DÍA DEL SEMINARIO 2012 – Pasión por el Evangelio.

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Queridos sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y fieles
laicos, especialmente jóvenes:

Un año más, en torno a la fiesta del glorioso Patriarca San José,
celebramos la Campaña del Día del Seminario. Una Jornada dedicada
a acompañar y sostener a los seminaristas con nuestra oración, afecto y
ayuda económica. Este año en nuestra Diócesis celebramos el Día del
Seminario el 18 de marzo, IV domingo de Cuaresma, al no ser fiesta el día
19 en el calendario laboral. La colecta en favor del Seminario se realizará
en todas las iglesias ese mismo domingo.

La Iglesia ha colocado bajo la fiel custodia de San José a nuestros
seminaristas, futuros sacerdotes y pastores, porque San José cuidó de
Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, en el primer Seminario de Nazaret.

El año pasado, en la festividad de la Virgen del Pilar, dos
seminaristas mayores recibieron la ordenación sacerdotal: Hilario Obregón
y Manuel Ángel Romero. Este año, el domingo 18 de marzo, será ordenado
sacerdote, Luis Ángel Murga. Damos gracias a Dios por estos frutos
sacerdotales y felicitamos a los nuevos sacerdotes, a sus familias y al
Seminario de Monte Corbán.

En este curso académico 2011-2012 tenemos en el Seminario Mayor
7 seminaristas; en el Seminario Menor, 2 seminaristas y 5 candidatos en el
Seminario Menor en familia. Este número es claramente insuficiente para
las muchas necesidades de la Diócesis y de otras iglesias particularmente
de aquellas más pobres y en estado de misión. Todos somos conscientes
del “invierno vocacional”, que padecemos. Las vocaciones sacerdotales y a
la vida consagrada son hoy un bien escaso entre nosotros.

Ante esta situación, me dirijo una vez más a todos los diocesanos
para renovar mi viva exhortación a la oración y a la creación de las
condiciones necesarias de una cultura vocacional, que favorezca el
nacimiento de nuevas vocaciones sacerdotales. “Rezar a Dios, llamar a
la puerta, al corazón de Dios, para que nos dé vocaciones; rezar con gran
insistencia, con gran determinación, con gran convicción también, para que
Dios no se cierre ante una oración insistente, permanente, confiada, aunque
deje hacer, esperar, como a Saúl, más allá de los tiempos que nosotros
hemos previsto” (Benedicto XVI, Vigilia de clausura del Año Sacerdotal,
10.06.2010).

El lema de la Campaña de este año es: Pasión por el Evangelio.
Es un eco de la huella imborrable, que ha dejado en muchos jóvenes la
celebración de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid. El cartel de
la Jornada recoge el momento en el que los jóvenes españoles entregan
como testigo la cruz de la JMJ a los jóvenes de Brasil, donde se celebrará la
próxima Jornada Mundial de la Juventud en el año 2013.

PASIÓN

La palabra pasión se refiere a la fuerza interior, a la energía de amor
del corazón, que alimenta toda vocación sacerdotal en su origen y en su
desarrollo.

La pasión por el Evangelio nace del corazón de Dios que se
ha apasionado primero por nosotros. Dios mismo toca el corazón de
cada persona, especialmente de los que llama para que sean testigos del
Evangelio en la Iglesia y en el mudo: los sacerdotes.

La vocación de los primeros discípulos, con la llamada de Jesús:
“Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres” ( Mc 1, 17), es
posible en un contexto de pasión de amor. Jesús llama con autoridad, con
poder de atracción, y los discípulos le siguen incondicionalmente. San
Jerónimo, en el Comentario al Evangelio de San Marcos, se fija en la
fuerza de la mirada de Jesús (Mc 1, 16; cfr. 10, 21): “Si no hubiera algo
divino en el rostro del Salvador, hubieran actuado de modo irracional al
seguir a alguien de quien nada habían visto. ¿Deja alguien a su padre y se
va tras uno en quien no ve nada distinto de lo que puede ver en su padre?”.
Aquellos discípulos, Pedro y Andrés, Santiago y Juan, respondieron a la
llamada inmediatamente (v. 18), abandonando las redes de pescadores, su
oficio.

¡Qué difícil es dejarlo todo, pero, al mismo tiempo, qué alegría sentir
en el corazón la llamada del amor y de la predilección de Jesús, que es el

mejor amigo!. ¡Cristo es el mejor tesoro de nuestra vida por el que merece
la pena dejarlo todo! (cfr. Mt 13, 44).

POR EL EVANGELIO

En el contexto de la nueva evangelización, a la que la Iglesia
nos convoca, el lema de la Campaña del Seminario subraya una de las
dimensiones esenciales de la vida y ministerio de los sacerdotes: el anuncio
del Evangelio. Los sacerdotes son para evangelizar. “Jesús… instituyó doce
para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar”( Mc 3, 14).

La pasión por el Evangelio de los sacerdotes y de los seminaristas,
futuros pastores, requiere, entre otras, las siguientes actitudes: dejarse
evangelizar; servicio a la verdad y amor a los hermanos; alegría y
esperanza.

Transmitir el Evangelio no es un quehacer que pueda cumplirse
sin implicar y complicar al sacerdote que evangeliza, no es propaganda
de un producto, para cuya colocación bastarían estrategias y habilidades.
Para evangelizar es necesario que el propio sacerdote se deje juzgar por el
Evangelio. La evangelización incide necesariamente en quien evangeliza.

Evangelizar, además, es un servicio a la verdad y un servicio de amor
a los hermanos. “Evangelizador será aquel que aun a costa de renuncias
y sacrificios, busca la verdad que debe transmitir a los demás. No vende
ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de
causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca
la verdad. No obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por
comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin
avasallarla […] El Dios de la verdad espera de nosotros (los pastores del
pueblo de Dios) que seamos los defensores vigilantes y los predicadores
devotos de la misma” (EN 78). El servicio a la verdad nos llevará a veces
a la necesidad de denunciar todo lo que atente contra la dignidad de los
hombres y contra sus derechos.

“La obra de la evangelización supone en el evangelizador un amor
fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza” ( EN 79).
Es el modelo que nos ofrece Jesucristo, que no ha venido a ser servido,
sino a servir y dar su vida en rescate por la multitud”( Mc 10, 45). Modelo
que pone también en práctica San Pablo, que afirma: “Os queríamos tanto
que deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino hasta
nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor”
( 1 Tes 2., 8). “Por mi parte, con sumo gusto gastaré y me desgastaré

yo mismo por vosotros. Y si yo os quiero más, ¿me querréis vosotros
menos?”( 2 Cor 12, 15). El servicio de amor a los hermanos nos conducirá
a la solidaridad como expresión del amor fraterno, que considera al otro
como hijo del mismo Padre y, por eso, se siente vinculado y cercano a sus
problemas y necesidades (cfr. GS 1).

Finalmente, el sacerdote evangeliza con alegría y esperanza. La
alegría nos dice San Pablo, es fruto del Espíritu (cfr. Gál 5, 22; Fil 3, 1;
4,4). La alegría es el distintivo auténtico del evangelizador y la prueba de
que la Buena Noticia que anuncia ha invadido su corazón ( cfr. Jn 15, 11).
La esperanza es el secreto de la vida cristiana y el hálito absolutamente
necesario para la misión de la Iglesia y, en especial, para la evangelización.
El evangelizador, en cuanto portador de la Buena Noticia, movido por
el gozo del Espíritu, ha de ser un testigo de alegría y de esperanza.
“Ojalá que el mundo pueda percibir la Buena Nueva no a través de
evangelizadores tristes y desalentados, impacientes y ansiosos, sino a
través de ministros del Evangelio cuya vida irradie el fervor de quienes
han recibido la alegría de Cristo” (EN 79).

RESPONSABILIDAD DE TODOS

En la Campaña del Seminario debemos caer en la cuenta que
la promoción de vocaciones sacerdotales es responsabilidad de toda
la Iglesia Diocesana. La pastoral vocacional exige un “compromiso
coral” de toda la Iglesia. Requiere la colaboración del obispo, sacerdotes,
religiosos, consagrados, familias y educadores, como es propio de un
servicio que forma parte de la pastoral de conjunto de cada Diócesis.

La pastoral vocacional exige el testimonio de vida. El Papa
Benedicto XVI, en el Mensaje para la Jornada Mundial de oración por
las vocaciones del año 2010, centraba su reflexión en la importancia del
testimonio, que suscita vocaciones. Es verdad que la fecundidad de la
propuesta vocacional depende primariamente de la acción de la gracia de
Dios, pero, como confirma la experiencia pastoral, está favorecida también
por la calidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos
han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la
vida consagrada, puesto que su testimonio puede suscitar en otros el deseo
de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. Las vocaciones
nacen ordinariamente de la gracia de Dios y del contacto con los sacerdotes
y consagrados.

“Es tiempo de que se pase decididamente de la patología del
cansancio y de la resignación, que se justifica atribuyendo a la actual

generación juvenil la causa única de la crisis vocacional, al valor de hacerse
interrogantes oportunos y ver los eventuales errores y fallos de llegar a un
ardiente nuevo impulso creativo de testimonio” (Juan Pablo II, Discurso al
Congreso Europeo sobre vocaciones, 9.05.1997).

Hay que promover en nuestra Diócesis una cultura vocacional, que
afecta a los diversos y complejos aspectos de la pastoral juvenil, vocacional
y universitaria, pero que tiene también su particular referencia a la vida y
misión de los sacerdotes y los consagrados.

Es imprescindible el papel de la mediación de las parroquias, de
las comunidades cristianas, de las familias, de los sacerdotes y de los
religiosos, que ayuden al joven a descubrir la propia vocación. El Señor
llama y sigue sembrando la semilla de la vocación, pero ésta no puede
prosperar si no cae en tierra buena. Quien recibe el don de la vocación
necesita ver en unas personas concretas la realización de la llamada que
siente. Es lo que propone Jesús a los discípulos que llama: “Venid y veréis”
(Jn 1, 39).

FELICITACIÓN, GRATITUD Y ESPERANZA

Al concluir esta breve carta pastoral, quiero felicitar a nuestros
seminaristas de Monte Corbán, que son un don de Dios para nuestra Iglesia
Diocesana de Santander, que acogemos con agradecimiento. Recibid el
apoyo y el calor del obispo y de toda la Diócesis, porque sois valientes,
remáis mar adentro contracorriente y camináis por el camino de la entrega,
del sacrificio y de la cruz para ser sacerdotes de Cristo al servicio de la
Iglesia y de los hombres. Os recuerdo las palabra del Papa Benedicto XVI,
en la Misa con los seminaristas en la JMJ: “Como seminaristas, estáis en
camino hacia una meta santa: ser prolongadores de la misión que Cristo
recibió del Padre. Llamados por Él, habéis seguido su voz y atraídos por su
mirada amorosa avanzáis hacia el ministerio sagrado. Poned vuestros ojos
en Él, que por su encarnación es el revelador supremo de Dios al mundo y
por su resurrección es el cumplidor fiel de su promesa. Dadle gracias por
esta muestra de predilección que tiene con cada uno de vosotros”.

Expreso también mi felicitación, cercanía y apoyo al Equipo de
Superiores del Seminario, al Claustro de Profesores y a todo el personal de
servicio, por su sacrificada dedicación y fidelidad a la tarea encomendada.
Agradezco de corazón el trabajo de todo el Equipo de la Delegación de
Pastoral de Juventud, Vocacional y Universitaria, que está poniendo todo
su empeño en cultivar las semillas de esperanza sembradas en el corazón
de los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud, para que den frutos de

vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Doy gracias a los sacerdotes del Presbiterio Diocesano, que seguís
con la mano puesta en el arado, a pesar de la dureza de la tierra y de
la inclemencia del tiempo, y quieren ser testigos de vocaciones; a los
consagrados y consagradas de vida contemplativa y apostólica, que
apoyáis la obra de las vocaciones con vuestra consagración, oración, y
trabajos; a las familias por la entrega de vuestros hijos al servicio de Cristo
y de los hermanos; a todos los diocesanos por vuestro interés, oración y
colaboración económica, a través de la colecta y otros donativos, para el
sostenimiento ordinario y las obras del Seminario de Monte Corbán.

Os exhorto a todos a poner nuestra confianza en el Señor. La
esperanza no defrauda (cfr. Rom 5, 5). “Ante la crisis de las vocaciones
sacerdotales, la primera respuesta que la Iglesia da consiste en un acto
de confianza en el Espíritu Santo. Estamos profundamente convencidos de
que esta entrega confiada no será defraudada, si, por nuestra parte, nos
mantenemos fieles a la gracia recibida” (PDV 1).

A la Virgen María, Madre de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote,
le pedimos que nos alcance de su Divino Hijo, muchas y santas vocaciones
sacerdotales. Imploramos también la poderosa intercesión de San José.

Con mi afecto, agradecimiento y bendición,

+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander

Santander, 26 de febrero de 2012
Primer domingo de Cuaresma

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