Homilía Misa de Jueves Santo

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Querido Cabildo, sacerdotes, diáconos, seminaristas, miembros de
vida consagrada, fieles laicos presentes en esta S. I. Catedral Basílica de
Santander y los que seguís la celebración de la Misa de la Cena del Señor,
a través de los Medios de Comunicación Social, especialmente por la
Cadena COPE, por Popular TV de Cantabria y por Telecosta. Querida
Escolanía de nuestra Catedral.

Con la celebración de la Misa Vespertina del Jueves Santo, la Iglesia
da comienzo al Triduo Pascual y evoca aquella memorable Cena en la cual
el Señor Jesús, “la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio
eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos,
hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz, y a confiar así a su Esposa, la
Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección”
( Sacrosanctum Concilium, 47).
Toda la atención del espíritu se centra en los misterios que se
conmemoran en la Misa: es decir, la institución de la Eucaristía, la
institución del Sacerdocio y el mandamiento nuevo del Señor sobre la
caridad fraterna.

Institución de la Eucaristía

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, pone de relieve
de qué manera la Pascua de Jesús se corresponde con la Pascua de la
Antigua Alianza ordenada por Moisés, a la que dio pleno cumplimiento. En
aquella Cena Pascual los israelitas conmemoraban la salida de Egipto y la
liberación de la esclavitud mediante el sacrificio de un cordero pascual. El
recuerdo de un acontecimiento tan extraordinario se convirtió, por mandato
divino, en memorial perpetuo y en día festivo para siempre:”Este día será
memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor,
de generación en generación” (1ª lectura). Era la Pascua de la Antigua
Alianza, que quedaba superada por la Pascua de la Alianza Nueva y Eterna
(cfr. Mt 26, 28; Hb 8, 6-13).
En efecto, en aquella tarde de despedida en el Cenáculo, Jesús
consumó la Cena Pascual y las antiguas tradiciones judías dándoles un
nuevo contenido.
Hemos escuchado cómo habla de esa Pascua Nueva San Pablo en la
segunda lectura, tomada de la 1ª Carta a los Corintios. En esta narración,
la más antigua relativa a la institución de la Eucaristía, se hace memoria

y se proclama a la vez que Jesús, “en la noche en que iban a entregarlo,
tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto
es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’.
Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar diciendo: ‘este cáliz es la
nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en
memoria mía’” (2ª lectura).

A lo largo de dos milenios, desde aquella tarde, la Iglesia, los
discípulos de Jesús, no cesamos de cumplir este mandato, haciendo de la
celebración de la Eucaristía el centro y el culmen de la vida cristiana,
manantial de vida y de la presencia amorosa de Dios. La Eucaristía es el
gran don para la Iglesia y el mundo. La Iglesia vive de la Eucaristía (Juan
Pablo II).
Esta tarde de Jueves Santo estamos todos invitados a celebrar y
adorar, hasta bien entrada la noche, al Señor que se hace sacrificio,
presencia, alimento para nosotros, peregrinos en el tiempo, ofreciéndonos
su carne y su sangre.
Institución del Orden Sacerdotal
Por las palabras en aquel primer Jueves Santo de la historia: “Haced
esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24-25), el Señor instituyó el sacerdocio y
se quedó en los sacerdotes, para que por ellos se renovara el sacrificio de la
Eucaristía “hasta que el Señor vuelva”. Los sacerdotes, en nombre de
Cristo, renuevan el sacrificio de la redención, preparan para los fieles el
banquete pascual, presiden al pueblo santo de Dios en el amor, lo
alimentan con la palabra y lo fortalecen con los sacramentos.

En este Día de Jueves Santo, debemos agradecer de una manera
especial a Dios el regalo de los sacerdotes a su Iglesia. Es un momento para
hacer que se perciba cada vez más la importancia del papel y de la misión
del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea. Hoy debemos
orar con intensidad por la fidelidad de los sacerdotes a la vocación recibida
y para que el Señor bendiga a nuestra Iglesia Diocesana de Santander
(y a todas las Diócesis de España) con numerosas y santas vocaciones
sacerdotales.
Mandamiento nuevo del amor fraterno
Finalmente, el mismo Señor quiso unir su sacrificio pascual con el
mandamiento nuevo del amor y el servicio a los hermanos. Jesús, de
rodillas, inclinándose en actitud de servidor, lavó los pies a sus discípulos y
les explicó el sentido de ese gesto: “Vosotros me llamáis ‘El Maestro’
y ‘El Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor,
os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a
otros” (Jn 13, 14-15). Y añadió: “Os dejo un mandamiento nuevo: ‘Amaos
los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis

discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13, 34-35).

De la misma celebración de la Eucaristía brota el don y la exigencia
del amor fraterno. El amor no se practica pasando de largo, como el
sacerdote y el levita, sino bajándose de la cabalgadura, como hizo el buen
samaritano, para acoger al hermano que sufre las heridas físicas,
psicológicas y morales, curándole con el aceite del consuelo y el vino de la
esperanza. En nuestros días el amor se hace solidaridad ayudando a los que
sufren las graves consecuencias de la crisis económica, a través de Cáritas
y de las obras de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI ha escrito en la encíclica Deus caristas
est: “Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es
fragmentaria en sí misma (n. 14).

De la Eucaristía nace el impulso y la fuerza para trabajar por la
justicia y la paz en el mundo. En una de las plegarias eucarísticas (V/b)
oramos así: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana,
inspíranos el gesto y la palabra oportuna, frente al hermano solo y
desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente
explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de
amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un
motivo para seguir esperando”.

Queridos hermanos: que el gesto del lavatorio de pies, que vamos a
iniciar dentro de unos momentos; la consagración del pan y del vino sobre
esta mesa de altar; la comunión eucarística y participación en el banquete
pascual; el traslado de las especies consagradas al Monumento para su
adoración, nos introduzcan de forma eficaz en el Misterio Pascual. Amén.

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