HOMILÍA EN LA FIESTA DE SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA

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Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, claustro de profesores, seminaristas, personal de servicio, miembros de vida consagrada y amigos del Seminario.

Celebramos hoy con alegría la fiesta de Santa Catalina de Alejandría, virgen y mártir, fiesta tradicional y con solera en nuestro Seminario de Monte Corbán, que la honra como a su patrona. Lo hacemos compartiendo juntos la Misa y la mesa, evocando vivencias, entonando con voces vibrantes su himno y tratando de imitar su ejemplo de una “fe decidida”.
Mi gratitud al Seminario y a todas las personas que aquí viven y trabajan, que nos abren sus puertas y nos acogen con gozo.
La Eucaristía, “sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad”, nos hermana en torno al mismo pan y al mismo cáliz, fuente de la comunión y fraternidad de nuestro presbiterio diocesano.
Hoy entramos en comunión con Santa Catalina de Alejandría, celebramos su memoria, imitamos su ejemplo e imploramos su intercesión desde el cielo.
Vida y culto
El Martirologio Romano nos dice escuetamente: “Santa Catalina, virgen, que, según la tradición, fue una virgen de Alejandría dotada tanto de agudo ingenio y sabiduría como de fortaleza de ánimo. Su cuerpo se venera piadosamente en el célebre monasterio del Monte Sinaí, en el actual Egipto (s. inc.)
Podemos suponer, sin forzar mucho la realidad de las cosas, a Santa Catalina enraizada en la fe de la Iglesia, tal como se vivía en la Alejandría de los siglos III y IV. Se trataba en la antigüedad de una “ciudad símbolo” de la encrucijada cultural del Helenismo. En el siglo III, Clemente de Alejandría, asumiendo y transformando el ideal educativo del mundo clásico, presentaba a Cristo como Pedagogo, como aquel que nos guía a la verdadera filosofía, que nos es un mero saber teórico, sino una fuerza de vida que aúna conocimiento y amor.
Una mujer de fe decidida
A la luz de las lecturas proclamadas en esta Eucaristía, podemos resaltar dos aspectos fundamentales en la vida de Santa Catalina: la sabiduría y la fortaleza, que se corresponden perfectamente con la doble condición de filósofa y mártir. Estas dos notas, por otra parte, nos vienen muy bien a los sacerdotes y seminaristas para discernir con sabiduría la voluntad de Dios y para ser testigos valientes y alegres de la fe, en este Año de la fe y en esta hora de nueva evangelización.
En relación con la sabiduría, el reconocimiento público de la fe (“homologesis”) incluye, como pone de manifiesto el ejemplo de Catalina, el recurso a la razón y la palabra. En este sentido, toda Teología incorpora, como un momento de su propia tarea, el pensar filosófico. No es extraño que el magisterio pontificio – de León XIII, del Beato Juan Pablo II y de Benedicto XVI- recuerde que “el estudio de la filosofía tiene un carácter fundamental e imprescindible en la estructura de los estudios teológicos y en la formación de los candidatos al sacerdocio” (Juan Pablo II, Fides et Ratio, n. 62)
Por lo que se refiere a la fortaleza de la fe decidida, el Papa Benedicto XVI, en el libro-entrevista con el periodista Peter Sewald titulado Luz del mundo, al ser preguntado sobre España, afirma que en nuestro país existe actualmente ‘una dramática lucha entre secularidad radical y la fe decidida’. Hoy celebramos la fiesta de Santa Catalina, una mujer de fe decidida. Una mujer buscadora de la verdad, por eso es patrona de los filósofos, que cuando la descubrió en Cristo, dio testimonio valiente de ella con su palabra, con su vida y también con su martirio.
El Papa Juan Pablo II, en la encíclica Veritatis Splendor escribe a este respecto: “Los mártires, y de manera más amplia todos los santos de la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente a cuantos transgreden la ley (cfr. Sab 2, 2) y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: “¡Ay de los que llaman al mal bien, y el bien mal; que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce y dulce por amargo” (Is 5, 20) (Juan Pablo II, Veritatis Splendor 93).
Es bueno y también necesario para nosotros, en la situación que vivimos, en España y en nuestra Diócesis, hacer memoria de los santos, aquellos que nos muestran con su vida y con su muerte que otra forma de vivir es posible, que las palabras de Jesús no son una utopía irrealizable, que se puede vencer el mal con el bien.
Santa Catalina con su vida y con su muerte nos enseña que vale la pena buscar la verdad, una verdad que no es sólo una doctrina ni una enseñanza moral, como dice el Papa Benedicto XVI, en Deus caritas est, sino una Persona, Cristo, y una vez encontrada esta Verdad dar testimonio valiente de ella. Santa Catalina nos muestra lo cierto que es esa frase de Santa Teresa de Jesús: “La verdad padece, pero no perece” y nos sacude de nuestra mediocridad y miedo, mostrando que la vida es para vivirla plenamente y con sentido, que lo que tiene premio y al final vence es ponerse de parte de la Verdad, no de la conveniencia y de lo “políticamente correcto”.
El reciente Sínodo sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana ha destacado el valor del testimonio en un mundo secularizado. Dice así la proposición n. 8: “Somos cristianos que vivimos en un mundo secularizado. Mientras que el mundo es y seguirá siendo creación de Dios, la secularización pertenece a la esfera de la cultura humana. Como cristianos no podemos permanecer indiferentes ante el proceso de secularización: nos hallamos, efectivamente, en una situación similar a la de los primeros cristianos, y en este sentido debemos considerarla tanto como un reto como una posibilidad. Aunque vivimos en este mundo, no somos de este mundo (cfr. Jn 15, 19; 17,11 y 16). El mundo es creación de Dios y manifestación de su amor. En Jesucristo y a través de él recibimos la salvación de Dios y somos capaces de discernir el avance de su creación. Jesús nos abre las puertas de nuevo para que, sin miedo, podamos abrazar con amor las heridas de la Iglesia y las del mundo (cfr. Benedicto XVI)”.
“En nuestra época actual, que manifiesta aspectos más difíciles que en el pasado, aun cuando seamos como el “pequeño rebaño” (Lc 12, 32), damos testimonio del mensaje de salvación del Evangelio y estamos llamados a ser sal y luz de un mundo nuevo (cfr. Mt 5, 15-16).”
Queridos hermanos: que la Eucaristía que estamos celebrando nos lleve a la acción de gracias al Padre, que ha glorificado a Santa Catalina de Alejandría y a nosotros nos concede alegrarnos en su fiesta. Que su sabiduría y fortaleza nos lleven a la experiencia profunda de Dios y a ser fuertes y alegres testigos de Cristo en el ejercicio diario de nuestro ministerio sacerdotal en este Año de la fe y en esta hora de nueva evangelización. Amén.

+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander

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