeconomía, sino con lo que podemos hacer el vecino con el vecino, el hermano con el hermano, la parroquia que ayuda a sus feligreses, el obispo que dirige una carta pastoral o que se hace presente en un acto concreto de solidaridad… Todo eso puede crear una atmósfera de esperanza y de salida, y no de derrotismo.

¿Cree que, mientras que se reconoce a nivel de sociedad civil el papel samaritano que la Iglesia está desempeñando en este momento a través de Cáritas y de las parroquias, y en cambio se echa en falta la denuncia de los causantes, de los responsables de esta crisis, de los que están machacando al pueblo?

Bueno, la Iglesia sí que ha denunciado en alguno de sus últimos documentos, sin citar nombres, las raíces profundas de la crisis, que son más bien raíces morales: la codicia y la avaricia son la causa de todos los males. Eso lo hemos dicho los obispos, y por tanto también una mala gestión de dinero, el afán de poder… Todo eso lo hemos dicho en documentos, aunque no se han citado nombres de personas o instituciones concretas. Pero sí hemos apuntado que la crisis no es sólo económica, sino que es de grandes valores que han sido perjudicados, como el sacrificio, la solidaridad, o el de poner a la persona en el centro de la doctrina económica y social. Nosotros hemos denunciado esto a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, lo que pasa es que a veces esos análisis que los obispos hacemos no trascienden tanto a la opinión pública. A parte, ha obispos que en sus propias diócesis, a través de sus cartas pastorales y partiendo de la realidad más concreta que conocen, sí que han dicho cosas llamativas para hacernos despertar a todos.

¿De verdad ve que hay salida?

Sí. Según los análisis de las gentes que tienen más conocimiento, en la globalidad y en la macroeconomía hay indicios de crecimiento, de que hay recuperación. Eso tarda un poco en llegar, y lo hará con efectos retardados en la familia, la pequeña y media empresa y en las personas. Pero es bueno que ya en el arranque haya posibilidades de crecimiento.
Luego hay signos más humanos que no son cuantificables, que se basan en el apoyo. Porque una persona si se siente apoyada se siente más segura, pero si se siente desprotegida ya no tiene esperanza.

¿Qué tendríamos que hacer para dar una imagen de Iglesia más pobre, como la quiere Francisco?

Desprendernos de signos que pueden representar ostentación, honores o poder, estar cerca de los pobres y ofrecer también nuestros recursos limitados a su servicio. Y sobre todo dedicar nuestro tiempo a estar con la gente y con los que sufren. Eso daría una imagen de Iglesia cercana a los pobres y a los necesitados.

¿Qué le diría usted a la gente joven que está en búsqueda pero que parece que no encuentra?

Le diría que no tenga miedo a acercarse al Evangelio de Jesús, que es agua clara. Ese mensaje tan directo va a responder a las necesidades más hondas del corazón del joven (la felicidad, la verdad, la libertad…). Cristo no le va a quitar nada y le va a dar todo. Por tanto, a los jóvenes les diría como Juan Pablo II: que abran de par en par las puertas a Cristo, y que crezcan firmes en la fe. El árbol que echa raíces aguanta luego las tempestades y los vendavales, como un edificio: si tiene buen cimiento y la roca es Cristo, las crisis momentáneas de la época de juventud no lo tambalearán, si se agarra fuertemente a Cristo.

¿Cree que en la sociedad actual la fe puede dar sentido a la vida de cualquier persona?

Por supuesto. La fe da sentido al horizonte de la sociedad y a cada persona. La fe consiste en confiar en Dios, que nos quiere y nos ama más de lo que nosotros nos queremos y confiamos en nosotros mismos, y que tiene siempre caminos de esperanza y de salida para nuestra situación. Eso dice el Señor por boca del profeta: “Hay esperanza para ti”. Para los jóvenes, para los mayores y para la sociedad. Dios es siempre mayor que nosotros.

Algunos titulares

-Creo que la belleza es uno de los caminos más seguros para llegar a Dios

-Esperamos que la renovación en la que estamos embarcados con el pontificado de Francisco la protagonicen los laicos

-El relevo sacerdotal cuesta, porque no se corresponden las bajas con las altas

-Preveo que debido a la falta de vocaciones no podrá haber un sacerdote en cada una de las parroquias como antaño, no tenemos el número suficiente

-Que los laicos participen del sacerdocio común no es una regalo que se les hace, ni una concesión, sino la realización de un derecho que tienen dentro de la Iglesia

-Los mensajes del Papa Francisco por ser sencillos son profundos

-El mundo se siente reconfortado por la presencia del nuevo sucesor de Pedro

-Necesitamos pasión por el Evangelio, y el Papa Francisco la contagia

-Francisco es el párroco del mundo, en la línea en la que lo fue también “el Papa bueno” Juan XXIII

-Aunque la doctrina del Evangelio sea la misma, el estilo de cada Papa imprime un estilo en los pastores y en los obispos, y ya se está notando un cambio de talante

-La vida religiosa es como las fases de la luna: hay congregaciones que están en cuarto creciente y otras en cuarto menguante, pero la fuerza de los religiosos no está tanto en el número y en las estadísticas, sino en la pasión que tengan por seguir a Jesucristo

-Hasta que la crisis no se hizo aguda, la gente vivía de rentas, a la sombra de las familias y de la Iglesia, pero ahora hay personas que están ya al borde de la subsistencia

-El pobre ayuda al pobre, y eso es bueno

-De la crisis no sólo se sale con los números, las grandes decisiones que puedan venir desde Europa o con la macroeconomía, sino con lo que podemos hacer el vecino con el vecino y el hermano con el hermano

-La Iglesia ha denunciado, aunque sin citar nombres, las raíces profundas de la crisis, que son más bien raíces morales como la codicia y la avaricia

-Para dar una imagen de Iglesia pobre como quiere Francisco tenemos que desprendernos de signos que pueden representar ostentación, honores o poder, estar cerca de los pobres y ofrecerles nuestros recursos limitados

-El Evangelio de Jesús es agua clara, y su mensaje tan directo puede responder a las necesidades más hondas del corazón de los jóvenes.

 

ENTREVISTA REALIZADA POR JOSÉ MANUEL VIDAL, RELIGIÓN DIGITAL

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