Texto íntegro del Pregón del Día de Cantabria por M. A. Castañeda

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Pregón de Cabezón de la Sal del Día de Cantabria
Cabezón de la Sal, viernes 3 de agosto de 2012 
Manuel Ángel Castañeda

Pregonar en Cabezón de la Sal es mucho más que un privilegio, es un honor porque significa poder hablar en un lugar que tiene la más fuerte vinculación con Cantabria que es lo mismo que decir con España, porque transtextualizando las palabras de Indalecio Prieto se es cántabro a fuer de ser español. Cabezón de la Sal está en el valle del Saja, en Cabuérniga, raíz misma de nuestra tierra. Y aquí se celebra el Día de Cantabria, una fiesta que entronca con las iniciativas de finales del siglo XIX y principios del XX que sirvieron para alentar el montañesismo, pórtico para que la provincia de Santander llegara a convertirse en región.José del Río Saínz, Pick, el periodista más importante de la primera mitad del siglo XX en Cantabria, describe con precisión el movimiento regionalista que nace concretamente de las concentraciones populares en las que se exalta el folklore autóctono, las tradiciones y se fomenta el sentimiento de unidad de un pueblo. Pick lo explica con claridad: “se trata de infundir a las gentes el santo amor a la región para que todos en los que su corazón lata lo montañés se unan por encima de adscripciones políticas y dediquen este día del año a pensar en su tierra sobre todo”.El Día de Cantabria representa, con entusiasmo y precisión,  el deseo quienes habitamos esta tierra de mantener vivas la tradiciones y las raíces al mismo tiempo que abordamos los retos del presente, con la inmersión en un universo globalizado en el cual debemos entender y aceptar nuestro tamaño y nuestras propias capacidades.Y es un llamamiento, en la misma línea de Pick, a la unidad de todos los que habitamos esta tierra estrecha para desarrollar proyectos y situar la región en el lugar que merece, posición que en ocasiones nos es hurtada por quienes con menos mérito se arrogan derechos históricos, como si Cantabria no tuviera un desbordante portafolio de historia y de privilegios conseguidos por nuestros predecesores.Para mí, este pregón supone, además del hecho en si mismo de que el Ayuntamiento de Cabezón de la Sal, con su alcaldesa Esther Merino a la cabeza y el presidente de Cantabria Ignacio Diego me distingan con su elección, la oportunidad de reencontrarme con la tierra de mis ancestros. Durante  algunos días de mi infancia, cambié el “cristal feliz de mi niñez huraña”, en verso de Gerardo Diego sobre la bahía santanderina, por el verde de mil tonos de los pueblos de Cos y Mazcuerras. Viajaba en el tren y después cruzaba el Saja por las paseras, una aventura que excitaba mi imaginación saturada de lecturas de Salgari y Julio Verne. Mi familia paterna procede de Mazcuerras y en Cos vivieron, y aun lo hacen, algunos parientes.Los veranos junto al Saja, las caminatas hasta Cabezón, los viajes en carro para ver como se transportaban con una pareja de bueyes los troncos de los árboles talados, fueron experiencias inolvidables. Esos días de verano dejaron en mi retina la belleza de este valle, la lealtad y generosidad de sus habitantes y me mostraron otras realidades diferentes a las que estaba acostumbrado como niño de ciudad. Mi abuela Amalia me contaba anécdotas de Concha Espina a la que conoció en Mazcuerras y cuyo único reproche fue que su novela ‘La niña de Luzmela’ propiciara el cambio, por suerte efímero, del recio y evocador nombre de Mazcuerras por el más blando y dulce de Luzmela.Más adelante rememoré Cabuerniga en los textos de Manuel Llano, en las lecturas de Pereda y me encontré con el sonoro cristal y el cristal mudo de las aguas del Saja en versos de Góngora.Cabezón de la Sal alberga estos días la capitalidad de Cantabria. Aquí están hoy las autoridades elegidas democráticamente y también una buena parte de la sociedad civil, pieza esencial en la marcha de una región o un país. Es buen momento para reflexionar sobre el presente y entroncar los retos que se nos presentan con la experiencia de siglos de un pueblo que ha sabido superar todo tipo de dificultades.No me parece oportuno eludir el entorno socio económico que atravesamos y refugiarme en el asubio que suponen las tradiciones, el cantabrismo o el amor a la tierruca. Tampoco es momento de perlar este pregón con citas de nuestros más ilustres escritores, aunque en ellos residan excelentes recetas para superar nuestras presentes dificultades. Utilizaré las imprescindibles para apoyar mis  argumentos en personajes de indubitable valor. Volviendo a los poetas, siempre ellos, es el momento de eludir a los neutrales y tomar partido hasta mancharse. Dicho de otra forma: Pregonar en Cabezón es una excelente oportunidad para la lírica pero hoy y ahora, Cantabria, como el resto de España, afronta un desafío que no debemos eludir.En mi condición de periodista, oficio que ejerzo desde hace más de cuarenta años, me es obligado abordar temas de actualidad porque, además, entre los pregoneros que me han precedido en esta tribuna se reúnen un buen número de conocedores de la historia, la política, la literatura y la economía. Ellos, con más méritos y mejor conocimiento que yo, han dejado bajo esta carpa sus reflexiones y su magisterio.El asunto más periodístico y también el más importante, no es otro que la crisis múltiple que sufre España. Digo múltiple porque, en mi opinión, se han concatenado una serie de asuntos que si bien cada uno de ellos es decisivo, unidos en el tiempo suponen una verdadera hecatombe que cuestiona las estructuras más sólidas de España como país.La amalgama de una bancarrota financiera, unida a la pérdida de los valores esenciales y con el añadido de una cainita lucha política que tan sólo conduce a un estéril enfrentamiento en las calles y al desprestigio de los cargos electos y de la propia actividad pública, configuran esa policrisis que atosiga a todos y cada uno de los cántabros, a todos los españoles. Cabe citar las palabras de Marcelino Menéndez Pelayo, precisamente en este año en el que conmemoramos el centenario de su muerte, escritas a propósito de Balmes: “Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por gárrulos (sic) sofistas, empobrecido, mermado  y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan”. Durante los últimos años, España ha construido un sistema asistencial y territorial que se ha demostrado insostenible, porque la imprescindible aportación de cada ciudadano para mantenerlo es de tal magnitud que conduce a la ruina. La tendencia mostrada desde la entrada del euro como moneda, se aceleró al máximo en los últimos ocho años, al acrecentar desproporcionadamente el número de empleados públicos en sus diferentes categorías y al extender las ventajas del estado de bienestar hasta unos límites que han puesto en peligro los elementos esenciales del mismo.Pero creo que lo importante, con serlo, no ha sido el gasto desbocado, sino la inoculación de unas ideas que lastran el presente y ponen en peligro el futuro.De manera sistemática se han desmontado los mecanismos de protección existentes durante siglos: La importancia del esfuerzo, el sacrificio y el talento se han visto agostados por una ola de igualitarismo atolondrado y por la implantación de una teoría, según la cual, la excelencia resulta insultante, porque puede herir la sensibilidad de los menos preparados, de quienes han sido incapaces de esforzarse en el estudio o el trabajo. En consecuencia, se han rebajado los criterios de selección y se han reducido los requisitos para obtener determinados títulos hasta el nivel más bajo, aquel en el cual la inmensa mayoría es capaz de sentirse cómoda.Se ha desterrado el darwinismo intelectual que garantiza la selección de los mejores para ocupar los puestos de responsabilidad y que permite tanto el avance global de la sociedad como la movilidad social de cada unos de los individuos, en favor de una actuación tendente a la aceptación general, con la idea de que quienes menos se esfuerzan no se sientan minusvalorados por el sistema. Esa forma roussoniana de entender la justicia social ha dejado inerme al país y ha desarmado el mecanismo que permite la competitividad en un mundo en el cual las viejas fronteras han sido borradas y los fielatos y las aduanas no son más que recuerdos del pasado.Hemos asistido a la implantación de teorías erróneas, según las cuales el individuo deja de ser el centro para que la colectividad lo supla. Es más, ha existido un proceso inductor para que las personas declinen sus propias responsabilidades y las deleguen en un Estado protector que se ocupará de su formación, de su salud, de su vejez, de su trabajo… en suma de toda su vida. Una fórmula engañosa que elimina la propia iniciativa y coarta la libertad para transmutar las personas, con toda su potencia como individuos, en un elemento absorbido por la masa.Pienso que en esa deriva tendente a la renuncia parcial del gobierno del propio destino reside uno de los elementos clave de la situación que atravesamos. En Europa en general y en España en particular, hemos trabajado para cercenar el libre albedrío y para aletargar a las personas con el señuelo de un Estado que será quien acuda en nuestro auxilio cuando necesitemos cualquier cosa. Ahora,  comenzamos a ver que tan sólo era un sueño y el despertar resulta desagradable, incluso traumático.El relativismo moral se ha impuesto como si fuera una verdad revelada, y en él se esconde el germen de nuestros problemas presentes. El relativismo que condena los valores a la trastienda porque no lucen bien en el escaparate, esa forma de afrontar la vida según la cual es mejor elegir lo fácil, aunque sea incorrecto, que alcanzar las metas con el juego limpio de la ética. Hemos renunciado a lo moral para agarrarnos tan sólo a lo legal, como si las leyes no estuvieran escritas por los hombres y en muchos casos a la medida.Convengo con Nietzsche que “Cada pueblo tiene su tartufería propia, y la denomina sus virtudes”. Los cántabros debemos analizar el presente y el pasado reciente para encontrar los tartufos y desprendernos de sus doctrinas que el simple paso del tiempo han demostrado equivocadas.No se trata de transmutarnos en utopienses, ni tampoco caer en la mordacidad de Voltaire en su Cándido para que quieran hacernos creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles. El realismo y el sentido común siguen teniendo plena vigencia en esta era de la modernidad, porque existen elementos que resisten el paso del tiempo, sin perder sus virtudes.La crisis que padece España no precisa de exégesis oscuras, ni se necesitan sofisticados análisis económicos para entender que nuestra nación ha sido glotona durante los últimos diez años, que se ha sobrealimentado hasta el punto de perder movilidad social y debe iniciar ahora una severa dieta que elimine grasa para recuperar músculo. Naturalmente que esa receta no genera adeptos, sino por el contrario detractores. Por ello el camino que se nos presenta está plagado de renuncias y sacrificios, pero la alternativa no es otra que la bancarrota.Precisamente en este valle del Saja, en estas tierras cabuérnigas podemos encontrar las claves para salir de una espiral que amenaza con llevarnos al desánimo y la melancolía. Esta es una comarca que tiene en su propia genética, que ha grabado a fuego en el adn de sus hombres, la importancia del trabajo bien hecho, la austeridad como virtud permanente y no como un elemento coyuntural y que, sobre todo, ha enseñado que cada persona es dueña de su destino y como tal debe asumirlo. También aquí se ha comprendido que el mundo, como tituló Ciro Alegría, es ancho y ajeno; por ello desde hace siglos entendieron los habitantes de este valle que era preciso traspasar las viejas fronteras en busca de otras nuevas. Así desde la Malacoria mítica de Víctor de la Serna se repobló España en el siglo VIII y más tarde partieron muchas mujeres y hombres hacia aquel nuevo mundo, allende los océanos, lleno de peligros y de oportunidades.Desde el siglo XVII hasta el XIX la ruta que unía Cantabria con Cádiz, puerto de embarque para la América española, ha sido un elemento esencial para nuestra región y también para las tierras de la otra orilla del Atlántico. Así los cabuérnigos llegaron a controlar la carga y descarga de los barcos en Cádiz copando el gremio de los ajameles y asentando en la otra punta de la península una colonia montañesa de gran importancia, colonia que ha tenido continuidad más tarde con el negocio de hostelería y que ha dado lugar a ese grupo de cántabros gaditanos que se denominan chicucos, que tanta importancia tuvieron y tienen en la vida gaditana y  también en la de su tierra de origen.De nuestra historia debemos extraer lecciones. Una de ellas es la de no considerar la emigración como un fracaso de la sociedad, sino como una oportunidad más que se debe aprovechar, porque nada es más reduccionista que el regionalismo mal entendido, que considera que fuera de las fronteras de nuestro pequeño territorio no hay nada que merezca ser conocido. Ahora emigran jóvenes con excelente formación universitaria que se incorporan a puestos elevados en empresas de ámbito internacional. No es, como sostienen algunos, una pérdida de talento ni debemos entender esa marcha hacia otras tierras como una fuga de cerebros, sino como un elemento más de la globalización. Hay que tener presente que quienes salen fuera de nuestras fronteras nacionales para buscar su realización profesional no hacen un viaje sin retorno. En un elevado porcentaje regresan al cabo de un tiempo con una formación mucho más completa y con la capacidad de crear empresas en su nación de origen.Quienes consideran que es un derroche formar a los jóvenes universitarios para que después pongan su talento al servicio de empresas de otras naciones, se equivocan. Es imprescindible eliminar la concepción localista de la formación y entenderla en el sentido más amplio del derecho de todos a lograr el nivel de educación preciso manejarse en la vida.Decía que aquí, en esta villa y en los municipios limítrofes que conforman el valle del Saja, reside la clave de como superar la crisis. Durante generaciones los habitantes de esta villa han sabido valorar el trabajo bien hecho, la austeridad como virtud, el ahorro como necesidad y han sabido que no existen atajos para resolver los problemas vitales.A todo ello han unido un espíritu emprendedor tanto en España como el América. Han sabido que no vendrán de fuera a arreglar sus problemas y que son protagonistas y responsables de su destino.Conocen bien el valor de la palabra dada, la importancia de no deber nada a nadie y saben que no hay caminos sencillos de recorrer, sino más bien sendas llenas de curvas, zanjas y desfiladeros. Durante siglos los cántabros han sido conscientes de que el destino está en sus propias manos y que nada se obtiene sin esfuerzo.Y además, han de demostrado sobradamente que ese mecanismo vital funciona. Ahora que nos sentidos atenazados por la recesión económica, el paro, la deuda desbocada y el recorte en las prestaciones sociales basta con mirar atrás y no muy lejos. A la generación de la postguerra civil. Allá en la década de los años cuarenta España padeció una situación realmente dramática, de tal magnitud que la crisis presente se antoja una etapa de abundancia. En una España destruida por la guerra fratricida, dividida en dos bandos irreconciliables, aislada de una Europa azotada por la II Guerra Mundial y con el yugo de la dictadura del general Franco, nuestros padres supieron salir adelante, con una austeridad rayana en la pobreza, con la tenacidad y la esperanza de quienes confían en sus propias fuerzas y, sobre todo, con un indomable espíritu de trabajo y de emprendimiento. Aquellas mujeres y aquellos hombres fueron capaces de criar a sus hijos, darles educación y mejorar sus condiciones de vida. Sin esperar nada del Estado, es más, con la certeza de una protesta podía significar la dura represión e incluso la cárcel.Supieron utilizar las herramientas que tenían a mano, que eran pocas, pero suplieron la carencia de medios materiales  con un espíritu firme y decidido de avanzar contra viento y marea. En el ejemplo de quienes superaron la etapa más cruda de los últimos cien años es en el que debemos fijarnos, porque en aquella forma de afrontar los hechos se encuentra la solución.Tras la penosa década de los cuarenta llegaron mejores tiempos y ya, con el plan de estabilización y después el de desarrollo, España comenzó a remontar la corriente adversa para irse equiparando, lentamente, a los niveles del bienestar europeo. Y al doblar el cabo del siglo XX para entrar en el presente se desató la euforia y la vanidad. Los españoles salimos al mundo con hambre atrasada de lujos y consumismo. En las calles comerciales de las ciudades europeas o americanas los turistas españoles éramos siempre bienvenidos. Se gastó el dinero a manos llenas y los entes públicos actuaron siguiendo la máxima de la infausta ministra según la cual el dinero público no era de nadie, olvidando que esos fondos salían, euro a euro, del bolsillo de los trabajadores y los empresarios españoles.En el regreso a los orígenes reside la solución. El Día de Cantabria es el más apropiado para analizar el presente del mapa autonómico. La crisis ha provocado un torbellino de opiniones sobre el estado de las autonomías, con opciones tan radicales como suprimir las comunidades autónomas o achacar a la descentralización todos los males que nos aquejan.Creo que es el momento de hablar de un estado autonómico sensato, de un embridamiento de los excesos cometidos, de descartar el modelo competitivo entre los entes autonómicos y el Estado Central, pero no por ello es necesario erradicar el esquema de una España descentralizada que acerca la administración a los ciudadanos.El dilema no es si hay que aniquilar o no la España de las Autonomías, sino como ganar en eficiencia y amoldar los niveles competenciales al tamaño y las necesidades de cada territorio. En Cantabria esa adaptación será mucho más sencilla que en otras regiones, porque aquí no se han cometido errores tan costosos como las televisiones autonómicas, el defensor del pueblo cántabro o las embajadas dispersas por el mundo.Muchos países tienen arquitecturas similares a la de nuestro estado autonómico y no presentan tantos inconvenientes. El meollo no reside tanto en la fórmula elegida sino en su incorrecta aplicación.Lo que no resulta coherente es mantener un sistema de mini-estados que han replicado de manera insensata la organización estatal. Tampoco es sostenible la duplicidad de organismos y el solapamiento de competencias. El régimen autonómico nació con la idea de acercar la administración a los ciudadanos y por tanto con una descentralización de los servicios, pero en lugar de una simple transferencia de funciones y trabajadores lo que se ha hecho ha sido crear un sistema paralelo que ha multiplicado de manera inusitada el número de trabajadores del sistema público.El regreso a la sensatez, al sentido común y tener la austeridad como norte será la clave para retrotraer la España de las autonomías a lo que siempre debió ser.  Terminando con duplicidades, con esa pléyade de empresas públicas que deberían privatizarse y con la formación de una estructura burocrática que lejos de ayudar entorpece el crecimiento. Pero la crisis lleva en su seno un problema que, en mi opinión,  es mucho más preocupante: El descrédito de los políticos y por derivación de la democracia. Se ha banalizado el hacer de los políticos los chivos expiatorios de nuestra situación y, si bien es cierto que en muchos casos han sido los representantes del pueblo quienes con su mala praxis han cimentado ese ambiente contra ellos mismos, hay que tener presente que no es lícito generalizar y mucho menos demonizar a eso que hemos convenido en llamar ‘clase política’.Como bien apuntó el cántabro José María Lassalle en el Ateneo, a finales del mes de julio, existe un serio peligro de que el incremento del paro, la pérdida de poder adquisitivo, los recortes en los servicios sociales y la falta de esperanza en un futuro mejor sean el sustrato ideal para que crezcan movimientos extremistas que con una prédica milagrera, con la presentación de soluciones simplistas conduzcan a España hacia un gobierno de salvapatrias y aventureristas, que terminen por minar la democracia y destruir las garantías personales, la libertad de expresión y conduzcan a un sistema rayano en la dictadura. La crítica irracional contra los políticos puede dar paso a la aparición de líderes de corte totalitario que se presenten como adalides de un orden nuevo, al margen de una clase política que habrá quedado desprestigiada, y que con propuestas populistas conduzcan a España hacia el oscurantismo de un gobierno neo-fascista o de tinte peronista. Por desgracia este fenómeno ya existe en otros países europeos como Francia, Grecia u Holanda y en España los últimos datos demoscópicos indican una preocupante desafección hacia los dos grandes partidos lo que presupone la formación de un núcleo de votantes insatisfechos que pueden ser atraídos por planteamientos simplistas y que propugnen un sistema dominado por una democracia débil que ceda el control a un líder fuerte.La sociedad civil debe extremar su control sobre la actuación de los gobernantes y los cargos electos. Es más, debe legislarse para que se endurezcan las penas contra los políticos corruptos y también para que algunas decisiones que han supuesto serias pérdidas al erario público se tipifiquen como delictivas. Pero dicho esto, no es serio ni democrático descalificar a los políticos de manera generalizada. Concluyo con una mirada al futuro. Una mirada cargada de optimismo, porque creo firmemente que en la médula del pueblo cántabro, aquí entre los habitantes de Cabezón de la Sal y en las riberas de nuestros ríos y nuestras costas, residen los valores que nos permitirán superar estos momentos de zozobra.Nuestro gobierno autonómico y la mayor parte de los ayuntamientos han tomado el rumbo adecuado con una política de contención presupuestaria y con una adaptación correcta a la situación económica. Con un mensaje diáfano que anuncia que los gobiernos no tienen como misión crear empresas, sino sentar las bases para que se desarrolle la iniciativa privada… que la generación de empleo y riqueza depende de los emprendedores. Si perseveran en las medidas de ahorro y austeridad se abirán aún más las puertas para superar esta etapa oscura.Será costoso, resultará duro, habrá  que modificar algunas de nuestras recientes costumbres, pero saldremos adelante. La crisis la superaremos los cántabros y el resto de españoles con la recuperación del sentido común y de nuestra vieja sabiduría: Con trabajo, esfuerzo, sacrificio, austeridad, ahorro y capacidad de emprendimiento.      1

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