PREPAREMOS LA NAVIDAD (I)

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El Adviento es el tiempo que nos prepara para la celebración de la Navidad, fiesta de gozo y salvación. Es un tiempo de la alegre esperanza.

En esta carta pastoral y en la siguiente voy a presentar algunos caminos, que nos ayuden a preparar los caminos del Señor ante la Navidad. Estos caminos son: oración, trabajo, paciencia y sobriedad.

Oración. La oración es hija de la fe, pero también de la esperanza. Cuando Jesús nos invita y enseña a orar, sitúa esta actividad del Espíritu en el contexto de la esperanza: “Velad y orad” (Mt 26, 41). “Padre, venga a nosotros tu Reino” (Mt 6, 10). El discípulo de Jesús es como un labrador, que espera la cosecha cultivando la tierra y orando por la lluvia (cfr. St 5, 7-8. 16-18).

En efecto, cuando oramos nos situamos en el espacio de la esperanza, no en el de la presunción. Reconocemos que no somos salvadores. No podemos salvar a nadie. Ni siquiera podemos salvarnos a nosotros mismos. Cuando oramos, estamos en la zona de la esperanza, no en el campo de la desesperación. Si no confiáramos en absoluto, la plegaria no podría nacer en nuestro interior ni cuajar en nuestros labios. El que ora, espera. El que no ora, no espera. La oración se encuentra en la zona entre la presunción y la desesperación, es decir, en el espacio de la esperanza. Orar es ejercitar la esperanza, actitud propia del Adviento.

Trabajo. La esperanza genera la vigilancia activa, que nos induce al trabajo. El cristiano movido por la esperanza no es simplemente un espectador crítico de la historia. La esperanza es dentro de nosotros un dinamismo que nos impulsa a trabajar; es decir, a meternos dentro de la historia para activar el fermento renovador depositado en la historia por la muerte y resurrección de Cristo.

Las parábolas de las diez vírgenes (cfr. Mt 25, 1-13) y la de los talentos (cfr. Mt 25, 14-30) nos amonestan severamente sobre la necesidad de trabajar y hacer fructificar nuestros talentos y cualidades. Las primeras comunidades cristianas, embebidas por la perspectiva de la próxima venida del Señor, sintieron la tentación de despreocuparse de trabajar y de transformar la realidad. San Pablo les avisa con estas palabras terminantes: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterados de que hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A éstos les mandamos y exhortamos en el Señor Jesucristo, que trabajen con sosiego para comer su propio pan” (2 Tes 3, 10-12).

El cristiano tiene que realizar bien su trabajo. Esto exige evitar la desidia y la pereza, la precipitación y la “chapuza”, la desgana y la repetición mecánica. En este sentido, todo trabajo nacido de la esperanza debe ser transformador, debe intentar mejorar la realidad.

“El esperante debe ser operante” (Lain Entralgo). “Sólo tiene derecho a esperar lo imposible quien se ha comprometido a fondo en la realización de lo posible” (Ruiz de la Peña).

+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander

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