20 December, 2014

Las manifestaciones de protesta son un elemento más de la democracia y como tales deben ser admitidas. Los gobernantes deben saber que todas sus decisiones pueden ser sometidas a crítica. Pero la protesta tiene, como todo, sus límites. Y en ocasiones se traspasan de la forma más impune. La semana pasada comenzaron las fiestas de San José en El Astillero. El pregonero fue el presidente de Cantabria, Ignacio Diego, y a la entrada del teatro donde pronució el pregón hubo manifestantes de Haulotte. Bien. Lo que ya no tiene ninguna justificación es que un grupo de jóvenes fueran hasta la casa del presidente Diego en El Astillero a protestar a la puerta de su casa. Eso es intolerable y nunca había ocurrido. Revilla ha sido presidente ocho años y otros ocho vicepresidente y nunca los manifestantes fueron a la puerta de su casa en El Astillero. Conviene separar a la persona del cargo. Protestar si, es un derecho, pero de la debida forma.

Si se abre esa veda veremos a los indignados ir a la puerta de las casas de los líderes de CC.OO y UGT, a los afectados por los derribos acudir a los domicilios de los jefes de ARCA para protestar por la pérdida de sus viviendas y así hasta el infinito. Protestar es un derecho, pero como todo tiene sus límites.

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