“La Comunicación de la Fe en el horizonte de la Nueva Evangelización” Intervención del Excmo. Mons. Claudio María Celli en el encuentro nacional de Delegados Diocesanos de Comunicación Madrid, 18 de febrero de 2013

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Partamos de la dimensión íntima y personal que conlleva el constante camino de conversión hacia Cristo para todo cristiano. Se trata de la llamada de la Iglesia a cada uno de sus miembros hacia un encuentro personal e inseparable con Cristo que se realiza, en primer lugar, en la vida de cada persona.
Es muy importante tomar conciencia de que la razón de ser de la Iglesia continúa la misión de Jesús en el mundo, y la comunicación de la propia experiencia de fe a todas la personas. Cada cristiano está llamado a proseguir la misión de Jesús, proponiendo a los demás la fe que vive, que siente y que cree de una u otra manera.
Este camino de conversión fructífero, lo podemos asumir también como un encuentro comunicativo de donación entre Cristo y cada cristiano, es decir un encuentro de persona a persona, de corazón a corazón; para que la Palabra de Vida se difunda en primer lugar en la propia vida y luego en la vida de los demás.
Una cultura enraizada profundamente en el Evangelio, sin duda, es producto de una unión personal que abre el camino a  la evangelización; pero no puede ser una comunicación de la fe que simplemente  tiene como destinatarios a la personas sin más; y con esto quiero decir que pueden existir muchos hombres y mujeres que estén inmersos en una cultura radicada en el Evangelio y que incluso abracen sus contenidos, pero que no se reconocen creyentes en Jesucristo. Por este motivo afirmo que la Evangelización tiene la característica de una comunicación de persona a persona.
Evidentemente este encuentro también tiene una dimensión social, porque el ser humano no está solo sino que se encuentra dentro de una comunidad y de un contexto marcado por una nueva cultura; el contexto del hombre de hoy es un ambiente comunicativo, producto justamente del desarrollo de las nuevas tecnologías.
En este sentido cabe preguntarse qué papel tiene este nuevo ambiente comunicativo en el proceso constante  de conversión al que el ser humano está llamado.
Quisiera compartir algunas reflexiones sobre la necesidad de estar convencidos de que la Palabra de Dios debe ser difundida y proclamada también en estos nuevos espacios. Pero para anunciar a Cristo en este nuevo espacio tenemos que  conocer muy bien dicho contexto.
La nueva cultura
No es fácil ilustrar una definición total  de Nueva Evangelización, sin embargo, quisiera compartir algunas reflexiones sobre el desafío que ésta supone, especialmente deteniéndome en el adjetivo “Nueva” que hace referencia al contexto en el que nos encontramos y que espera respuestas oportunas si deseamos ser fieles a nuestra misión permanente de dar a conocer a Jesús y su mensaje a todas las personas. Por este motivo, tendremos que esforzarnos para entender los “nuevos” contextos culturales en que nos encontramos  “para dar razón de nuestra fe en un contexto que, respecto al pasado, presenta muchos rasgos de novedad y de criticidad” (Instrumentum Laboris para el Sínodo sobre la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana, 2012 #42), por lo que nuestra respuesta debe ser “nueva en su ardor, métodos y expresión” (Papa Juan Pablo II, discurso al CELAM, 1983).
En nuestra coyuntura se han encontrado yuxtapuestos la Nueva Evangelización y los nuevos medios en una conexión natural y comprensible. Por supuesto que el uso de estos nuevos medios ayuda mucho a nuestros esfuerzos de comunicar y dar a conocer la Buena Nueva; sin embargo, nuestra reflexión sobre este tema no puede permanecer sólo en el plano técnico o en un nivel meramente instrumental. No es suficiente preguntarnos cómo podemos usar estos medios para evangelizar; sino que debemos aceptar los cambios y las transformaciones radicales provocados por las nuevas tecnologías en nuestra forma de vivir y que han originado un nuevo ambiente comunicativo.
“La cultura de las redes sociales y los cambios en las formas y los estilos de la comunicación suponen todo un desafío para quienes desean hablar de verdad y de valores. A menudo, como sucede también con otros medios de comunicación social, el significado y la eficacia de las diferentes formas de expresión parecen determinados más por su popularidad que por su importancia y validez intrínsecas.”  (Benedicto XVI; Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicación 2013)
En los últimos veinticinco años hemos sido testigos de un desarrollo exponencial de la tecnología y de sus capacidades para apoyar y facilitar la comunicación humana. La combinación de este desarrollo en la telefonía móvil, en la tecnología informática, la fibra óptica y los satélites hacen que muchos de nosotros tengamos en el bolsillo los smarth-phones que nos permiten el acceso instantáneo a una amplia y extraordinaria cantidad de información de todo el mundo, y que nos dan la posibilidad de comunicar mediante conversaciones, textos  o compartiendo imágenes con personas o instituciones de cualquier latitud.  Sin embargo, esta revolución de las tecnologías de la información y comunicación no debe ser entendida sólo en términos  instrumentales:  no se trata simplemente de una cuestión  de comunicación y mejor  intercambio de información en términos de volumen, velocidad, eficiencia y accesibilidad, sino más bien de que somos testigos de los profundos cambios de la manera en la que las personas utilizan estas tecnologías para comunicar, aprender, interactuar y relacionarse: estamos viviendo un cambio de paradigma en la cultura de la comunicación. Así lo señala el Papa Benedicto XVI cuando afirma: “ Las nuevas tecnologías no modifican sólo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural”. (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada mundial de la Comunicación 2011)
Esta nueva cultura de la comunicación requiere que los medios redefinan su enfoque, es decir no podemos hacer lo que siempre hemos hecho, solo que con nuevas tecnologías.  “En los primeros tiempos de la Iglesia, los Apóstoles y sus discípulos llevaron la Buena Noticia de Jesús al mundo grecorromano. Así como entonces la evangelización, para dar fruto, tuvo necesidad de una atenta comprensión de la cultura y de las costumbres de aquellos pueblos paganos, con el fin de tocar su mente y su corazón, así también ahora el anuncio de Cristo en el mundo de las nuevas tecnologías requiere conocer éstas en profundidad para usarlas después de manera adecuada” (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada mundial de la Comunicación 2009).
Ahora bien, deseo señalar algunas características evidentes de esta nueva cultura y reflexionar sobre las implicaciones que  emergen al aplicarlas a los medios católicos. Claramente, no pretendo ofrecer soluciones definitivas, ya que la transformación cultural que estamos viviendo está en constante mutación; mis observaciones son provisionales, pero deseo ofrecer algunas ideas con la intención de estimular el sano debate y animar una reflexión seria sobre este tema.
La realidad de los espacios virtuales
La primera reflexión es simple, pues afirmo que en la actualidad el espacio digital es una realidad en la que viven muchas personas. No debemos pensar que lo “virtual” sea un espacio menos importante que el mundo físico. Si la Iglesia no está presente en este espacio,  la Buena Nueva no será proclamada “digitalmente”, con el riesgo de abandonar a muchas personas para las cuales éste es el espacio donde ellos “viven”: se enteran de las noticias y se informan; forman y expresan sus opiniones; se preguntan y debaten.
“ El ambiente digital no es un mundo paralelo o puramente virtual, sino que forma parte de la realidad cotidiana de muchos, especialmente de los más jóvenes. Las redes sociales son el fruto de la interacción humana pero, a su vez, dan nueva forma a las dinámicas de la comunicación que crea relaciones; por tanto, una comprensión atenta de este ambiente es el prerrequisito para una presencia significativa dentro del mismo.” (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada mundial de la Comunicación 2011)
He constatado que los medios católicos han respondido positivamente a este desafío  y que los operadores de los medios tradicionales han realizado un buen trabajo desarrollando una presencia consistente  en el ambiente digital y logrando la necesaria convergencia para tener sus contenidos presentes en la Red.
Desafío del lenguaje
“La capacidad de utilizar los nuevos lenguajes es necesaria no tanto para estar al paso con los tiempos, sino precisamente para permitir que la infinita riqueza del Evangelio encuentre formas de expresión que puedan alcanzar las mentes y los corazones de todos. En el ambiente digital, la palabra escrita se encuentra con frecuencia acompañada de imágenes y sonidos. Una comunicación eficaz, como las parábolas de Jesús, ha de estimular la imaginación y la sensibilidad afectiva de aquéllos a quienes queremos invitar a un encuentro con el misterio del amor de Dios” (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada mundial de la Comunicación 2011).

El siguiente desafío es transformar también nuestro estilo de comunicación para que nuestra presencia  digital sea eficaz. Estoy convencido de que una de las tareas más importantes de los medios católicos es ayudar a la Iglesia a encontrar un lenguaje apropiado para el ambiente de la comunicación creado por las nuevas tecnologías y las redes sociales. Esta tarea es aún más importante si pensamos que así seremos fieles al mandamiento de dialogar con aquellas personas que no son miembros de nuestra comunidad: con otros  Cristianos, con miembros de otras religiones, con los no-creyentes y con los que viven alejados de la vida de fe porque se han separado de la Iglesia por varios motivos. Debemos prestar especial atención al tema del lenguaje; me refiero a nuestros discursos, nuestras formas de comunicar y la terminología que usamos. Todos sabemos que el estilo discursivo del ambiente digital, especialmente del denominado Web 2.0, es conversacional, interactivo y participativo. Como Iglesia estamos acostumbrados a predicar, enseñar y emitir declaraciones – actividades importantes -,  pero las formas del discurso digital más eficaces son aquellas que involucran individualmente a las personas, que buscan responder a sus preguntas específicas y que favorecen el diálogo. Necesitamos percibir mejor cómo será escuchado y entendido nuestro mensaje por las distintas audiencias, focalizándonos en el contenido de nuestra enseñanza. Hoy más que nunca estamos llamados a escuchar atentamente a nuestros interlocutores, a los varios tipos de audiencia a los que nos dirigimos, entendiendo sus preocupaciones e interrogantes, teniendo en cuenta los contextos y ambientes en los que ellos encontrarán la Palaba de Dios.
La interactividad
La aparición de Internet como un medio interactivo, en el que los usuarios participan como sujetos y no solo como consumidores, nos invita a desarrollar nuevos estilos de comunicación explícitamente dialogales, de enseñanza y presentación. La adquisición de un estilo más dialógico es un gran desafío logístico y de recursos. La interacción se realiza a través de blogs, comentando artículos, o argumentando nuestras posturas en las redes sociales; y al hacerlo no sólo estamos interactuando con nuestros interlocutores directos, sino ambién con públicos y audiencias más amplias.
En la Iglesia, estamos acostumbrados a utilizar los textos como la forma normal de comunicación; muchos sitios web eclesiales continúan usando este lenguaje donde podemos encontrar homilías maravillosas y artículos muy interesantes, pero no queda claro si estos medios se están dirigiendo a audiencias jóvenes que comunican  de manera diferente. Necesitamos descubrir la capacidad del arte, la música y la literatura para expresar el misterio de nuestra fe interpelando mentes y corazones. Así como los vitrales de las catedrales medievales hablaban a una audiencia que no sabía leer ni escribir, debemos encontrar formas y expresiones digitales que sean apropiadas para las generaciones que han sido denominadas “post-literarias” para lograr una “implicación auténtica e interactiva con las cuestiones y las dudas de quienes están lejos de la fe” – que – “nos  debe hacer sentir la necesidad de alimentar con la oración y la reflexión nuestra fe en la presencia de Dios, y también nuestra caridad activa”.  (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, 2011)
Nos hemos acostumbrado a relatar solo nuestra historia; ahora se nos pide mostrar lo que somos, y necesitamos aprender a mostrar cómo celebramos nuestra fe, cómo somos servidores y cómo nuestras vidas son bendecidas. Tenemos que comunicar con nuestro testimonio: “El mero enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida. Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él”. (Benedicto XVI, Encuentro con los obispos de Portugal, Fátima, 2010).
Necesitamos estar más atentos a nuestra terminología: gran parte de nuestro lenguaje religioso y eclesial es ininteligible incluso para los creyentes, porque muchos de nuestros iconos y símbolos religiosos tienen que ser explicados a nuestros contemporáneos. Ya no podemos dar por supuesto que los jóvenes, incluso en países de una larga tradición cristiana, están familiarizados con las creencias más básicas. Estoy convencido de que los medios católicos – profesionales e institucionales – poseen un papel fundamental de ayudar a la Iglesia a aprender cómo comunicar eficazmente. Tenemos la buena suerte de contar entre nuestros miembros con un gran número de escritores talentosos, locutores, fotógrafos, cineastas, especialistas en los nuevos medios; su entusiasmo y creatividad son indispensables para esta tarea.
La autoridad
Otra característica de este nuevo ambiente comunicativo es que se trata de un contexto no jerárquico, lo cual constituye un gran desafío para los esfuerzos comunicativos de la Iglesia; el espacio digital es abiertamente libre y peer to peer (de tú a tú) – y no reconoce o privilegia  automáticamente el valor de las instituciones o autoridades ya establecidas. Así, en este entorno, hay que ganarse la autoridad ya que no se trata de un derecho. Esto significa que los líderes de la Iglesia, al igual que los líderes y autoridades políticos y sociales, están obligados a encontrar nuevas formas de organizar su comunicación para que sus palabras reciban una adecuada atención en el foro digital. Estamos aprendiendo a superar el paradigma del púlpito y de la congregación pasiva que escucha por respeto a nuestra posición; ahora estamos obligados a expresarnos en formas que incorporen y convenzan a los demás, para que ellos a su vez compartan con sus amigos, “seguidores” o compañeros de diálogo.
Ciertamente, estas nuevas formas de comunicación capilar o comunicación en red deben ser pensadas y preparadas coherentemente si pretendemos una presencia católica digital eficaz.
En este contexto, el papel de los laicos se hace cada vez más central. Tenemos que aprovechar las “voces” de tantos católicos presentes en los blogs, en las redes sociales y otros foros digitales para que ellos puedan evangelizar, compartir los puntos de vista del Evangelio, presentar las enseñanzas de la Iglesia y responder a las preguntas de los demás: “Existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él”. (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, 2011). Por eso, se tiene que dar una responsabilidad específica en los medios católicos a los laicos, ofreciéndoles formación e información que les ayude a ser promotores creíbles y convincentes, testimonios de la Buena Noticia del Evangelio.
Reflexión ante los ataques
Muchas veces la Iglesia también necesita ser defendida de los ataques injustos; por ello es necesario que los medios de comunicación católicos ofrezcan una imagen de la Iglesia que sería difícil de encontrar en los medios de comunicación laicos. Ofreciendo una perspectiva que involucre varios eventos y hechos basados en la expresión de nuestros valores y de nuestra fe compartida, se muestra que la Iglesia  es una comunidad de creyentes convocados por voluntad de Cristo; esta concepción está ausente en otros medios de comunicación, que sólo presentan a la Iglesia en términos exclusivamente políticos o sociológicos: “Dad una voz y un punto de vista que respete el pensamiento católicos en todas las cuestiones éticas y sociales” (Benedicto XVI, Discurso a la asociación de Semanarios Católicos, noviembre 2010).

Esto no significa pasar por alto los problemas, incluso aquéllos de la vida de la Iglesia, sino que se trata de abordarlos desde la perspectiva de la fe. La Iglesia tiene muchos críticos injuriosos que desean revelar sólo aspectos negativos con el único objetivo de herir; sin embargo, tampoco hace bien a la Iglesia la presencia de “amantes acríticos” es decir aquellos que, muchas veces por un malentendido sentido de fidelidad, niegan la existencia de tensiones y problemas y que a la larga dañan la credibilidad de la Iglesia.
La Iglesia necesita medios que no tengan miedo de exponer los errores o fracasos pero cuya motivación sea animar a la comunidad de creyentes a continuar el camino de la conversión, para que así la Iglesia viva más plenamente la vocación que le ha sido entregada por Cristo, es decir: ser una comunidad de testigos creíbles de su Palabra y del Amor de Dios a la humanidad. Los medios católicos no serán creíbles si no enfrentan el pecado, los abusos, las debilidades y errores dentro de nuestra comunidad; sin embargo, no sería objetivo ni justo no mostrar los eventos y hechos donde Espíritu está constantemente presente. Juan Pablo II, dirigiéndose a los periodistas durante el Jubileo de la Redención, afirmó: “La Iglesia trata, y tratará cada vez más de ser una ‘casa de cristal’, donde todos pueda ver qué está pasando y cómo cumple su misión de fidelidad a Cristo y al mensaje del Evangelio. Pero la Iglesia también espera un similar esfuerzo de autenticidad, de parte de quienes están en la condición de “observadores” y que deben referir a otros (…) la vida y los hechos de la Iglesia. (Juan Pablo II, Discurso a los periodistas en la Celebración del Jubileo de la Redención, enero 1984)
Por su parte el Papa Benedicto XVI, durante su visita a Portugal, en el encuentro con los representantes del mundo de la cultura, nos ha recordado que: “La convivencia de la Iglesia, con su firme adhesión al carácter perenne de la verdad, con el respeto por otras ‘verdades’, o con la verdad de otros, es algo que la misma Iglesia está aprendiendo. En este respeto dialogante se pueden abrir puertas nuevas para la transmisión de la verdad”. (Benedicto XVI, Encuentro con el mundo de la Cultura, Lisboa, mayo 2010).
Deseo invitar a los medios católicos a seguir reflexionando con profundidad sobre estos aspectos, abriendo también la posibilidad a “estar en desacuerdo, sin ser desagradables”. Todos sabemos que en la arena digital algunos debates, a veces, pueden convertirse en una contienda de gritos, donde las formas más extravagantes de expresión gozan de mayor atención. Como católicos, no debemos dudar nunca de expresarnos con fuerza para corregir el error y condenar las injusticias; pero siempre hablando con la verdad y con el amor. Es natural que los debates acerca de la fe y de la moral deban estar llenos de convicción y pasión, pero existe el riesgo progresivo de que algunas formas de expresión dañen la unidad de la Iglesia; siendo además improbable que se atraiga a personas que desean aprender algo sobre la Iglesia y el Evangelio que desea enseñar.
¡Que Dios, que ha comenzado en vosotros su obra buena, la llevare a cumplimiento!

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