PREPAREMOS LA NAVIDAD (II)

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En la carta pastoral anterior señalaba dos caminos para preparar la Navidad: la oración y el trabajo. Ahora en esta nueva carta pastoral propongo otros dos caminos: paciencia y sobriedad.

Paciencia. La paciencia es tan necesaria a la esperanza que el Nuevo Testamento la identifica con ella. El autor de la carta a los Hebreos la recomienda con vehemencia: “No perdáis ahora vuestra esperanza, que lleva consigo una gran recompensa. Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido. Porque el que ha de venir vendrá sin tardanza” (Hb 10, 32-37).

En efecto, la esperanza no es una virtud triunfal, sino crucificada. La Resurrección no nos ahorra la dificultad, la dureza de la vida, la lucha de cada día. Nos hace falta la paciencia, es decir, el aguante que encaja los golpes de la vida sin desistir de la actividad ni perder la mansedumbre. En el mundo hay aparatos valiosos y precisos, pero muy sensibles, que se estropean a la primera contrariedad. Algunos de nosotros somos como esos aparatos. Tenemos ilusión, iniciativa, voluntad de colaborar, pero nos falta paciencia. Nos retiramos cuando aparece la adversidad, la crítica, la escasez de resultados. Todavía no habéis resistido hasta el derramamiento de la sangre” (Hb 12, 4), podría decirnos el autor de la carta a los Hebreos.

La paciencia nacida de la esperanza nos ayuda, en primer lugar, a respetar los procesos, a veces lentos, de las personas y los grupos. Nos aconseja a que no demos excesiva importancia a los comentarios que suscita nuestra conducta. Nos inmuniza contra la fatiga que trae consigo el compromiso prolongado y sostenido. Nos fortalece para “sembrar en la noche”.

Sobriedad. “Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tit 2, 11-13).

La sobriedad es condición indispensable para que emerja en nosotros el anhelo de lo que todavía no poseemos. La esperanza no se vive en la hartura de las satisfacciones o de los bienes: “¡Ay de vosotros los que estáis saciados, porque tendréis hambre”! (Lc 6, 25).

La hartura produce embotamiento y hastío. También produce autosuficiencia. La hartura nos hace asimismo insensibles a los necesitados. Es difícil imaginarnos la necesidad de los demás cuando nos acorazamos en nuestro propio tener y retener. El corazón harto se vuelve desentendidamente frío y duro a la indigencia de los demás.

La sobriedad es hoy necesaria para la solidaridad y para superar la crisis económica. El cristiano se siente urgido a ella por la esperanza. Ser sobrios para compartir es un lema exigido por la esperanza. La solidaridad es uno de los nombres del amor y de la caridad hoy.

+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander

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